Una buena noticia

18 de junio, 2021

Una buena noticia

Por Carlos Leyba

El Monitoreo de la Opinión Pública de Management & Fit (junio), dirigido por Mariel Fornoni, ha sido citado por analistas políticos y económicos con acentos de asombro porque, en esta oportunidad, la encuesta ofrece una verdadera noticia.

Una noticia significa que se da a conocer algo que, obviamente, hasta ese momento resultaba desconocido o inimaginable. Eso ocurre muchas veces como consecuencia de las visiones instaladas que, a veces, son muros que ocultan la realidad.

Una noticia es que aquello que hasta ese momento imaginábamos improbable ha dejado de serlo.

Miremos los datos. Anuncia el estudio de Fornoni que, en la provincia de Buenos Aires y entre los jóvenes, hay una noticia: aquél que derrotó de una manera implacable e impecable al Gobierno de María Eugenia Vidal, hoy califica muy mal y especialmente entre los más jóvenes.

Es una noticia porque, el estilo, el origen, de Kicillof induce a pensar en él una capacidad de atracción entre los jóvenes.

Tal vez hay sido esa capacidad la que hizo que Cristina viera en él la suerte futura del kirchnerismo en el bastión electoral del conurbano. Por la fuerza movilizadora que dispara el voto de esos jóvenes.

Pero según esa encuesta, 46,5% de los jóvenes de entre 16 y 34 años desaprueba la gestión de Kicillof. Y lo desaprueba el 59,1% de los menores de 40 años. La mayoría de las personas jóvenes después de muchos meses de gestión, de discursos, de polémicas, de él y de su elenco de personas acostumbradas al cimbronazo para llamar la atención, le han perdido simpatía.

Del total de los bonaerenses, 49,2% tiene una imagen negativa de Axel, imagen negra que supera largamente a la positiva.

Este joven es uno de los dirigentes de peor imagen neta en la provincia de Buenos Aires.

Finalmente, la suma de la oposición duplica a los votos del Frente de Todos entre los menores de 40 años. El oficialismo esta mejor entre los mayores de 40. Pero en esa edad oposición y oficialismo emparejan.

Por otra parte todos los últimos estudios señalan que en ese territorio la pobreza es joven y que los jóvenes en su absoluta mayoría son pobres. Tal vez el 70% de los menores de 14 años está en esa condición.

Subiendo en la escala de edad no es esperable que el descenso de la pobreza sea acelerado. Allí, para todas las edades, la pobreza alcanza a más del 45% de la población. No es esta una noticia porque lamentablemente ya lo sabemos y peor, nos estamos acostumbrando. Justamente lo peor que nos puede pasar como sociedad es aceptar la pobreza como lo habitual. Lo que no sorprende no conmueve.

Cruzando ambos datos, la pobreza y la opinión de los más jóvenes, donde además está la mayoría de los desocupados, la encuesta de marras nos señala que Kicillof –al frente del Gobierno– está perdiendo la adhesión de los jóvenes –que es lo que Cristina suponía él podría liderar– y, superponiendo escenarios, también el tamaño de la adhesión de los sectores más castigados, que fue la que hizo arrollador el triunfo de 2019.

El estilo insolente, provocador, de Kicillof ha sido la razón por la que Cristina lo proyectó a la gobernación.

Obtuvo un triunfo electoral extraordinario y todos sus leales imaginan que fue un triunfo destinado a ser la plataforma necesaria para romper el maleficio de no poder acceder, después de gobernar la provincia, a la Presidencia de la Nación.

El “estilo” no alcanzó hasta ahora. Las realidades materiales de la pobreza, el desempleo, la inflación, los problemas sociales que dominan la provincia multiplicados por la pandemia y una gestión, como mínimo, desordenada, han obligado a un replanteo que, como es obvio, comenzó con la apertura de las escuelas y mantuvo el estilo de confrontación discriminando en todo lo posible contra los distritos en los que no gobierna el Frente de Todos.

Axel, seguramente, es el candidato de la confrontación para 2023.

Las actitudes conciliadoras de Máximo Kirchner, su decisión de presidir el PJ de la provincia, lo confirman a él como el candidato de un eventual estilo de conciliación, de un estilo “civilizado” en términos de política y conversación, aunque haya promovido leyes que incluso torpedean el programa de Martín Guzmán.

Con sus más y sus menos, simplificando, Cristina prepara dos versiones para la continuidad de su proyecto de control que, naturalmente, no pasa por Alberto Fernández. El ya jugó su oportunidad y sólo un milagro podría rescatarlo.

El éxito en la vacunación y la inmunidad de rebaño antes de las elecciones de medio término; el acuerdo o conversaciones confirmatorias de la posibilidad del mismo, con el Club de París y el FMI; la desaceleración consistente de la inflación en los próximos cuatro meses; la recuperación de la actividad con aumento del empleo; el aumento en el nivel de consumo; la acumulación de reservas, serían todos impactos positivos que Fernández podría sostener como propios. Naturalmente es muy difícil que todos y cada uno se presenten a escena.

