Perú, en vilo, espera el resultado de la elección más polarizada de su historia

9 de junio, 2021

Perú, en vilo, espera el resultado de la elección más polarizada de su historia

Por Clarisa Demattei (*)

El pasado domingo 6 de junio más de 18 millones de ciudadanos peruanos concurrieron a votar en una segunda vuelta electoral que puso de manifiesto la crisis institucional y la inestabilidad que vive Perú desde hace décadas. Sin embargo, más allá de la efervescencia y polarización que generó esta elección, los ciudadanos peruanos y también los países de la región, todavía están a la espera del ganador.

Pero independientemente de quien gane la presidencia estos comicios dejan varios elementos de análisis. Por un lado, el fin de los liderazgos partidarios tradicionales y la llegada de una altísima atomización ideológica.

El balotaje del domingo enfrentó a la derechista Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y al izquierdista Pedro Castillo (Perú Libre) quien se ha declarado ferviente defensor del modelo chavista. Y si bien los electores están acostumbrados a las dicotomías entre izquierda y derecha, las posiciones tan enfrentadas entre ambos candidatos no dan lugar a la moderación ideológica sino que, por el contrario, llevan a una polarización máxima entre dos extremos con nulas coincidencias.

Y esto puede resultar una posible amenaza para la estabilidad política debido a que cuando un presidente asume con semejantes niveles de radicalización de las posturas, la generación de acuerdos legislativos es extremadamente difícil. Y cuando un presidente asume en minoría y sin haber superado el 19% de los votos en la primera vuelta, como en el caso de Castillo o aún peor, el 13,41%, como el caso de Fujimori, la generación de alianzas de gobierno mayoritarias se vuelve un elemento vital para poder evitar los quiebres democráticos. Sin embargo, la generación de coaliciones legislativas parece prácticamente imposible.

¿Por qué? En primer lugar, porque a lo largo de los años Fujimori se ha mostrado muy reticente a lograr pactos legislativos con prácticamente la mayoría de las fuerzas políticas.

Pero, además, la polarización ideológica parece irreconciliable porque ambos candidatos protagonizan discursos completamente distintos entre sí y estas diferencias son las mismas que fragmentan a la sociedad peruana. La distancia ideológica entre uno y otro candidato materializan las distancias socioeconómicas de dos sectores sociales históricamente enfrentados.

Al analizar las trayectorias de Castillo y Fujimori, vemos ideas pero también historias de vida diametralmente opuestas. Por el lado de Castillo, este activista de 51 años pertenece al sindicato nacional de maestros SUTEP y su popularidad alcanzó un hito máximo cuando protagonizó una de las mayores huelgas durante el mandato del expresidente Pedro Pablo Kuczynski (alias PPK). Pero además de su popularidad y su discurso filopopulista, su figura despierta controversias (especialmente en las élites peruanas) por su apoyo manifiesto al Gobierno venezolano de Nicolás Maduro y sobre todo por sus vínculos con miembros del grupo guerrillero Sendero Luminoso.

Si bien él se presenta como socialista en materia económica, es conservador en términos sociales ya que se opone al matrimonio igualitario, a la legalización de la marihuana, al aborto, a los debates de género y promete desplegar una política de mano dura contra el crimen y el delito, algo que sedujo al electorado más humilde debido a que son las principales víctimas de la inseguridad. Su candidatura fue confirmada a mediados del 2020 en lo que fue una de sus primeras incursiones en la política.

El caso de Fujimori, por el contrario, es más conocido. No solo por ser la hija del expresidente Alberto Fujimori, cuya presidencia incluyó un autogolpe de Estado y culminó con gravísimas denuncias de corrupción que lo hicieron renunciar y buscar refugio judicial en Japón, sino además porque Keiko se postuló por tercera vez a la presidencia de Perú.

Conservadora y derecha, su imagen divide a la opinión pública peruana. Sus detractores, principalmente desde la izquierda, temen que su ascenso al cargo máximo de Perú sea la vuelta del fujimorismo y, con ella, aumente la corrupción y los abusos a los derechos humanos como sucedió durante la presidencia de su padre.

Asimismo, sus más acérrimos críticos no dejan de resaltar el hecho de que es una candidata presidencial procesada en el caso de corrupción de Odebrecht (escándalo que arrasó con la presidencia de PPK) y logró salir de la cárcel bajo fianza. Para otros, Keiko es quien puede salvar a Perú de caer en el chavismo y por eso, en términos de sus votantes, representa a la libertad por sobre el comunismo.

Con un discurso polarizador y nacionalista, Keiko supo canalizar ese miedo al chavismo para presentarse como una salvadora de la libertad y la democracia peruana. De hecho, durante toda su campaña ha aparecido en público con la camiseta de la selección peruana de fútbol, apropiándose de un símbolo cultural con un claro mensaje nacionalista.

De esta manera, los ciudadanos peruanos tuvieron que elegir entre una candidata procesada por corrupción o un simpatizante de grupos guerrilleros.

Así, Castillo obtuvo importantes victorias en el interior y especialmente en los sectores campesinos, quienes se han sentido históricamente rezagados frente al crecimiento de sectores medios y medios-altos de las ciudades. Fujimori logró triunfos contundentes en los sectores urbanos y fue especialmente apoyada por los principales medios de comunicación y por la elite peruana debido a que planea continuar con el plan económico de su padre.

Pero además, el gran interrogante que se abre después de estas elecciones es cómo lograr la gobernabilidad con una sociedad enfrentada y un Congreso atomizado. ¿Cómo generar una concertación de partidos para evitar un quiebre institucional en el marco de un sistema de partidos polarizado? ¿Cómo lograr gobernar cuando alguno de los candidatos generan miedo e incertidumbre a gran parte del electorado peruano? ¿Cómo fortalecer la institucionalidad electoral cuando, en muchos casos, los votantes eligieron por un candidato para impedir que su oponente llegue al poder y no por una preferencia genuina hacia el político elegido?

Si ganara Fujimori, su victoria no estará necesariamente basada en su propia persona sino en el antagonismo entre “libertad o comunismo” como ella ha repetido varias veces. Si ganara Castillo, sucedería la misma lógica pero a la inversa: gran parte de sus votantes lo han elegido por miedo a una posible vuelta del fujimorismo y/o una revancha de los sectores campesinos más postergados.

En conclusión, gane quien gane la gobernabilidad está en juego. La historia política peruana de los últimos años demuestra la fragilidad institucional que atraviesa el país y ni Castillo ni Fujimori parecen poder fortalecerla. Ninguno de los dos tiene una mayoría parlamentaria pero, aún peor, ninguno tiene el número mínimo de escaños para bloquear una posible destitución desde el Poder Legislativo. Todavía resta conocer quién será el ganador del balotaje. Mientras tanto, todo Perú está atento por saber quién, desde la Casa de Pizarro, será el Presidente del Bicentenario.

(*) Licenciada en Ciencias Políticas (UCA) e Investigadora del Centro de Estudios Internacionales (CEI-UCA). Con la colaboración de Federico Hirsch, Licenciado en Relaciones Internacionales de la UCA