Sudán: intento de normalidad tras el Chacal, Osama y treinta años de dictadura

8 de junio, 2021

Sudán

Por Luis Domenianni

El paso de una dictadura sangrienta a la búsqueda de la libertad no transcurre, generalmente, a través de un “lecho de rosas”. No obstante, el caso de Sudán, en Africa, muestra características propias que dan margen para el optimismo frente a tanto déspota o aprendiz de déspota que brota por el mundo

Como siempre, el problema son las urgencias que pasan de ser asimiladas forzosamente en épocas de represión dictatorial, a ser luego expresadas sin recaudos cuando se abren los grifos de las libertades públicas.

El caso Atbara es ilustrativo. Se trata de una ciudad ferroviaria del noreste del país con algo más de 110.000 habitantes ubicada en la confluencia de los ríos Nilo y Atbara. Como tal es cuna del sindicalismo sudanés y, por ende, origen y punta de lanza de las movilizaciones contra la dictadura que comenzaron en 2018.

Hoy una frase sentencia la situación en Atbara, sentencia que es posible transpolar para todo el Sudán: “Somos libres para pensar pero no para comer”. Para comer, hace falta, por ejemplo, rehabilitar la línea férrea que, antaño atravesaba el Sudán de norte a sur, desde Egipto hasta la actual República de Sudán del Sur. Y eso lleva tiempo, esfuerzo y, sobre todo, inversión

Hoy, los empleados de ferrocarril suman 6.000 asalariados. En la época de esplendor, superaban los 46.000. Fue Atbara, la ciudad cuya población se levantó cuando el exdictador Omar el-Bashir triplicó el precio del pan.

Y Bashir cayó. Tras 30 años de Gobierno, fue depuesto el 11 de abril del 2019, luego de cuatro meses de movilización callejera en todo el país. Pero el “pan” tarda en aparecer. Como es inevitable, luego de décadas de autoritarismo y corrupción.

Desde entonces, el nuevo Gobierno de transición que encabeza, actualmente, el primer ministro Abdallah Hamdok (65 años), quien ocupa el cargo desde agosto de 2019, intenta cambiar el rostro de Sudán y, sobre todo, la visión que, del país, percibe la comunidad internacional.

Dicho cambio costó, incluso, un intento de asesinato del que Hamdok salió ileso el 9 de marzo del 2020.

Economista, el primer ministro centra su plan de desarrollo en un pase del cultivo de subsistencia hacia una agricultura comercial, con mejoras en la infraestructura de almacenamiento y transporte de granos, con una integración del agro con la ciencia y la tecnología, con una gestión eficiente de los recursos hídricos.

Hamdok promueve con fuerza la participación de la mujer. En una sociedad, influenciada por un rigorismo islamista, el hecho de cuatro mujeres ministras, miembros del gabinete, no es menor.

Bastante más trascendente resulta la decisión de promulgar la ley que penaliza la ablación del clítoris o mutilación genital femenina con el objeto de eliminar el placer sexual.

Sobre el total de la población femenina actual del Sudán, la Unicef –Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia- estima en 87% a las mujeres de entre 15 y 45 años mutiladas con tal práctica y en 32% a las niñas, desde su nacimiento hasta los 15 años.

Tampoco se trata de olvidar el pasado. Desde los crímenes de guerra y las acusaciones por genocidio que recaen sobre el depuesto dictador Bashir hasta las denuncias por corrupción que también lo afectan.

Ya en julio del 2008, el entonces fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno Ocampo, elevó una acusación contra el entonces todopoderoso autócrata por genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra.

Si bien el nuevo Gobierno amagó con enviar a Bashir a juicio en La Haya, Países Bajos, sede de la CPI, finalmente decidió juzgarlo primero en territorio sudanés. De momento, solo fue condenado por corrupción a la leve pena de dos años de prisión tras el hallazgo de 140 millones de dólares en su domicilio. Pero continúan otros juicios.

Dejar la soledad

Con Omar el-Bashir, Sudán se convirtió en un estado paria repudiado por la comunidad internacional pese a las relaciones que mantuvo con los demás autoritarismos del resto del mundo.

Y no fue para menos. Desde Sudán, operó Ilich Ramírez Sánchez, apodado El Chacal, el terrorista venezolano al servicio del también terrorista Frente Popular para la Liberación Palestina (FPLP), que secuestró a los ministros de Petróleo de varios países en Viena, Austria. También el máximo responsable de Al Qaeda, el saudita Osama bin Laden.

