El Cordobazo y el fin de los ‘60

7 de julio, 2021

Cordobazo y fin de los ‘60

Por Oscar Muiño

En Córdoba el clima era pesado. El 13 de mayo de 1969 una gigantesca asamblea del Smata había terminado en una batalla entre miles de obreros y policías. A la militancia estudiantil se sumaban los obreros de las automotrices. El sindicalismo cordobés era peculiar: una izquierda muy fuerte aliada con peronistas combativos. El líder cegetista Raimundo Ongaro fue detenido durante su visita a Córdoba, el 26. Estallaron movilizaciones. Y paro activo el 29. El paro activo, frecuente en Córdoba, consiste en asistir a las fábricas y oficinas y abandonarlas a media mañana para ocupar la calle.

Como todo estaba prohibido, la clandestinidad era obligatoria y el Gobierno militar, ya desgastado, poco sabía de lo que se urdía… 

La movilización del 29 fue coordinado por Agustín Tosco, un marxista que dirigía Luz y Fuerza y el peronista Elpidio Torres del Smata, junto con el colectivero Atilio López, líder del peronismo combativo. También los sindicatos clasistas de Fiat (Sitrac y Sitram). Concentraciones en avenida Vélez Sarsfield, en Villa Revol, en Colón y La Cañada. La mayor columna, la de obreros de Renault, sobrepasó la barrera policial. La ciudad entera parecía un campo de batalla. 

Desde las terrazas las vecinas avivaban las barricadas y fogatas con muebles viejos. El alarido de un pueblo harto. La policía agotó su munición y se replegó. Horas después, entró el Ejército. Se atribuye al comandante del Tercer Ejército, General Eleodoro Sánchez Lahoz, una confesión dolorosa: “Me pareció ser el jefe del ejército británico durante las invasiones inglesas”. 

Las dos CGT confluyeron en una huelga nacional de 24 horas. Nadie fue a trabajar ese 30 de mayo. El país había votado…

El General-Presidente

Muchos habían conspirado para que el general Juan Carlos Onganía sustituyera al presidente Arturo Illia el 28 de junio de 1966. Sindicalistas y periodistas habían impulsado el golpe. Coincidían UIA, ACIEL, la Sociedad Rural, la CGT, banqueros, petroleros y laboratorios farmacéuticos. Hasta la jerarquía religiosa estaba harta de ese gobierno.

Y, sin embargo, la Argentina sesentista crecía y exhibía un ingreso per capita semejante al japonés: US$ 760 anuales. Y era homogénea. Dos tercios de las familias con ingresos de $70.000 a $275.000 y capacidad de ahorro. El 69% de la PEA era asalariada. Más que España, el doble de Grecia y tres veces y media encima de Turquía. La moda era la flamante televisión, cuatro canales en blanco y negro, todos de aire. El 85% escuchaba radio, pilar de la vida cotidiana. Dato alentador, la lectura.  El 63% leía el diario todos los días; el 71 % al menos una vez por semana. 110 millones de revistas editadas al año. Casi todo alfabetizado tenía contacto con la prensa escrita.

Hasta Illia, la desocupación estructural era insignificante y el empleo en blanco la regla (salvo en peones rurales y domésticas). Pero Illia cayó sin resistencia. 

Los golpistas prometieron el mayor cambio del siglo. ¡Vaya si lo fue! Llegado con un gigantesco apoyo mediático, aquiescencia popular y la bandera del cambio de estructuras, Onganía fue reaccionario hasta el asombro. En medio de la revolución científica apaleó académicos, mutiló películas, desterró el debate. 

Disolvió todos los partidos en nombre del oeste, mientras Estados Unidos preparaba su bicentenario de presidentes elegidos por el pueblo y la Comunidad Económica Europa prohibía la membresía a todo país donde no reinara la soberanía popular. Los países rectores de ese mundo occidental y cristiano (Europa y EE.UU.) protagonizaban una explosión  de rebeldía en las costumbres: comunidades hippies con amor libre, rock, minifaldas y entierro de la familia tradicional. 

Mientras los estudiantes de París ganaban la simpatía general con su consigna “prohibido prohibir”, los militares argentinos prohibían todo: la política, las relaciones sexuales,  las películas,  los besos en la vía pública y hasta el pelo largo, mientras patrullaban los hoteles por hora para detectar infieles, que eran denunciados a sus maridos o esposas, según el caso… 

Lo peor, acaso, fue el retroceso cultural, el desprecio al conocimiento, miles de profesores que se perdieron para siempre (incluyendo a César Milstein, futuro Premio Nobel). La censura se hizo regular desde la inofensiva Tía Vicenta (clausurada por una conversación entre morsas entusiasmadas porque el general Onganía compartía su mostacho), hasta la radical Inédito.

La Argentina discreta e igualitaria de Illia jamás pudo recuperarse de los años de Onganía.

Antes del ’69

Los militares no se enteraban de nada. El Che Guevara –asesinado en 1967- despertó la admiración de muchos jóvenes ajenos a la política. En mayo de 1968, los estudiantes sacudieron el Mayo Francés, que rebotaba por Europa, Estados Unidos, Japón, América Latina. Golpes militares anti-norteamericanos triunfaban en Perú y Panamá. En China, Mao lanzaba la Revolución Cultural. Estados Unidos atacaba Vietnam del norte y la Unión Soviética invadía Checoeslovaquia.  Todo en tela de juicio.

