Biden, el presidente que quiere cambiarle la cara al capitalismo de EE.UU.

“Permítanme ser muy claro. El capitalismo sin competencia no es capitalismo. Es explotación”, dijo Biden en la firma del superdecreto para promover la competencia ya no solo en el sector de la tecnología (Big Tech), sino también en varias otras ramas de la economía.

14 de julio, 2021

Biden, el presidente que quiere cambiarle la cara al capitalismo de EE.UU.

Por Pablo Maas

Joe Biden lo hizo de nuevo. El presidente estadounidense, a quien sus admiradores describen como el más progresista desde la era de Franklin Delano Roosevelt, quiere pasar a la historia como el líder que le cambió la cara al capitalismo de su país.

El viernes pasado firmó una “orden ejecutiva”, un superdecreto con 72 medidas para promover la competencia e instando a varias agencias federales a combatir “vigorosamente” prácticas monopólicas ya no solo en el sector de la tecnología (Big Tech), sino también en varias otras ramas de la economía. Se trata de uno de los más drásticos desafíos al poder de las grandes corporaciones desde la posguerra, observó el Financial Times.

Permítanme ser muy claro. El capitalismo sin competencia no es capitalismo. Es explotación”, dijo Biden en la firma del documento. Estaba flanqueado por Lina Khan, la flamante titular de la Comisión Federal de Comercio (FTC es su sigla en inglés), la mayor autoridad regulatoria de defensa de la competencia, que se hizo célebre hace cuatro años tras publicar un demoledor ensayo criticando el poder monopólico de Amazon.

También lo acompañaba Tim Wu, uno de sus asesores en cuestiones de competencia, que acuñó el concepto de “neutralidad de la red”, un principio fuertemente combatido durante la administración de Donald Trump.

Justamente una de las medidas incluidas en la orden ejecutiva de Biden instruye a la Comisión Federal de Comunicaciones para que restaure este principio y detenga la práctica de ciertos proveedores de banda ancha de internet de favorecer a algunos tipos de tráfico sobre otros.

Otra medida notable es la que alienta a la FTC a “prohibir o limitar” las cláusulas de “no competencia” en los contratos laborales. Se estima que unos 30 millones de trabajadores (uno de cada cinco) en Estados Unidos trabajan con contratos de este tipo, que dificultan que muchos cambien de empleo y consigan salarios más altos.

Estas cláusulas están pensadas para proteger secretos empresariales a los que puede tener acceso el personal jerárquico, pero el Gobierno de Biden considera un abuso que se apliquen a empleados rasos. Según el presidente, “el increíble número de cláusulas de no competencia para gente común fue hecha por una razón: mantener bajos los salarios”.

La orden ejecutiva también incluye medidas que facilitan la importación de medicamentos más baratos desde Canadá, la venta libre de audífonos (cuestan US$ 5.000 y cuatro fabricantes controlan 84% del mercado) y medidas apuntadas a evitar “prácticas abusivas” de los frigoríficos en sus compras de hacienda a los productores, que se quejan de la existencia de escasos demandantes. Asimismo, promueve que los consumidores puedan cambiar de banco más fácilmente llevándose los datos de su historia crediticia.

La orden ejecutiva también instruye al Departamento de Justicia y la FTC a examinar cuidadosamente las propuestas de fusiones de empresas e incluso a revisar fusiones ya aprobadas, especialmente las llamadas “killer acquisitions”, en las que las grandes plataformas de internet compran a potenciales competidores. Techcrunch.com, una autorizada publicación del sector tecnológico, describió las medidas como “una amenaza regulatoria existencial”.

Previsiblemente, llovieron las críticas empresariales a la orden ejecutiva. La poderosa Cámara de Comercio (U.S. Chamber of Commerce) prometió en una declaración oponerse vigorosamente a los precios fijados por el gobierno, las regulaciones “onerosas y legalmente cuestionables”, los esfuerzos para tratar a empresas innovadoras como si fueran servicios públicos y a la politización de la aplicación de medidas antimonopólicas”.

Citado por el Financial Times, Jonathan Spalter, ejecutivo jefe de la Asociación de Empresas de Telecomunicaciones, dijo que la orden de Biden “parece extraída de alguna cápsula del tiempo de un universo alternativo”.

La sorpresa de estos empresarios es comprensible. En los seis meses que lleva en el Gobierno, Biden se ha mostrado dispuesto a romper una tradición de 40 años de capitalismo desregulado “a la Reagan”, a quien no le preocupaba el crecimiento desmesurado de las empresas siempre que no se afectara el bienestar de los consumidores.

Pero lo cierto es que la preocupación por la creciente concentración del poder económico hoy está firmemente arraigada en el Congreso y compartida por demócratas y republicanos. El nuevo fervor antimonopólico tiene raíces históricas.

Según Nelson Litchenstein, historiador y profesor de la Universidad de California en Santa Bárbara, Biden está restaurando toda una tradición estadounidense de combate al gran capital monopolista (Big Business) que se remonta al nacimiento mismo de la Nación, cuando los patriotas de Boston echaron al mar el té que proveía el monopolio inglés.

La ley Sherman contra los trusts data de 1890 y fue aplicada en 1906 por Theodore “Teddy” Roosevelt para romper el monopolio de la Standard Oil. Durante la llamada “era progresista” (1890-1920) los tribunales podían obligar a las empresas a servir al interés público como si fueran distribuidoras de electricidad o compañías de transporte, escribió Litchenstein esta semana en The New York Times.

Durante el New Deal de entreguerras, liderado por Roosevelt, se impulsó el fortalecimiento de los sindicatos “para crear una democracia industrial dentro del mismo corazón de las corporaciones”, agregó.

La tradición antimonopólica se debilitó tras la Segunda Guerra Mundial y llegó a un punto mínimo en la década de 1990. “En 1992, por primera vez en un siglo, no hubo ninguna mención a las políticas antitrust en la plataforma electoral del Partido Demócrata”, dice el historiador.

Para Ron Knox, un columnista de The Washington Post, los músculos que Estados Unidos utilizó tradicionalmente para combatir el poder económico concentrado se atrofiaron durante el último medio siglo. “Pero se van a poner fuertes otra vez con el ejercicio”, como el que está proponiendo el presidente Biden en estos días. “Por primera vez en décadas, ha llegado el momento de usarlos”, concluyó.