Rusia: del grupo Wagner a la vacuna Sputnik, las armas geopolíticas de Vladimir Putin

1 de junio, 2021

Rusia: del grupo Wagner a la vacuna Sputnik, las armas geopolíticas de Vladimir Putin

Por Luis Domenianni

Pese a los aires de gran potencia que el presidente Vladimir Putin (68 años) intenta materializar para Rusia, son las cuestiones casi domésticas las que ciñen la repercusión de la política rusa. El opositor Alexei Navalny y la relación con Ucrania, sin dudas, se llevan las palmas.

Recientemente, haciendo gala de su “clásica virilidad sobreactuada”, Putin amenazó con romper los dientes a todos aquellos que intentan “morder” a Rusia. Se cuidó muy bien de identificar quienes son aquellos “mordedores”.

La bravata la llevó a cabo ante “organizaciones patrióticas” que no son otra cosa que grupos agresivos frente a todo lo foráneo, cuyos integrantes suelen ataviarse con el traje tradicional cosaco.

Este “ultranacionalismo” ruso es alentado desde el poder, desde buena parte de la jerarquía de la Iglesia ortodoxa rusa y desde los oligarcas que rodean al presidente Putin, entre los que sobresale Yevgueni Viktorovich Prigozhin.

En Rusia, a Prigozhin se lo conoce como el “chef de Putin”. Propietario de restaurantes y de empresas de catering, su avance “social y económico” lo llevó a controlar empresas hoy acusadas en Occidente de ciberespionaje, particularmente en las dos últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Expresidiario –nueve años en prisión por robo, fraude y participación de adolescentes en prostitución-, desarrolló el negocio alimenticio que comenzó con la venta en puestos callejeros de salchichas asadas. 

De allí, dio un salto al juego con casinos en San Petersburgo, mientas habilitaba restaurantes de lujo. Por su restaurante principal (la “Antigua Aduana”) desfilaron personalidades mundiales a los que Prigozhin servía personalmente su almuerzo o su cena.

Así, los presidentes de Estados Unidos, George Bush (h) y de Francia, Jacques Chirac, junto al presidente Putin, visitaron sus establecimientos, en particular, el más sofisticado “New Island”.

Con la gastronomía, Prigozhin ganó la confianza del peterburgués –como él- Putin. En “licitaciones” poco o nada claras, el nuevo oligarca –ahora fundador de la empresa Catering Concord- resultó ser el encargado de alimentar millones de escolares y también millones de empleados del Gobierno.

Restaba un salto más con la gastronomía y Prigozhin lo dio. Fue cuando se convirtió en proveedor, en 2012, del Ejército ruso.

A esta altura del partido, nadie ignora que los vínculos entre Putin y Prigozhin van bastante más allá de la simple amistad o de resultar paisanos.

Más aún, cuando el oligarca saltó de la comida a la informática y creó y financió una Agencia de Investigación de Internet que colocó al servicio del GRU, el organismo de inteligencia ruso, reemplazante de la otrora tenebrosa KGB.

Sus acciones informáticas fueron múltiples. Desde “trolear” para influenciar en las elecciones norteamericanas, hasta desarrollar campañas contra la oposición en la propia Rusia.

Pero el gran salto de Prigozhin fue el grupo Wagner. Se trata de un grupo paramilitar “privado” que permite al Gobierno ruso desarrollar operaciones en distintos rincones del mundo, sin reconocer su participación.

Militarmente, es dirigido por un teniente coronel (RE) del ejército ruso, de origen ucraniano, Dmtry Utkin, con un marcado pasado mercenario.

El “Wagner” vio la luz en combate en la ahora autodenominada República de Luhansk, región separatista prorusa de Ucrania.

En dos años, 2016 y 2017, Wagner pasó de 1.000 empleados a 6.000. Con sospechas de registro en Argentina y con oficinas Hongkong y San Petersburgo, el grupo Wagner opera en una clandestinidad avalada por el régimen. 

Utiliza, para entrenamiento, instalaciones del Ministerio de Defensa, en el krai (provincia) de Krasnodar. El personal no puede hacer uso de Internet y debe permanecer con un perfil bajo a cambio de generosos sueldos que van desde los US$ 1.100 para un recluta hasta los US$ 3.500 para un oficial superior.

Desde 2017, Wagner actúa en distintos escenarios. Repartidos en más de 50 países, en actividades de seguridad, generalmente de protección para autócratas “tercermundistas” africanos o americanos como el venezolano Nicolás Maduro,  las participaciones combatientes están localizadas en Ucrania, Siria, Sudán, Libia y la República Centroafricana.

Kiev en la mira

Ucrania no es el único caso. En las otras repúblicas soviéticas de Georgia y Moldavia, el presidente Putin sostiene movimientos separatistas como los de Osetia del Sur y Abjasia en Georgia o el de Transnistria en Moldavia.

