Retornar a Alberdi, hoy más que nunca

18 de junio, 2021

Retornar a Alberdi, hoy más que nunca

Por Lucas Barletti (*)

Un 19 de junio de 1884, hace casi 137 años, Juan Bautista Alberdi partía de este mundo. Al igual que otros próceres de nuestro país, durante su vida resultó ignorado por muchos de sus compatriotas, y decidió marcharse al extranjero, más específicamente a Francia, donde transitó la última etapa de su vida. En una situación de carencia que rememora a la miseria padecida por Manuel Belgrano a lo largo de sus últimos años, Alberdi debió tolerar el castigo de una indiferencia generalizada, suministrada por un pueblo caracterizado por sus sobradas demostraciones de desagradecimiento.

De pertenencia intelectual a la llamada “Generación del 37”, entre cuyos integrantes cabe subrayar a su contemporáneo Domingo Faustino Sarmiento, el genio tucumano sobresalió como jurista, periodista y escritor. En 1852, Alberdi redactó sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, obra que es en la actualidad ampliamente reconocida por sus significativas contribuciones para la redacción de la Constitución Nacional sancionada en 1853. Así, no resulta novedosa la afirmación de que dicho escrito constituyó una fuente inestimable de inspiración para aquel documento, considerando la cercanía temporal que medió entre uno y otro.

Si bien es inmenso lo que puede apuntarse acerca de las propuestas políticas de Alberdi contenidas en sus Bases, quisiera examinar con mayor detenimiento uno de sus trabajos de menor trascendencia pública, pero no por ello de menor relevancia práctica. Se trata de la transcripción de un discurso preparado por el autor para ser pronunciado en la Universidad de Buenos Aires en 1880, cuyo título ya es lo suficientemente sugerente para el lector: La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual”.

Breve pero contundente, el discurso corresponde al período de madurez intelectual del pensador decimonónico, en ocasión de su nombramiento como doctor honoris causa. De hecho, dada su delicada condición de salud, el autor no pudo pronunciarlo, por lo que fue entregado a los presentes en aquel momento, apenas cuatro años antes de su fenecimiento. En él, sintetizó con encomiable economía de palabras nada menos que los principios filosóficos que cimientan nuestro documento constitucional, y su lectura resulta imprescindible para todos aquellos con la intención de sumergirse en el pensamiento político del propio Alberdi.

A grandes rasgos, el autor establece un marcado contraste entre dos mundos que considera a todas luces antagónicos: el mundo hispanoamericano, con origen en la colonización española de Sudamérica, y el mundo angloamericano, con origen en la colonización inglesa de Norteamérica. Una de sus diferencias filosóficas elementales consiste en la concepción que los ciudadanos de ambos mundos poseen acerca de la libertad: mientras que los ciudadanos hispanoamericanos conciben a la libertad como libertad de la patria, los anglosajones observan a la libertad como libertad del individuo.

En efecto, el genio tucumano indica que “libertad de la patria es la independencia respecto de todo país extranjero”, mientras que su contraparte “es la independencia del individuo respecto del gobierno de su país propio”, de modo que libertad del individuo “significa literalmente ausencia de todo poder omnipotente y omnímodo en el Estado y en el gobierno del Estado”. 

Mientras que la concepción de la libertad como libertad de la patria “es compatible con la más grande tiranía, y pueden coexistir en el mismo país”, la libertad como libertad del individuo sirve como “límite sagrado en que termina la autoridad de la patria”, y “deja de existir por el hecho mismo de asumir la patria la omnipotencia del país”.

Si bien la oposición entre los conceptos aludidos constituye el núcleo del trabajo del pensador decimonónico, cabe examinar con mayor detalle la caracterización del autor acerca de las sociedades sudamericanas, puesto que allí expone algunas reflexiones que considero particularmente reveladoras a la luz de las presentes experiencias de nuestro país. Alberdi señala que, cada vez que las sociedades sudamericanas requieren de alguna obra de interés público, sus ciudadanos “alzan los ojos al gobierno, suplican, lo esperan todo de su intervención y se quedan sin agua, sin luz, sin comercio, sin puentes, sin muelles, si el gobierno no se los da todo hecho”.

De este modo, lo que ocurre en el mundo hispánico es un proceso en el que “el Estado absorbe toda la actividad de los individuos, cuando tiene absorbidos todos sus medios y trabajos de mejoramiento. El Estado se hace fabricante, constructor, empresario, banquero, comerciante, editor y se distrae así de su mandato esencial y único, que es proteger a los individuos de que se compone contra toda agresión interna y externa. En todas las funciones que no son de la esencia del gobierno, obra como un ignorante y como un concurrente dañino de los particulares, empeorando el servicio del país, lejos de servirlo mejor”.

Las ideas consignadas por Alberdi resaltan por su actual relevancia, puesto que naufragamos en tiempos en los que, desde hace décadas, el aparato estatal ocupa un ámbito cada vez más extenso en la esfera civil de nuestro país, y ha abandonado sus legítimas tareas de justicia, seguridad y defensa para detentar atribuciones que en modo alguno le competen. No obstante, incluso más alarmante es que administraciones gubernamentales transversales a la totalidad del arco político han aprovechado el reciente contexto sanitario para disponer de los derechos constitucionales y avasallarlos en las ocasiones en las que lo consideren apropiado, evadiendo cualquier obstáculo posible al crecimiento de su poder.

A su vez, nos encontramos en presencia de una sociedad que ha avalado el proceso de expansión sistemática de las atribuciones de las autoridades políticas y, consecuentemente, el cercenamiento de sus propios derechos constitucionales. Aludimos a una sociedad que, en el mejor de los casos, colabora con excesiva pasividad, y en el peor de los casos, celebra expresamente la intromisión de un poder estatal virtualmente ilimitado, que identifica a los gobernados como incapaces de actuar por sus propios medios y, por lo tanto, asume la necesidad de establecer sobre sus vidas un agobiante tutelaje paternalista.

Al efecto de concluir, quisiera indicar que Alberdi padece de una doble injuria, puesto que del mismo modo en el que durante su época muchos de sus contemporáneos desconocieron sus proclamas, durante nuestra época no son menos aquellos que permanecen aún sin reconocer sus más preciados legados intelectuales. 

Por lo tanto, acaso un acto auténticamente patriótico consista en retornar al concepto de gobierno limitado, noción insustituible dentro del espíritu original de nuestra Constitución Nacional, y que permitió que Argentina exhibiera un sostenido progreso moral y material a lo largo de décadas. Ello naturalmente implica retornar al pensamiento político de su emblemático ideólogo: retornar a la herencia intelectual legada por Alberdi resulta hoy, a casi 137 años de su partida de este mundo, más propicio que nunca.

(*) Politólogo y Profesor Adscripto de Historia de las Ideas Políticas 1 y 2 (UCA)