La era de Francisco en Roma

7 de julio, 2021

La era de Francisco en Roma

Miércoles 13 de marzo de 2013. 20.12 hora de Roma, cuatro horas menos en Argentina. El cardenal francés Jean Louis Tauran, en su calidad de decano del Cardenal Protodiácono, pronuncia en latín las palabras que sorprendieron a casi todo un país. Jorge Mario Bergoglio, el arzobispo porteño desde 1998, había sido elegido el Papa número 266 de la Iglesia Católica. 

Ya por entonces relevante figura en el ámbito local, pasaba a convertirse ahora en una figura de importancia mundial. Los poco más de ocho años pasados desde su elección, de todos modos, muestran que incluso la más osada proyección sobre el rol central que podría tener el primer Papa latinoamericano de la historia en el tablero mundial quedó corta.

Francisco es más que Bergoglio, pero es imposible entender a Francisco sin entender a Bergoglio”, suele decir uno de sus mejores interpretadores, el jesuita italiano Antonio Spadaro, para mostrar que, si bien la escala de los mensajes del Papa es ahora planetaria, las raíces “porteñas” de su magisterio continúan siendo la clave de lectura obligada para muchas de sus líneas. 

La definición es, también, un doble pedido: por un lado, a dejar de leer en “clave argentina” cada una de las intervenciones del pontífice, muchas veces decodificadas a la fuerza con supuestos mensajes a la interna política nacional aún cuando el Papa esté dialogando con realidades de los cinco continentes. 

La otra convocatoria que encierra la definición de Spadaro, y que se hace cada vez más necesaria a medida que crece la influencia del Papa en el mundo, es a recuperar los textos del pensamiento de Bergoglio en Argentina. A tal punto se lo dejaba de lado si no servía a uno u otro lado de la grieta durante su época de arzobispo, que la única recopilación de sus homilías en tierra porteña se hizo, recién en 2017, en Italia.

La entronización de Bergoglio como Papa puso a un argentino en un lugar inédito y tuvo para las dinámicas políticas nacionales. Desde 2013, son contados con los dedos de la mano los dirigentes que no han peregrinado al otro lado del Océano a buscar una foto, una reunión o un encuentro con Bergoglio, independientemente si en su época porteña lo consideraban un amigo o un enemigo.