Nadie en el mundo, con la excepción el presidente Putin y sus admiradores latinoamericanos (el venezolano Nicolás Maduro y el nicaragüense Daniel Ortega), reconocen estos estados surgidos por la fuerza.

Pero Ucrania es el frente de la disputa con Occidente por excelencia. Ante la pasividad occidental, el autócrata ruso avanzó cuanto pudo. Separó y anexionó tras un plebiscito de escasísimo valor jurídico la península ucraniana de Crimea y creó dos repúblicas prorusas en el Dombás, el oeste ucraniano, la de Luhansk y la de Donetsk.

Ya pasaron casi ocho años de la guerra del Dombás que enfrentó al Ejército ucraniano con los separatistas de ambas repúblicas ayudados por los mercenarios del Grupo Wagner. Es decir, un período suficiente para pensar que las “conquistas” ya no corren peligro. Que ya están consolidadas. Que Luhansk, Donetsk y Crimea nunca volverán a ser ucranianas.

Entonces, ¿por qué no avanzar? El 1° de abril de 2021, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski alertó al mundo sobre la concentración de tropas y equipamiento ruso en la frontera entre ambos países.

Sí, claro, todo el mundo occidental se solidarizó con Ucrania. Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) apoyaron a Zelenski y advirtieron a Putin. De palabra y punto.

Como siempre hace, el presidente Putin subió la apuesta. Prohibió la navegación por el Mar de Azov. Prohibición que afecta a todos los puertos del este ucraniano.

Finalmente, el 22 de abril, Putin retiró sus tropas de la frontera –solo parcialmente- y habló sobre su predisposición para reunirse con Zelenski. A la fecha, la concentración de militares rusos en la frontera con Ucrania supera los 90.000 efectivos.

El objetivo inmediato del presidente ruso en la cuestión ucraniana consiste en impedir la adhesión de Ucrania a la OTAN, la alianza militar ofensiva-defensiva creada en 1949 para detener el avance comunista.

Ucrania pide a gritos su integración en la OTAN pero los oídos de todos los países miembros están tapados. Nadie quiere ofender, ni siquiera molestar, a Putin. Mucho menos correr el riesgo de un conflicto bélico.

La incorporación de Ucrania a la OTAN resultaría una demostración de fuerza, riesgosa sin dudas, pero inevitable si se pretende detener el expansionismo ruso, cuyo objetivo es la recreación del Imperio de los Zares.

Tercero en discordia en la lucha por la supremacía mundial entre China y Estados Unidos, el presidente Putin está empeñado en una carrera geográfica que lo llevó a decir que “las fronteras de Rusia no tienen fin”.

¿Freno o simulacro?

El 16 de junio de 2021, los presidentes de Estados Unidos y Rusia, Joseph “Joe” Biden y Vladimir Putin, respectivamente, se reunirán en Ginebra, Suiza.

Las expectativas radican en cuál será la actitud del nuevo presidente norteamericano. Es que de Putin solo puede aguardarse poco más que una “mascarada”. Pondrá cara seria, saludará educadamente, hablará generalidades, responderá con generalidades aún mayores y retornará a Moscú con la reafirmación de la certeza de un Occidente que no va más allá de las palabras.

Salvo que… Biden se muestre firme. ¿Firme en qué? Temas sobran: Ucrania, Siria, Bielorrusia, Libia, Corea del Norte, la cuestión nuclear iraní, el grupo Wagner, el ciberespionaje, el caso Navalny y el control sobre las armas nucleares.

Pero, ¿qué significa firme? Significa diferenciar los temas a negociar de aquellos que deben ser innegociables. Al menos, uno debe ser incluido entre los segundos. Y para eso, la amenaza debe caer sobre la mesa. 

O el ingreso de Ucrania a la OTAN; o la cabeza del dictador bielorruso Aleksandr Lukachenko o la libertad del opositor Alexei Navalny. Si no logra nada, Biden habrá ingresado a la calificación de timoratos que suele caracterizar a los dirigentes occidentales frente a los autoritarios del mundo.

Hasta los pacifistas más acérrimos deben comprender que el encuentro Biden-Putin poco y nada tiene que ver con el que protagonizaron, en 1985, los entonces gobernantes Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov. Aquella fue una reunión para la paz, a partir del reconocimiento de la entonces Unión Soviética, que abandonaba la carrera armamentista.

La actual tarea de Occidente, y en particular de Estados Unidos, es frenar y revertir las pretensiones expansionistas rusas y las de dominación de China.

Es que otra vez, como en las décadas de 1920 y 1930 del siglo pasado, la democracia liberal se encuentra amenazada. Como entonces, no es el sistema capitalista –como después sí lo fue- el cuestionado. Es la libertad, pública e individual, y el sistema de gobierno fundamentado en el estado de derecho el objetivo al que apunta el autoritarismo ruso y la dictadura china.

