Repitiendo errores

4 de junio, 2021

Repitiendo errores

Por Carlos Leyba

Mientras Martín, en silencio y modosamente, envía señales concretas de convergencia a la estructura tradicional del FMI en pos de la aceptación de la única moneda de pago que tiene Argentina, que es “el tiempo” , el ala política sanitaria, que es el alma electoral, no cesa de dar señales de divergencia para con los países que influyen desde siempre en el FMI.

En términos de relaciones internacionales son los lados extremos de esta gestión frente a los dos grandes problemas que deben resolverse fuera de los límites nacionales: conseguir la paz con los organismos de crédito y conseguir las vacunas que no producimos por ahora.

Ciertos gestos derivados de las urgencias vacunales nos enfrentan a protagonistas cuya anuencia necesitamos para no caer en default con el Club de Paris y con el FMI. Volveré más adelante.

La convergencia de Martín Guzmán es que el déficit fiscal primario del primer cuatrimestre 2021 resultó cero o positivo si computamos el impuesto a las grandes fortunas. La base monetaria tuvo, en ese período, una mínima expansión. Podemos agregar que, sin aumentar la deuda, las reservas del BCRA aumentaron en el primer cuatrimestre de 2021. Y que el tipo de cambio paralelo, en ese período, bajó entre fin de 2020 y el 31 de mayo.

Todas estas son señales de camino a la estabilidad en los mapas que habitualmente traza el FMI.

Pero siempre los cuerpos enfermos manifiestan un “pero”.

En el primer cuatrimestre la tasa de inflación anual fue de 46,3%: esa es la velocidad con la que corren los precios de punta a punta en los últimos doce meses. La inflación acumulada de los primeros cinco meses de 2021 amenaza con duplicar la inflación acumulada en el mismo lapso de 2020.

La encuesta de la Universidad Tocuato Di Tella del mes de mayo registra que las expectativas de inflación para este año son de 50%.

La inflación está en las primeras preocupaciones sociales de estos días. Esto implica la percepción que los salarios quedarán por atrás y que este período será uno más en el proceso del deterioro salarial de los que tienen trabajo, formal o informal.

Cuarenta, pandemia, incertidumbre de estabilidad laboral, certidumbre de pérdida real de ingresos.

Un combo que las “buenas prácticas” del ministro de la deuda no resuelven en términos de la vida cotidiana.

La respuesta de los principales sindicatos a este evento, todos del sector servicios, es demandas salariales o de ajuste, que superan lo esperado inicialmente por el Gobierno.

Hugo Moyano y el líder bancario –los sindicatos con fuerte poder de fuego– ya anotaron sus cifras muy por encima por lo esperado por la gestión económica.

La tasa de inflación esperada por los ciudadanos, que supera largamente a la registrada, refleja las expectativas de los ajustes salariales disparados y la puja interna en el Gobierno por el ajuste de tarifas y, por qué no, por el rediseño de los cargos en las áreas provinciales y municipales.

La causa de la inflación, recitada por la ortodoxia, ha sido fuertemente morigerada por la gestión Guzmán con buena letra en pos de lograr los acuerdos que puedan ayudar a impedir una desestabilización mayor producto, no solo de la incertidumbre, sino de las realidades materiales que puede desencadenar, no ya el default, sino la idea de una prorroga sine die de los acuerdos por la deuda.

Guzmán como ministro de Ecoonomía, y por lo tanto de la deuda, está haciendo su tarea de modo agradable a quienes deben comprenderlo y creerle.

Pero el lado flaco de la inestabilidad del sistema de precios, claramente y por ahora, no proviene de su área sino del “manejo de la economía”. ¿Quién maneja la economía? Terra incognita.

Por ejemplo, para el Ministro de Desarrollo Productivo -que sería el responsable de la parte real de la economía- parte del futuro –son sus palabras– se juega en el cannabis medicinal (la planilla de usos del estudio que fundamenta la estrategia incluye desde los textiles hasta el uso recreativo) y en la electromovilidad vinculada a las baterías de litio. Todo eso es interesante. Pero, ¿y el mientras tanto?

Mientras Guzmán hace una tarea dirigida al “público externo”, nadie hace –en economía– una tarea destinada al “público interno” que sufre del desempleo y la ausencia de horizonte aquí y ahora.

El cannabis medicinal y la electromovilidad quedan muy lejos para los ciudadanos que pueblan los conurbanos viendo como se pelea el día a día; y también muy lejos para los que viven más acá de la periferia y sienten como se les escapa el previo nivel de vida.

Como muchos argentinos, y seguramente muchos funcionarios del Gobierno y dirigentes de la oposición, tengo la convicción absoluta que debemos dedicar mucho tiempo y de manera urgente, a pensar las alternativas del futuro para las próximas décadas.

Esa es la tarea de quienes deben proyectar la visión orientadora de los pasos del presente.

