El efecto Tequila: el año en que vivimos en peligro

8 de julio, 2021

el efecto Tequila

Por Andrés Borenstein

Terminaba 1994, cuarto año consecutivo de crecimiento en la Convertibilidad. Ya se habían privatizado los teléfonos, Aerolíneas Argentinas, el gas, la electricidad y la petrolera insignia, YPF. Una nota que el semanario El Economista tituló “La copa mundial de las colocaciones”, ya que YPF se había vendido a través de la Bolsa de Comercio. 

En el año 1994 la economía creció “sólo” 5,8%, menos que años anteriores ya que el comienzo de la Convertibilidad había sido a todo trapo. En parte, esa desaceleración se dio porque había más ruido en el mundo y América Latina. A nivel global, Alan Greenspan venía subiendo la tasa de interés, algo que según George Bush padre le hizo perder las elecciones. 

En América Latina hubo varios eventos. En el verano del ‘94 estalló el conflicto bélico entre Perú y Ecuador u en México asesinaron a Luis Donaldo Colosio, que iba a ser el candidato presidencial del PRI para suceder a Carlos Salinas de Gortari. También en México el subcomandante Marcos se había levantado en armas en Chiapas el 1° de enero de 1994. Todo eso trajo una disminución de flujos de capital a la región. El jefe de redacción del semanario, Juan Radonjic, solía decir por aquellos días que los inversores de Estados Unidos miraban a la región a través del “prisma mexicano”. 

Llegó el 20 de diciembre y estalló el “efecto Tequila”. México se quedó sin reservas y tuvo que devaluar en los primeros días de gestión de Ernesto Zedillo como presidente (paradójicamente, el primer presidente latinoamericano que era economista de profesión). En Argentina, el entonces ministro, Domingo Cavallo, había explicado a cuanto inversor quiso escucharlo que el programa argentino tenía varios parecidos con el mexicano. Mal momento para compararse. El shock estaba por venir. 

En ese momento yo tenía 22 años. Me había convertido en Editor de Finanzas de El Economista tras menos de dos años trabajo en el medio, en parte gracias a que mi primer jefe y mentor (Raúl Clauso) había partido a otro medio. Supongo que algún mérito también tenía. Me faltaba un año para terminar la Licenciatura en Economía en la UBA y de la noche a la mañana salté de intentar comprender artículos académicos a tratar de escribir algo inteligente sobre una crisis bancaria y macroeconómica, la primera en mi haber profesional, pero no la última. De repente empecé a seguir licitaciones de tesobonos en México y a hablar con colegas mexicanos que estaban en modo “todo bien manito”. Hasta un inexperto de 22 se daba cuenta que México estaba complicado.

En Argentina el primero en caer fue el Banco Extrader. No fue casualidad. Era un banco que tomaba mucho riesgo y cuando bajó la marea se vio que estaba nadando desnudo, usando la célebre frase de Warren Buffet. Ese shock agarró a Cavallo de vacaciones fuera del país y a Roque Fernández, presidente del BCRA, en el interior. Entramos en una situación de crisis que duró unos seis meses. Muchos se habían desacostumbrado. Desde la híper del ‘90 había reinado cierta calma. 

Argentina ya había reestructurado su deuda a través del Plan Brady que se negoció en 1992 y se terminó de cerrar en abril de 1993, justo cuando empecé a trabajar en El Economista.

Argentina venía haciendo muchas reformas en el sistema bancario. Se había eliminado la garantía de los depósitos, se implementó el sistema de capitales mínimos de Basilea, los encajes eran muy altos (más del 40%) para el dinero a corto plazo y decrecientes para depósitos largos. El plazo mínimo de captación pasó a ser 30 días para plazos fijos y se cambió el sistema de clasificación crediticia. Es decir,  Argentina estaba bien preparada para lo que iba a venir….pero no alcanzó.  

Toda la banca mayorista que contaba con financiación de corto plazo sintió la presión del tequilazo. Algunos bancos cooperativos también, como el Banco Integrado Departamental con muchas sucursales en la Pampa Húmeda. La cantidad de bancos en  Argentina se redujo de 205 a 163 en tan sólo un año en un proceso que tuvo muchísimo de traumático. Lo bancos de capital nacional cayeron 100 a 64.  

A mediano plazo toda esa banca mayorista (la que sobrevivió) encontró refugio al comprar la banca pública provincial y tener acceso a un fondeo más estable. Patagonia (Mildesa), Santiago del Estero (Florencia) y Macro son algunos ejemplos. Uno de los que más rápido y mejor se movió fue el Banco Macro. 

La crisis bancaria no sólo era angustiante per se sino que le pegaba a la línea de flotación de la Convertibilidad. El BCRA tenía muy pocas armas para asistir a entidades en problemas dado que sólo podía emitir pesos si entraban dólares y eso era precisamente lo que escaseaba. Su capacidad estaba centrada en organizar casamientos de bancos para que bancos sanos absorban otros, algunos de esos matrimonios fueron felices, otros no tanto.