Aquellos “contactos”, si bien terminaron mal: Ramírez Sánchez fue entregado en 1994, secuestro gubernamental mediante, a los servicios secretos franceses y Osama bin Laden debió abandonar el país en 1996, desde donde partió para Afganistán, marcaron al país como un estado terrorista.

Hoy Sudán pugna por recuperar credibilidad. A mediados de mayo de 2021 se llevó a cabo en París una conferencia internacional para relanzar la economía sudanesa.

En esa asamblea, Francia y Alemania se comprometieron a perdonar deudas financieras sudanesas y a aportar recursos para encarar la deuda del país con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estados Unidos ya había tomado una actitud similar.

Pero el vuelco espectacular en la geopolítica del mundo árabe ocurrió a partir de setiembre de 2020. Primero, cuando Sudán anunció que pagará las indemnizaciones a las víctimas, o sus herederos, de los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, de agosto de 1988 que dejaron un saldo de más de 200 muertos.

Ambos actos terroristas fueron planeados y ejecutados por Al Qaeda, mientras Bin Laden residía en Jartum, capital del Sudán, protegido por el gobierno de Omar al-Bashir.

El acuerdo por el pago de US$ 335 millones fue la llave que destrabó toda la relación. A partir de allí, catarata de buenas noticias, con el retiro del Sudán de la lista norteamericana de Estados que apoyan el terrorismo, retiro de la lista que reúne a los países que no respetan la libertad de culto, normalización de las relaciones con Israel, ayuda económica.

Fueron dos anuncios espectaculares, casi consecutivos, del entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que clausuraron el aislamiento sudanés. El primero aconteció el 20 de octubre de 2020 con el citado retiro de la lista de Estados catalogados como terroristas. El segundo, tres días después, la normalización de las relaciones con Israel.

Sudán se sumó así, a Egipto y Jordania, los países árabes con históricas relaciones con Israel, y a Bahrein, Emiratos Árabes y Marruecos, contemporáneos en el reconocimiento.

Actualmente, con ayuda externa Sudán se encamina hacia una normalización que pretende superar la escasez económica, el atraso y el deterioro de las infraestructuras y preparar el terreno para las inversiones extranjeras.

La herencia

La historia de Sudán, río Nilo mediante, se confunde en la Antigüedad con la historia de Egipto, aunque Sudán dio origen a sus propias civilizaciones como las del Reino de Meroe que duró varios siglos y cuyas ruinas de sus construcciones forman hoy parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

A partir del Siglo XVI, el Islam penetra en la antigua Nubia, el Sudán actual. De su lado, la conquista y colonización británica arranca en 1899. Se trató, más que nada, de una conquista para dividir. En otras palabras, para impedir una unión entre Egipto y Sudán. Duró hasta 1956, cuando Sudán alcanzó la plena independencia.

Desde entonces, la unidad del país quedó comprometida y la guerra civil afloró en todos los puntos cardinales.

Los conflictos son varios. Sudán del Sur, el Darfur, el Kordofan son algunas de las localizaciones geográficas que fueron testigos de enfrentamientos armados, a los que hoy se intenta poner fin.

Es que resulta particularmente difícil la convivencia entre etnias distintas, más aún cuando los recursos o son escasos, o su propiedad es disputada sin miramientos.

El sur del país habitado por etnias nilóticas, cristianas o animistas, logró su separación del norte, predominantemente árabe y musulmán, en 2011, luego de dos guerras civiles que desembocaron en la independencia de Sudán del Sur, tras un referéndum donde 98,83 por ciento votó contra la unidad.

Rico en petróleo, aunque muy pobre en materia social, Sudán del Sur comparte los beneficios petroleros con su vecino norteño, dado que precisa de sus oleoductos y de sus refinerías en Port Sudán, en la costa del Mar Rojo, para su exportación.

Los restantes conflictos que enfrenta Sudán aún no han quedado del todo resueltos.

En el Darfur, extremo oeste el país, región vecina del Chad, de Libia, de la República Centroafricana y del Sudán del Sur, el conflicto no contiene componentes religiosos, todos son musulmanes, sino étnicos entre árabes “blancos” y pueblos “negros” como los Fur, los Zaghawa y los Massalit.

Aunque oficialmente neutral, el Gobierno del dictador al-Bashir apoyó con armas y dinero a los “Yanyauid”, las milicias árabes. El conflicto, al que no pocos califican como genocidio, produjo el envío de tropas de Naciones Unidas, el desplazamiento de dos millones de personas y la muerte de 400.000 individuos.

