Anticipo de “Misión economía”, el nuevo libro de Mariana Mazzucato

El capitalismo hoy no tiene una respuesta para una multitud de problemas cruciales: la crisis medioambiental sea, tal vez, el más importante, pero no es el único

23 de julio, 2021

Anticipo de “Misión economía”, el nuevo libro de Mariana Mazzucato

Una guía para cambiar el capitalismo”, es el subtítulo del libro de Mariana Mazzucato, una de las economistas más originales e innovadoras del momento. En Argentina, lo publica el sello Taurus de Penguin Random House y sale a la venta el 1° de agosto. Hoy, El Economista adelanta, en exclusiva, su prefacio.

Antes incluso de que la pandemia del Covid-19 golpeara en el 2020, el capitalismo se encontraba estancado. No tenía —y no tiene— una respuesta para una multitud de problemas cruciales, de los que la crisis medioambiental sea tal vez el más importante.

Del calentamiento global a la pérdida de biodiversidad, la actividad humana está minando las condiciones necesarias para la estabilidad social y medioambiental. Con los actuales compromisos políticos para la reducción de emisiones, la temperatura superficial del planeta va camino de aumentar más de 3 °C respecto a la época preindustrial, una magnitud que, suele aceptarse, tendrá consecuencias catastróficas.

La extinción de especies ha multiplicado de cien a mil la tasa de extinción de fondo, lo que ha llevado a algunos científicos a anunciar que estamos siendo testigos de la sexta extinción masiva. En lugar de optar por una trayectoria de crecimiento sostenible, el capitalismo ha creado economías que, infladas por burbujas especulativas, enriquecieron al 1% que ya era inmensamente rico y destruyeron el planeta.

En muchas economías capitalistas occidentales y de estilo occidental, excepto para unos pocos, las ganancias reales apenas han aumentado en más de una década —en algunos casos, como en Estados Unidos, durante varias décadas—, exacerbando las desigualdades entre grupos y regiones a pesar de los altos niveles de empleo.

Las dinámicas de la desigualdad explican por qué la ratio entre beneficios y salarios ha alcanzado un récord máximo. Entre 1995 y el 2013, el salario mediano real en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) creció a una tasa media anual del 0,8% frente al 1,5% de crecimiento en la productividad laboral. En el periodo 1979-2018, los salarios reales de los percentiles 50 y 10 de la distribución de salarios se estancaron; para el percentil 50, durante ese periodo, el cambio acumulativo de los salarios reales fue del 6,1%, para el percentil 10 del 1,6%, frente al 37,6% para el percentil 90.

En los países ricos, la ratio entre el patrimonio personal y los ingresos pasó del 200-300% en 1970 al 400-600% en el 2010. Después del 2008, estas economías también se engancharon a la droga de la expansión cuantitativa —la inyección de enormes cantidades de liquidez en el sistema llevada a cabo por los bancos centrales—, a pesar de que el crecimiento económico y la mejora de la productividad siguieron siendo débiles.

La deuda privada regresó a niveles que no se veían desde los primeros años de este siglo. En 2018, la deuda privada alcanzó el 150% del PIB en Estados Unidos, el 170% en Reino Unido, el 200% en Francia y el 207% en China; todos ellos valores bastante más altos que a principios de siglo. Y gran parte de los negocios se han visto afectados por una peligrosa combinación de baja inversión, gestión cortoplacista y grandes recompensas para los accionistas y los directivos de las empresas.

En las economías avanzadas, la inversión empresarial apenas ha recuperado los niveles del 2008. En la década de 1980, en Reino Unido la remuneración típica de un consejero delegado era veinte veces superior a la del trabajador medio. En el 2016, la remuneración media de un consejero delegado del FTSE 100 era 129 veces superior a la del empleado medio. Desde 1980, en Reino Unido la proporción de los beneficios dedicada al pago de dividendos ha permanecido constante, independientemente de la rentabilidad. La importancia de la recompra de acciones ha aumentado, superando de manera sistemática a la emisión de acciones en Reino Unido durante la última década.

En Estados Unidos, el pago total a los accionistas ha aumentado hasta alcanzar casi el billón de dólares, igualando los máximos anteriores a la crisis, pasando de alrededor del 10% del flujo de efectivo interno en la década de 1970 al 60% en el 2015.

Y las sociedades autoritarias, con un capitalismo de Estado, también están experimentando dificultades. Hoy en día, China, la principal economía autoritaria, sigue lastrada por unas industrias estatales ineficientes y muy endeudadas, un sistema bancario con enormes préstamos “zombis”, una población envejecida y la descomunal tarea de alejar la economía de una excesiva dependencia de las exportaciones y dirigirla hacia un mayor consumo doméstico. Para ser justos, está avanzando y la ambición de hacer más verde su economía es real, con más de US$ 1,7 billones invertidos como parte de un plan quinquenal. Pero no parece probable que un modelo de planificación central sea capaz de asumir las audaces reformas en la colaboración pública y privada que prevé este libro. La crisis del Covid-19 ha revelado cuán frágil es el capitalismo.