También en la Argentina la militancia se izquierdizaba. Hasta la inmóvil Iglesia, con el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo fundado en 1968, igual que la Junta Coordinadora de la Juventud Radical y la Franja Morada. Ese año el Partido Comunista sufrió la mayor ruptura de su historia con el PC Revolucionario, que se quedó con la Federación Universitaria Argentina. El integralismo católico se peronizó y el Frente Estudiantil Nacional simbolizó el vuelco hacia el peronismo de parte de las clases medias. Un nuevo grupo socialista desarrolla el Movimiento Nacional Reformista. A la izquierda se desarrollaban el Partido Revolucionario de los Trabajadores, Política Obrera, Vanguardia Comunista… 

Los generales y sindicalistas que han alentado la toma de fábricas en 1964-65 para desestabilizar a Illia recogieron la cosecha del aprendiz de brujo. Surgieron militantes combativos. Obreros jóvenes, bien pagados, adiestrados para tareas de fuerte capacitación. La central obrera se partió en dos. Nació la CGT de los Argentinos de Ongaro. Sus dirigentes vivían modestamente de su salario. Confluían peronistas combativos, radicales alfonsinistas, comunistas, social-cristianos. Un creciente frente anti-dictatorial creado en 1968. 

Los grandes sindicatos se refugiaron en la CGT Azopardo, con el peronismo tradicional del metalúrgico Augusto Vandor y apuntalada por la dictadura militar. 

Todo lo sólido se tornó evanescente.

Después del Cordobazo

El General Alejandro Lanusse, comandante del Ejército y futuro presidente de facto,  evaluó que “el primer muerto constituyó un curioso símbolo de la situación: fue un obrero radical, Máximo Mena. El 29 de mayo de 1969 marca el fracaso político de la Revolución Argentina; Córdoba marcó el punto de saturación”.

No sólo fue la mayor manifestación de repudio popular a un gobierno en ejercicio.  También resultó la primera gran movilización obrera sin conducción del justicialismo. La CGT que orienta Vandor está lejos de celebrar las movilizaciones obreras ni las puebladas. El Cordobazo muestra una ruptura con la cultura política tradicional del peronismo gremial. “Ni las 62 Organizaciones ni la CGT  –memora Fernando Donaires, exlíder de CGT-  se sumaron al Cordobazo. Estimo que esa fue una de las razones por las que se empezó a perfilar el asesinato de Vandor: porque había frustrado un movimiento de carácter subversivo nacional que no estaba conducido por el peronismo”. 

Perón y Balbín 

El balbinista Facundo Suárez visitaba a Perón en Madrid. En medio de la charla, alguien susurró algo al viejo exilado. Perón dice: “Me acaban de informar que hay graves disturbios en Córdoba”. Era el Cordobazo. Perón le confió a Suárez que estaba dispuesto a llegar a coincidencias fundamentales con la UCR del Pueblo.  

Balbín articulará La Hora del Pueblo. El 11 de noviembre de 1970 firmaría con Jorge Daniel Paladino –delegado personal de Perón-, demoprogresistas, conservadores populares, socialistas, bloquistas: “La lucha por la liberación nacional marca, justamente, la hora del pueblo”. Exigen elecciones.  “La experiencia Onganía, si alguna virtud tuvo, fue la de estimular la reconciliación de radicales y peronistas. Los dos habían sido víctimas de los militares” (Botana, Braun y Floria).

Tiempos violentos 

El Cordobazo fue el grito unánime de un pueblo harto de la dictadura de Onganía. Algunos creyeron que la sociedad había decidido la lucha armada para reemplazar capitalismo por socialismo. Lo mismo pensaron los militares y la espiral fue indetenible. El 27 de junio de 1969 cayó acribillado Emilio Jáuregui, secretario general depuesto del Sindicato de Prensa, en “una columna de Vanguardia Comunista que marchaba a la par de otra de Agitación y Lucha del Partido Radical” (Daniel Parcero y Senén González). 

El 26 de junio, trece supermercados Minimax serán objeto de atentados que coinciden con la visita a Buenos Aires de Nelson Rockefeller, su propietario. Atribuido a las FAL, el historiador comunista Isidoro Gilbert asegura que fue una acción del aparato militar del PC. Las Fuerzas Armadas de Liberación secuestran al cónsul paraguayo el 24 de marzo de 1970. Montoneros debuta en mayo –primer aniversario del Cordobazo-, secuestrando al general Pedro Eugenio Aramburu.  “La política se hace en lo fundamental armada. Quien no pelea no existe”, rezan las Resoluciones del V Congreso del Partido Revolucionario de los Trabajadores en junio de 1970. El 30 de ese junio, un comando asesina al líder metalúrgico Augusto Vandor. 

El 4 de julio, el Gobierno acusa de instigadora del crimen a la CGT de los Argentinos, interviene sus sindicatos y clausura el periódico CGT. En junio de 1971 Cristianismo y Revolución publica Perón habla a la juventud: “Yo tengo una fe absoluta en nuestros muchachos que han aprendido a morir por sus ideales, las formaciones especiales encargadas de las formas de lucha cruenta”. 

Antes del Cordobazo habían abortado tres intentos guerrilleros sin dejar huella. Después del Cordobazo Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo crecían sin parar. Junto a la guerrilla, puebladas sacudían el país. Antes que estallara todo, los antiguos militares que habían conspirado contra Perón decidieron que el augusto exiliado era, a fin de cuentas, un general de la Nación. Olvidaron haber destituido a Frondizi y a Illia por haber legalizado al justicialismo y acudieron in extremis al “tirano prófugo” para sacar las papas del fuego. Así terminaría el exilio de Perón.