Como ocurrió en aquellas décadas de 1920 y 1930, autoritarismos y dictaduras suelen aliarse entre sí. Ayer fue el nazismo alemán, el fascismo italiano, el militarismo japonés y –Pacto von Ribbentrop-Molotov mediante- el stalinismo soviético. Hoy, la Rusia de Putin camina junto a la China de Xi; al Irán de los ayatollahs y a la Turquía de Recep Erdogan.

Y todos, en conjunto, de una forma u otra, alientan a los autoritarios locales de menor monta como los Maduro de Venezuela; los Ortega de Nicaragua; la pléyade de gobernantes “vitalicios o cuasi” africanos; los Assad de Siria o los Lukachenko de Bielorrusia.

De allí que la reunión de Ginebra no debe concluir con un apretón de manos y un lavado de conciencia por el solo hecho de plantear los contenciosos antes de retornar a Washington. Si así fuese, el presidente Biden habrá comenzado a dilapidar el crédito con que cuenta hoy en política exterior.

Respecto de Ucrania, debe recordar Biden que no fue el acuerdo de Munich sobre el desmembramiento de Checoslovaquia el que puso freno al expansionismo nazi en 1938, como pretendían los “demócratas” de la época, el británico Arthur Neville Chamberlain y el francés Edouard Daladier. El caso ucraniano de hoy en mucho se asemeja al checo de entonces.

Cierto es que el presidente Biden carga con la herencia del expresidente Donald Trump en la materia. Para Trump, el presidente Putin era un amigo. Alguien que “troleaba” a su favor en las elecciones norteamericanas. Alguien a quién, al menos, no se debía molestar mientras se cargaban las tintas sobre China.

El resultado fue exactamente al revés del esperado. Lejos de aquietarse, Putin se extendió. La concentración de tropas en la frontera de Ucrania, el sostenimiento a ultranza del indefendible Lukachenko en Bielorrusia, las operaciones de espionaje en diversos países de la OTAN como Bulgaria, la República Checa e Italia conforman acabadas muestra de ello.

Fronteras adentro

Vyacheslav Volodin es un político oficialista ruso, presidente de la Duma –el Congreso- de la Federación. Se trata de un hombre dual. Alguien que durante el día equipara a Rusia con Putin pero por la noche dice que, algún día, será presidente del país.

Pero, además de dual, el jefe del Poder Legislativo es alguien que jamás sonroja. Ni siquiera cuando para justificar el peor retroceso democrático de la historia del país desde que dejó de llamarse Unión Soviética afirma, muy suelto de cuerpo, que “somos el último islote de democracia y libertad”.

A tiempo, Volodin corrigió: “Contamos con el 10% de las tierras emergidas del planeta (…) Somos el continente de la libertad y de la democracia”.

Más allá de las cuestiones geográficas, Volodin formulaba estas afirmaciones en su discurso ante la Duma, en defensa de la flamante legislación que impide ser candidato a toda persona implicada en una organización “extremista”.

Traducido al momento, un mecanismo autoritario para negar la participación en las elecciones de cualquier allegado al opositor Navalny, ahora encarcelado, y antes envenenado con el agente químico nervioso Novichok.

Como para no dejar dudas del carácter dictatorial de la decisión legislativa, no se trata solo de quienes participen de la Fundación Anticorrupción, la ONG de Navalny, también de quienes resulten simples admiradores. Por ejemplo, quienes hayan retweeteado mensajes del opositor o quienes se hayan interesado por su salud en las redes.

Pero no para ahí esta nueva configuración democrática, al decir del dual y ambicioso Volodin, con sanciones en Europa y Estados Unidos. Va más allá. Es una ley retroactiva a tres años vista. El todo “decorado” con la detención de diputados opositores. 

El presidente Putin ya no se conforma con ampliar constitucionalmente sus posibilidades de gobernar de manera vitalicia a Rusia. Pretende llevarlo a cabo sin ningún tipo de oposición. 

Además de su partido, Rusia Unida, solo dos organizaciones son toleradas: el Partido Comunista y el ultranacionalista Partido Liberal-Democrático. Ambos son financiados desde el poder para prestarse a un juego de simulacro democrático.

En la mira, las elecciones a la Duma previstas para setiembre de 2021. Unas elecciones que no se presentan demasiado favorables. Al cansancio de una era Putin interminable, se agrega una floja “perfomance” económica y una situación sanitaria, cuando menos, deficiente.

Desde lo primero, más allá de la esperable caída del PIB en 2020 (-3,1%), hay que agregar una cuasirecesión que obliga a remontarse hasta el 2012 para encontrar un resultado productivo alentador cuando el país creció 4% anual.

A partir de allí, los indicadores si bien no son negativos –sí en 2015- muestran escasa vocación al crecimiento.

En lo sanitario, pese a fabricar y exportar vacunas, a la fecha, Rusia solo vacunó a 11,12% de su población con la primera dosis de la vacuna Sputnik V. Todo indica que la Sputnik no fue concebida –en todo caso fue un objetivo secundario- como respuesta a la pandemia, sino como arma geopolítica.

Con este presidente Putin se las verá, el 16 de junio del 2021, el presidente Biden.