La gente que trabaja en la economía gig (literalmente, “economía de bolos”) no tiene seguridad alguna. Los altos niveles de deuda corporativa —dedicada, en parte, a pagar dividendos, recomprar las acciones de la propia compañía y aumentar de forma indirecta la paga de los altos ejecutivos— han dejado a muchas empresas con poco a lo que recurrir. Su estrategia de confiar en cadenas de suministro globales debilitadas con el fin de recortar costes y reducir el poder de negociación de sus trabajadores in situ demostró ser un talón de Aquiles cuando la pandemia produjo una disrupción en la producción a escala global y creó una competencia salvaje incluso por artículos básicos como las mascarillas.

Algunos gobiernos, sobre todo los de Reino Unido y Estados Unidos, habían externalizado en tal medida su capacidad respecto al sector privado y las consultoras que no fueron capaces de gestionar la crisis de manera adecuada. Esto provocó equivocaciones fatales cuando los gobiernos tuvieron que hacer frente a la escasez de Equipos de Protección Individual (EPI) y fracasaron a la hora de conseguir test suficientes para su población.

La ironía definitiva fue que gobiernos que durante mucho tiempo se habían aferrado a la austeridad, de repente cambiaron sus sentimientos respecto al gasto público, pidiendo prestado y creando déficits a una escala que antes les habría causado una apoplejía ideológica, mientras luchaban por hacer “lo que sea necesario” para mantener vivas sus economías nacionales. Golpeado tanto por el colapso de la producción como por el colapso de la demanda —ambos inducidos, en buena medida por el Gobierno para eliminar el virus—, el modelo económico y social de Thatcher y Reagan se ha venido abajo y la economía global está lidiando con una depresión históricamente severa.

Una economía mundial inactiva, que se traduce en un desastre sobre todo para los países en desarrollo y los menos ricos entre los países desarrollados, ha exacerbado las tensiones sociales y políticas que se han ido intensificando durante décadas. Para demasiadas personas, la vida es precaria, ya sea porque están endeudadas o porque sus ahorros cubren como mucho un mes de alquiler.

Un informe descubrió que incluso en Estados Unidos, la economía más grande del mundo, cuya clase trabajadora llegó a ser un símbolo de prosperidad, casi tres de cada diez adultos necesitaría pedir dinero prestado o vender algo para cubrir un gasto inesperado US$ 400. El equilibrio de poder ha pasado de los trabajadores a los empleadores —por ejemplo, la relación entre un conductor de Uber y Uber como corporación multinacional está concebida deliberadamente para desplazar el riesgo de la empresa al trabajador— y esto, sumado a otras prácticas para reducir costes que han disminuido el poder de negociación de la mano de obra, es una de las razones por las que la ratio entre los beneficios y los salarios ha alcanzado un récord máximo en la última década. Otros viven al día con contratos de “cero horas”. Hay mucha gente que, incluso cuando tiene un trabajo habitual, sigue dependiendo de prestaciones sociales para llegar a fin de mes.

Pero ha sido de los trabajadores ignorados y mal pagados —los recolectores de basura, el personal de correos, los limpiadores de hospital, los cuidadores, los conductores de autobús— de los que ha dependido la sociedad durante la mayor parte de la crisis del Covid-19, no de los jefes corporativos, los financieros o los residentes en paraísos fiscales. Las antiguas divisiones políticas se han ampliado: entre nacionalismo e internacionalismo, democracia y autocracia, gobiernos eficientes e ineficientes. Una profunda sensación de injusticia, impotencia y desconfianza en las élites —sobre todo en las élites empresariales y políticas— ha minado la fe en las instituciones democráticas.

El sistema global y multilateral construido con gran esfuerzo después de la Segunda Guerra Mundial y los valores abiertos, ampliamente liberales, que este encarna se encuentran bajo una presión sin precedentes. La salvación nacional se ha impuesto a la cooperación internacional, para satisfacción de “hombres fuertes”, demagogos y regímenes autoritarios que pueden aprovechar la corriente de populismo y explotar el clima de miedo. Para colmo, los gobiernos han continuado postergando cómo abordar de manera adecuada la emergencia climática. Podemos hacerlo mejor. Pero para hacerlo mejor, tenemos que entender bien cómo nos metimos en el lío en el que estamos.

Para comprender la verdadera escala de este desafío es importante entender que los asuntos antes descritos son la consecuencia de fuerzas más profundas que, juntas, han conducido a una forma disfuncional de capitalismo.

Hay (al menos) cuatro fuentes clave del problema: 1) el cortoplacismo del sector financiero, 2) la financiarización de las empresas, 3) la emergencia climática y 4) los gobiernos lentos o ausentes. En todas ellas, parte del problema es cómo se estructuran las organizaciones y la forma en que se relacionan entre sí. Por lo tanto, su reestructuración debe ser parte de la solución.