En el Kordorfan, centro sur del Sudán, el conflicto interno –abarca las provincias de Kordorfan Sur y Nilo Azul- se centra sobre la vinculación entre las tribus africanas –nubias- con las etnias que viven del otro lado de la nueva frontera con Sudán del Sur.

Es la historia de siempre de los países con herencia colonial, europea o interna, donde unas etnias dominan a otras, se apropian de los recursos naturales y del gobierno y tratan al resto como ciudadanos de segunda. O ven sus territorios y sus gentes desdoblarse entre dos estados.

Con todo, el nuevo Sudán tras el derrocamiento del dictador Bashir busca “normalizar” las relaciones interétnicas.

Así, el 31 de agosto de 2020, en Juba, capital de Sudán del Sur, el nuevo gobierno sudanés y la casi totalidad de los movimientos rebeldes del Darfur y del Kordorfan firmaron ocho protocolos de acuerdo sobre distintas materias tales como seguridad, justicia tradicional, reparto de recursos, gestión de los rodeos y de sus migraciones anuales.

Quedan cuestiones por resolver como el acceso a las tierras para los nómades, o el retorno de los campesinos expulsados cuyas propiedades están en manos de personas vinculadas con la dictadura anterior. Y hasta está quién reclama, un grupo rebelde así lo hace, la separación del Estado y la religión. Un alentador símbolo de modernismo.

La geopolítica

Hace exactamente diez años, la vecina Etiopía colocaba la piedra fundamental de la denominada “Gran Represa del Renacimiento Etíope” (GERD), un embalse y una central eléctrica por construirse sobre el brazo Nilo Azul, en territorio etíope próximo a la frontera con Sudán.

Una vez en funcionamiento, el GERD está llamado a ser la más grande represa productora de hidroelectricidad del Africa. A la fecha, Etiopía completó la primera fase de la operación de llenado del espejo de agua en agosto del 2020.

El problema, de aquí en más, es que no se encontró un acuerdo que satisfaga a Egipto, Sudán y la propia Etiopía, para completar dicho llenado.

Egipto, prácticamente dependiente desde el albor de la civilización del Nilo, considera al GERD como una amenaza para su aprovisionamiento de agua que depende en un 97 por ciento del río.

Sudán, de su lado, teme que el llenado final del GERD imposibilite el funcionamiento de sus propias represas.

Cabe destacar que pese a algunos retiros más o menos intempestivos, las negociaciones siempre estuvieron abiertas. El problema es que no se logra alcanzar ninguna solución aceptable para los tres gobiernos. En la actualidad, se lleva a cabo una nueva ronda en Kinshasa, República Democrática del Congo, cuyo presidente Felix Tshisekedi preside la Unión Africana.

Pero, la situación se complicó más a partir del intento secesionista de la región del Tigray etíope.

La dureza de los combates entre tropas gubernamentales etíopes y eritreas frente a las formaciones militares regionales del Tigray originó el desplazamiento de no menos de 50 mil refugiados civiles del Tigray a Sudán.

Sudán desplegó entonces unos 6 mil efectivos militares a su frontera con Etiopía que, rápidamente, maniobraron para recuperar territorios considerados como sudaneses pero ocupados por agricultores etíopes ante la pasividad de la dictadura de al-Bashir.

La zona ocupada/recuperada se llama triángulo de Al-Fashaga. Ningún tratado internacional reconoce la soberanía sobre Al-Fashaga para etíopes o para sudaneses. Con todo, una especie de statu quo sobre la zona estipulaba el derecho territorial sudanés pero el asentamiento y el tránsito libre de etíopes civiles –agricultores- o militares.

Es muy posible que el avance sudanés sobre Al-Fashega no solo provenga de un sentimiento reivindicatorio. Relativamente fácil es unirlo al diferendo sobre la represa del GERD. Así, la ocupación militar de Al-Fashaga representaría una presión adicional para acordar sobre el llenado final del espejo de agua.

Con todo, la situación superó ampliamente el contencioso binacional. Para los etíopes, por detrás de la agresividad sudanesa está la mano de Egipto. Y Egipto es el… Nilo.

Desde la economía, los últimos datos conocidos revelan el desastre heredado de la dictadura.

El ingreso per cápita sudanés fue de 700 euros en 2019 –último dato conocido-, solo superior al del 2004. Es decir que los sudaneses presenciaron un deterioro de sus ingresos durante quince años seguidos. De los 196 países independientes, la economía sudanesa ocupa el lugar 177.

A su vez, hasta el 2018, Sudán fue percibido como uno de los países más corruptos de la tierra al ocupar el lugar 172 sobre 180 países analizados. Decididamente, una pesada herencia.