Pero al mismo tiempo estamos viviendo una crisis colosal. No es necesario recordarla. Porque tiene larga historia que llega hasta el presente. La última década de estancamiento continuó una destrucción sistémica iniciada –con fecha cierta que ahora nadie discute– hace 46 años y cuyos resultados están a la vista.

Fueron terremotos y huracanes silenciosos que hicieron su trabajo mientras la sociedad, adormecida, creía en los “alquimistas” que bajaban de los puertos y los aviones, con nuevos bienes hechos en otras latitudes que reemplazaban nuestras manufacturas y “que las mejoraban en precio y calidad”.

Con ese mantra destruimos la industria, el empleo y para peor los financiamos con deuda.

Es repetida la historia que no pudimos pagar. ¿Cómo hacerlo sin trabajo y sin capacidad de producción?

Pero, ¿el presente que nos consume?

Sabido es que no tenemos una estrategia de desarrollo o lo que es lo mismo, que nuestro futuro está a la intemperie hoy sometido a los vaivenes climáticos de la demanda mundial. Y además debemos enfrentarlo con las bases frágiles que proveen décadas de decadencia.

Sabemos ahora que Guzmán ata relaciones y tareas que, seguramente, llegarán a una paz razonable con los acreedores públicos y multilaterales.

Pero el presente no puede esperar que se desate el nudo de la estrategia de largo plazo. Necesita acciones inmediatas propias de la emergencia de una crisis. Y el Estado está como ausente.

Desde todos los sectores políticos, económicos y sociales y aún de algunos economistas ortodoxos, incluso de funcionarios del PRO de la última gestión, se escuchan voces que se animan a pronunciar la necesidad de un acuerdo de precios y salarios. Una acción política en la economía que fue anatematizada por muchos que hoy, cuando es urgente, la invocan.

Esta claro que los méritos monetarios y fiscales de Guzmán no han generado ni estabilidad ni confianza. Y que remontar la coyuntura requiere como condición necesaria ambas cosas: calmar los precios y construir confianza. El Gobierno solo no puede y sin el Gobierno no se puede.

La inflación, el peso de la pandemia y las inquietudes que genera todo proceso eleccionario, todo sumado, desgrana la poca confianza que nos informa la evolución del dólar paralelo y los depósitos en dólares.

La confianza que necesitamos es la que se mide con el incremento del empleo. Y esa confianza está en retroceso. Javier Lindemboim (Clarín 3/6) nos recuerda que se han perdido 800.000 puestos de trabajo precario. El hilo se corta por lo más delgado.

Lo único que crea la confianza social es una dinámica de creación de empleo que sólo será sostenible si se trata de empleo productivo.

¿Qué puede provocar esa dinámica? El primer paso, sin el cual no hay camino, es un Acuerdo que establezca condiciones estables y favorables para un proceso de inversión. Esa es la condición necesaria para fundamentar un acuerdo de precios y salarios. ¿Por qué?

Porque no puede existir un acuerdo de precios y salarios que no tengan como horizonte concreto la realización de inversiones destinadas al incremento de la productividad.

No cabe duda que ese Acuerdo es tan necesario como lo es la confianza, y tampoco hay duda que eso es posible aunque no necesariamente probable.

Lo hará probable la voluntad de las partes: hay que avanzar al acuerdo desde todos los rincones, el del trabajo, el de la empresa y el de la política con la convicción que es necesaria la renuncia a la “acción directa” de cada uno de esos tres sectores y una búsqueda concertada es la manera de maximizar el beneficio colectivo. No hay mucho más tiempo.

Llegados a este punto ¿qué tiene que ver la mención inicial de esta nota al ala de la política sanitaria, el alma electoral, que no cesa de dar señales de divergencia para con los países que influyen desde siempre en el FMI?

El reciente viaje a Cuba de Carla Vizzoti y la asesora todo terreno del Presidente, Cecilia Nicolini, fue una señal política del Gobierno acerca de dónde quiere que lo ubiquen. Poco tiene que ver con las vacunas que –vaya a saber por qué– se han convertido en un instrumento de mensajes de política internacional.

La pregunta que se impone es a qué estrategia de desarrollo nacional responden esos gestos de política internacional vía vacunas.

Ni este Gobierno ni los que lo precedieron han diseñado una estrategia de desarrollo que guíe sus políticas en el campo interno y en el internacional. El resultado está a la vista.

Los Fernández, como Macri, se han obstinado en mostrar “gestos de política internacional” careciendo, en ambos casos, de una estrategia revelada.

Por esas ligerezas estamos corriendo el riesgo que la estimada cooperación en materia de vacunas se convierta en el fundamento de una política internacional que, sin estrategia de desarrollo, resulte en la muy previsible estrategia de adaptación a las políticas de la potencia a la que nos aproximamos.

Que la vacuna no sea el puente a un modelo dependiente primarizante y que las consignas, que no estrategias, de largo plazo terminen siendo un mecanismo de distracción. Ya pasó.

Muchos peronistas hoy en el Gobierno lo saben: Menem lo hizo. Como en todo los resultados están a la vista. Es hora de no repetir errores.