Pero si todo eso ocurriera, lo que es extremadamente difícil, lo más probable es que el clima descripto por la encuesta en la provincia de Buenos Aires cambie de modo tal que el triunfo del Frente de Todos permitiría revertir la imagen negativa de Kicillof y que esa realidad (muy improbable) lo vuelva a poner en carrera.

Alberto no sólo no tiene territorio sino que tampoco tiene liderazgo. Esos éxitos (improbables) que acabo de señalar no son cosechables para una eventual candidatura a la reelección. El llegó a la presidencia y no pudo construir un liderazgo. Sin discurso articulador, los éxitos –si los hubiera– no son computables para sumar voluntades: la política no funciona así.

La encuesta de Fornoni señala la posibilidad de una derrota del oficialismo, una derrota de Axel, en la provincia. No sería la primera del kirchnerismo: perdió Aníbal Fernández, perdió Cristina y perdió Néstor.

Esa derrota no sería sólo de Axel sino de una estrategia de apropiación de la capacidad electoral del peronismo para usufructo de otra cultura.

La instalación de Kicillof fue una estrategia de injerto o de venganza de CFK para la mutación del peronismo.

Néstor, en las conversaciones con Torcuato Di Tella, había divagado con la idea de dos fuerzas en las que él señalaba a “su frente de la victoria” como la nueva centroizquierda, dejando para los opositores el espacio de la centro derecha.

Pero los hechos lo alejaron de esa visión y, a partir de la 125 (la resolución de Martín Lousteau), el giro, conducido por Cristina, fue hacia la construcción de una mayoría permanente cuya expresión más salvaje fue la de Diana Conti “Cristina eterna”. Los conversaciones con Torcuato quedaron en eso y la bronca personal de Cristina con el Perón, que ni siquiera conoció, la han llevado a una construcción política con dos probable protagonistas si la suerte la lleva al triunfo.

Uno, Axel, que no tiene ningún punto de contacto con el peronismo según texto y obras del fundador, y otro Máximo, que se proyecta como “otra versión” del peronismo que fue, justamente, la versión que Perón en vida eyectó de la presidencia en la persona de Héctor J. Cámpora.

Máximo, de Pedro, los muchachos de La Cámpora, se inspiran en la “juventud maravillosa”, no han salido de eso, están encerrados en esas consignas.

Axel tiene mucha más armonía con la cultura política que expresa Carlos Heller.

Muchos imaginaron que la presidencia de Fernández era una suerte de reivindicación del peronismo que hoy sí representan, en el discurso y en la acción, muchos gobernadores y que en estos días ha tenido el protagonismo de Omar Perotti y Juan Schiaretti, particularmente, con el tema del cierre de las exportaciones de carne. Fernández no fue así.

A esta altura es extremadamente difícil que Alberto pueda retomar esa posibilidad que implicaría un cambio de ruta, un cambio de la organización del gobierno, un cambio de gabinete y un replanteo de la política internacional.

La dirección que en todo ha intentado imprimir Kicillof y el apoyo entusiasta y manifiesto recibido de Cristina señalan que, de lograr un triunfo en la Provincia en las próximas elecciones, ante la ausencia de un discurso y acciones presidenciales de envergadura, iremos a un mayor peso de esa corriente, más allá de los resultados que marquen los indicadores. Son acciones políticas sin objetivos mensurables.

¿Y si hubiera una derrota electoral del oficialismo? ¿Habría un giro de política económica? ¿Cristina leería una derrota electoral como un mensaje destinado a rectificar el rumbo o, por el contrario, pensaría que debe redoblar la marcha en la misma dirección?

En la naturaleza revelada de Cristina y en la de Axel, está la idea de la imposición y no hay derrota, mientras conserven el timón, que les induzca a reflexionar sobre el rumbo. No cambiará, está en su naturaleza.

¿Cuál es entonces la consecuencia posible en la economía a partir de los resultados electorales? ¿Es decir los resultados electorales tienen potencialidad para que logremos los objetivos que urgentemente necesitamos tratar de alcanzar?

Todos deseamos en lo económico lograr el pleno empleo productivo y extinguir la pobreza.

Ese objetivo combinado, para ser sostenido en el tiempo, requiere de otras condiciones: que las cuentas externas estén y den señales de estar en equilibrio a futuro; que las cuentas públicas puedan cerrar con financiamiento cuyo costo vaya por detrás de la tasa de crecimiento esperada; que las expectativas sean de estabilidad de precios. No son todos los objetivos. Pero sin duda son imprescindibles para todos los demás.

Las condiciones de partida están alejadas de los objetivos. No habría demasiada discusión acerca de los objetivos. Pero si respecto de los instrumentos para lograrlos.

Las elecciones, cualquiera sea el resultado, no nos van a aproximar a consensuar los instrumentos.

Siendo que el futuro es incierto en materia electoral tenemos una oportunidad para acordar en los instrumentos para esos objetivos. Antes que sea demasiado tarde. Tratar de hacerlo sería una buena noticia.