La pandemia puso a la economía mundial en la montaña rusa

El legado económico de la pandemia seguramente incluirá una mayor inequidad en la distribución del ingreso. Se afirma el pronóstico de que la salida no será en forma de L, V o W, sino más bien una K.

8 de julio, 2021

La pandemia puso a la economía mundial en la montaña rusa

Por Pablo Maas

Primero las buenas noticias. La Unión Europea está saliendo del desastre económico que creó la pandemia algo más rápido de lo que se pensaba gracias a que la vacunación masiva está permitiendo el relajamiento de las restricciones y la reanudación de la actividad.

Según la Comisión Europea, la UE crecerá 4,8% en 2021 y 4,5% en 2022, el mayor ritmo en cuatro décadas. La economía europea, que estaba en alza hasta 2019, se retrajo 6% el año pasado, pero ahora volvería a sus niveles pre pandemia en el último trimestre de este año para volver a crecer a partir de 2022. Parece una montaña rusa.

La demanda interna y externa está creciendo, lo mismo que el turismo receptivo y el gasto de los consumidores, detalló un informe. Más del 62% de la población adulta de la UE recibió al menos una dosis de vacunas anti-Covid, pero la aparición de la variante delta en varios países está encendiendo nuevamente luces de alarma. Además, la recuperación de la economía europea se está produciendo en un contexto de inflación creciente, pero aún a niveles aceptables (alrededor del 2% anual) para los bancos centrales. El empleo también se está recuperando. En la eurozona, la tasa de desocupación cayó al 7,9% en mayo, una mejora frente al 8,1% del mes previo y bastante mejor que el pico del 8,5% que alcanzó en agosto.

Claro que todavía falta ver que sucederá con el mercado laboral en la medida en que se vayan retirando los apoyos estatales al empleo. En Francia, por ejemplo, hay todavía 2,3 millones de trabajadores con licencia, pero cuyos sueldos son pagados por el gobierno. En Alemania la cifra es similar. En Italia están prohibidos los despidos, pero esta medida termina a fin de agosto. Las encuestas son optimistas y muestran que los empleadores están dispuestos a contratar trabajadores a un ritmo que no se veía desde hace al menos dos décadas. Es otra buena noticia, pero de corto plazo. En el mediano y largo, aparecen señales menos auspiciosas.

Esta semana se conoció un informe de la OCDE que dice que los países ricos podrían enfrentar altas tasas de desocupación a largo plazo a causa de las dificultades para absorber a trabajadores con baja calificación. Hoy hay 22 millones de personas que siguen sin trabajo en los 38 países miembros, de los cuales 8 millones son desocupados y otros 14 millones se clasifican como inactivos. Muchos empleos que fueron duramente golpeados por la pandemia ya estaban en peligro de desaparecer a causa de la automatización. Ahora seguramente se extinguirán, dado que la crisis ha acelerado los procesos de digitalización. Los cambios en los mercados laborales son apenas un botón de muestra de lo que está ocurriendo.

De hecho, la pandemia y el extraordinario shock de oferta que la ha acompañado, ha desatado fenómenos económicos que todavía se están desplegando y que auguran cambios estructurales disruptivos en la producción, la distribución y las cadenas de abastecimiento. La escasez de oferta de insumos clave como semiconductores, los cuellos de botella en el transporte o el brusco encarecimiento de las materias primas en un contexto recesivo son factores más bien novedosos: los gobiernos están más acostumbrados a lidiar con problemas de demanda, más que de oferta.

Por eso muchas empresas están rediseñando sus cadenas de abastecimiento y ahora practican el “onshoring”, trasladando capacidades de producción más cerca de donde están los mercados de consumo, practicando el “just in case” en lugar del “just in time” y construyendo reservas estratégicas de insumos y productos intermedios para asegurar la continuidad de sus procesos de producción. Todo esto era anatema hasta hace poco. La pandemia terminó de demoler el mito de la globalización creciente e imparable, como si fuera un huracán o algún fenómeno de la naturaleza.

La pandemia no sólo introdujo cambios en los modelos de negocios de las empresas, también alteró los patrones de consumo, aceleró la transición energética, disrumpió las dinámicas de los mercados de trabajo y las finanzas de los gobiernos. El auge del trabajo remoto hasta está alentando la esperanza de que la productividad del trabajo, que en la última década se había mostrado inmune a los avances de la tecnología, finalmente aumente su tasa de crecimiento. En este marco, el legado económico de la pandemia seguramente incluirá una mayor inequidad en la distribución del ingreso.

Se afirma el pronóstico de que la salida no será en forma de L, V o W, sino más bien una K. Esto es, un sector (más bien minoritario) de trabajadores altamente capacitados que se adaptarán a las nuevas condiciones y despegarán con fuerza, y otro que se sumergirá en mayor pobreza. Estos últimos incluyen a los 22 millones de trabajadores desocupados o inactivos identificados en el informe de la OCDE.

Para ellos han comenzado los ensayos de semanas laborales reducidas, propuestas de ingreso mínimo universal y otros experimentos. La Comisión Europea recomendó a sus gobiernos miembros “mantener las políticas de apoyo estatal tanto como sea necesario” para que la recuperación no se ponga en riesgo. Son políticas que cuestan mucho dinero, por cierto. Pero para eso la OCDE ya ha dado su bendición a la introducción del impuesto mínimo del 15% a las ganancias de las grandes empresas que se está discutiendo en estos días. Ahora solo falta que el Congreso de Estados Unidos, y especialmente el Senado, también lo apruebe.