La contracción monetaria fue feroz. Como las reservas internacionales cayeron de US$ 17.800 millones en diciembre a un mínimo de US$ 11.500 millones en abril, la base monetaria hizo una trayectoria similar: pasó de 16.000 a 10.000 millones en sólo 5 meses. Los depósitos de pico a valle llegaron a caer 18%. Obviamente la variable que falta fue la tasa de interés, que aumentó 50% en pocos meses, para luego retomar los valores pre-Tequila a fines del ‘95.

El mercado era disfuncional. Los bancos percibidos como más sólidos recibieron depósitos, pero no los prestaban en el mercado interbancario que vio reducido so volumen de operaciones. El BCRA redujo encajes, aumentó el plazo para redescuentos de 30 a 120 días llegando a otorgar 1.600 millones de pesos/dólares. El Banco Nación empezó a prestar plata a otros bancos contra garantía de cartera ya que el BCRA estaba sin nafta. 

Desde lo macro, el número no suena tan grave porque al final el PIB en 1995 sólo cayó 2,8%, pero hubo una caída relativamente fuerte por tres trimestres consecutivos. Entre diciembre de 1994 y agosto de 1995, el PIB desplomó 7%. El consumo privado cayó más de 6% en 3 trimestres, generando esa sensación de crisis. El desempleo tocó 18% y, pese a eso, el miedo a que se rompa la Convertibilidad era tal que Carlos Menem ganó relativamente fácil su re-elección con una oposición dividida entre el exgobernador de Río Negro Horacio Massaccesi y el exgobernador de Mendoza José Octavio Bordón. 

El “ratio de convertibilidad” nunca pasó por debajo de lo que marcaba la ley, pero hubo algunos días de zozobra en que el cociente no pasó tan lejos. Si bien estos no eran datos públicos en aquel momento, la angustia en la City porteña se veía y se tocaba. Recuerdo un economista que trabajaba en un banco relativamente chico que decía por aquellos días: “Cada vez que veo a alguien sacando plata de un cajero, me da dolor de panza”, un poco en broma un poco en serio.  

Esos meses del Tequila emergieron personajes muy interesantes para la política económica argentina. Pedro Pou, quien luego sería presidente del BCRA. Eugenio Pendás, el superintendente de Bancos. Javier Bolzico y María Figueroa, dos asesores de peso en el BCRA. En un momento había muchos bancos que estaban suspendidos y una frase de Pou en el directorio se filtró a la prensa: “Vamos a reabrir bancos a prueba de balas”. Por supuesto que todo eso bajo la omnipresencia de Cavallo. 

A más de 26 años del Tequila, sabemos que fue uno de los tantos “sudden stops” (frase acuñada por el economista Guillermo Calvo al que veinte años después muchos periodistas identifican como “el que predijo el Tequila”), aunque fue uno con final feliz. La economía se recuperó rápido y ya estaba creciendo hacia fines de 1995 y la siguieron dos años y medio de gran crecimiento que le permitió a Argentina navegar a través de la crisis asiática, aunque terminó chocando con el efecto vodka con el default ruso de 1998.

¿Como se frenó el Tequila? Las autoridades finalmente le encontraron la vuelta para recuperar confianza. En la micro volvió una garantía parcial sobre los depósitos, pero a título oneroso para los bancos, de manera de no repetir el error de la época de José A. Martínez de Hoz. Por otro lado, con plata del Banco Mundial se creó un fondo de capitalización bancaria por US$ 2.000 millones que ayudó a capear el temporal dada la limitación que imponía la convertibilidad a los redescuentos. Las elecciones que determinaron la continuidad de Menem claramente también ayudaron a hacer evaporar el miedo. Por esta época fue que Página 12 había inventado la frase del “voto licuadora”. 

Una nota no menor fue la emisión de un bono patriótico que tanto multinacionales como empresas locales suscribieron por más de US$ 2.000 millones. Recuerdo hablar con el CEO de un banco extranjero y frente a mi pregunta sobre si participarían en la operación, me contestó: “Espero que sí, pero yo tengo que pedir permiso a Europa. No soy el dueño del banco como fulano” (un banquero argentino conocido cuyo nombre me guardo). 

El Tequila me dejó muchas enseñanzas. Lo inestable del clima financiero que te transforma un día soleado en una tormenta de verano. El miedo al cambio de régimen que ayudó a Menem a ganar la elección en plena recesión y con desempleo récord. Lo difícil que es manejar una crisis bancaria y todos los efectos secundarios que genera la caída de un banco. Las externalidades que genera la globalización fue otra de las lecciones aprendidas. Demasiado para un pibe de 22. 

Pero debo admitir que haber vivido el Tequila en El Economista fue un gran momento. Más allá de las tensiones de una situación cambiante, un grupo de jóvenes economistas y periodistas pasamos un gran momento. Sebastián Campanario, Ricardo Delgado, Maxi Montenegro, Lucas Bergman, el negro Rosales entre otros. Pero quiero hacer una mención especial para Javier Finkman que nos dejó hace un par de años. Todos buenos muchachos.