La diplomacia de las vacunas de Joe Biden

Las vacunas contra el coronavirus juegan un papel central en la forma en que el Gobierno de Joe Biden se relaciona con otras naciones, diferenciandose de China y Rusia.

29 de junio, 2021

La diplomacia de las vacunas de Joe Biden

Por Lourdes Puente (*)

Cuando acabe, si es que alguna vez acaba, esta realidad omnipresente de la pandemia, podremos investigar y analizar con más detalle el rol de los actores principales de la misma: científicos, laboratorios y Estados. La primera guerra mundial del Siglo XXI fue contra un virus y las armas para confrontarlo no estaban, igual que hoy, en posesión exclusiva del Estado.

Joe Biden, presidente de EE.UU. en esta circunstancia, llegó a conducir la superpotencia global en un escenario de creciente complejidad, doméstica y global. Y en ambos espacios, con el condicionante de la pandemia, el juego del poder expresa algo que ya estaba fuertemente insinuado: hay más actores, hay más ideas, hay más valores, hay demasiado por combinar y articular, aun cuando fuese claro el propósito y la tarea.

Poner el foco en su política exterior implica, entre otras cosas, la competencia hegemónica que le plantea China, los desafíos permanentes de la multipolaridad que activan las potencias regionales (en especial la siempre presente Rusia) y la civilización humana bajo pandemia, no importa régimen, color de piel o límite jurídico del que se trate. Todo eso y el desafío de seguir asegurando desarrollo y empleo para los ciudadanos que conduce, lo que implica muchas decisiones en sus vinculaciones internacionales.

En el caso del virus que amenaza la realidad cotidiana de los seres humanos, y de los Estados como unidades políticas a cargo de esos seres, la defensa (que ahora toma un cariz diferente al tradicional, ya que no requiere armas bélicas) tiene forma de vacunas: adquirirlas, producirlas, venderlas, donarlas….alternativas y estrategias. Laboratorios, universidades y Estados como actores principales.

El juego de poder se modifica. Hay algo diferente a todas las guerras globales anteriores. Primero que ésta es literalmente global. Y segundo, que no sirve ganarla en mi perímetro. Necesito que todos la ganen para asegurar la verdadera victoria.

Biden ha dicho que va a sanar todo lo que su antecesor rompió en el mundo, pero además que va a volver a enarbolar los valores en los que cree: libertad, democracia y derechos humanos. Habló incluso de armar una coalición con las democracias.

La llamada diplomacia de las vacunas está en sintonía con estos propósitos, pero tiene un componente más duro, ya que el activo de la disponibilidad de vacunas es esencial a la batalla contra el Covid-19, y la efectividad de la estrategia es de difusa medición. No alcanza con vacunar a propios y aliados. Ni es tan diáfano cuánto reporta ser el donante. Pero si es claro que tener la capacidad o el laboratorio te da un poder de negociación superior.

El juego igual es diferente. Las superpotencias y las potencias regionales con sus laboratorios o con los laboratorios generan estrategias domésticas y globales que encuentran límites vinculados solo a las capacidades, la investigación, los recursos y el tiempo.

China, que busca en su competencia hegemónica aparecer como una superpotencia benévola y pacífica, ofrece y sale con vacunas a todos el mundo. Rusia, que no quiere perder el juego, también. Gran Bretaña. India. Israel. No hay muchos más de movida. Es una buena foto de recursos de poder. Y ahí aparece EE.UU., ostentando su potencial y decidiendo donar.

¿Es soft power? Depende…para ser “bueno”,  tenés que tener el hard power, y  en esta guerra no son las armas sino la investigación y la capacidad de producción, o de negociación con los laboratorios. Que se conocieran las investigaciones y los hallazgos que hizo y hace el Pentágono al respecto, dan cuenta que, con todas las limitaciones conocidas, esta potencia no pierde el tiempo y enfrenta al enemigo con todos sus instrumentos.

Las estrategias de los laboratorios también juegan su geopolítica. Aliadas o no a los Estados. Unas distribuyen producción. Otras, producción y venta. Unos Estados dejan entrar a unas, otros niegan a otras, todos utilizando el argumento científico y la varita de la aprobación científica.

Biden tiene la herramienta de las vacunas y la juega. Primero dona 60 millones, de las que le sobran y no le gustan tanto. Después 20 millones más. Y cuando está en Europa “arreglando” todo lo que su antecesor rompió, dona 500 millones de dosis. Y dice expresamente que no habrá condiciones para entregarlas. “Nuestras donaciones de vacunas no incluyen la presión por favores o concesiones potenciales”, dice el Presidente de EE.UU.

Lo hace frente a sus aliados más poderosos (el G-7) y a las puertas de reunirse con Rusia, que nunca deja de hacerle competencia con lo que tenga. Mostrando además que ese activo está presente para todo. Como dice Juan Battaleme, puede, si quiere, decirle a Rusia que él puede intervenir para conseguir el permiso para la Sputnik en Europa.

Estamos haciendo esto para salvar vidas y poner fin a esta pandemia. Eso es todo, punto“, dijo Biden. Tiene el poder, la capacidad, y elije jugarla. El destino no son sus aliados ni la coalición de democracias, sino los países pobres. Y lo anuncia remarcando que es quien más habrá donado, ostentando su capacidad y su poder y utilizándolo para enarbolar sus valores, esos que quiere volver a predicar.

Benevolencia ante una foto que muestra que los países más poderosos son los que tienen más vacunados y que los más pobres los que menos. Eso no es nuevo en la humanidad. Solo se ve claro como el agua. Lo que Biden hace es ofrecer el activo de defensa de este siglo a quienes no acceden, pero posvacunación propia. No antepone el juego global en sus decisiones primeras.

Dona a través de un programa de Naciones Unidas, el Covax, cuyo objetivo es entregar 2.000 millones de dosis de vacunas hacia fines del 2021. Y esta es otra nota de este siglo. La organización global existe, pero se activa con donación de quien tiene el poder, y aun así, no logra su propósito. Porque depende de la entrega de los productores de vacunas. Y éstos de los laboratorios. No hay fuerza en las instituciones globales.

El programa divide al mundo beneficiado entre los que pueden pagarlas y los que no. Estos últimos serán ayudados financieramente para adquirirlas. Bolivia, Nicaragua, Honduras, Haití y El Salvador son los únicos países entre los latinoamericanos. No hay criterios políticos para dar las migajas. Sino sociales. Es una muestra de poder, pero también una expresión brutal de la diferencia. Los pobres no están en la mesa de la decisión. Se “benefician” de sus decisiones. Tan antiguo como la humanidad.

Voviendo a EE.UU. Quizás la diferencia fundamental entre la política exterior de Donald Trump y la de Biden se encuentre en sus consignas: Trump era “America first” y Biden es “America is Back”. Trump enarbolaba el unilateralismo, esto es, la imposición de la voluntad de Washington. Biden intenta recrear el multilateralismo, esto es la reconstitución  de la alianza occidental, que suponen el acercamiento con Europa y con América Latina.

Para Trump, la hegemonía estadounidense se tenía que sustentar en el “poder duro”, esto es en la afirmación de la fortaleza económica y militar norteamericana. Biden apuesta al “poder blando”, en tratar que Estados Unidos afiance su liderazgo global a través de una expansión  de su prestigio internacional.

La bandera de la defensa de los derechos humanos, vuelta a flamear por Biden, reasume la estrategia empleada por EE.UU. en la Guerra Fría para ganar la batalla contra la Unión Soviética en la opinión pública mundial,  ahora para afrontar la competencia con China y con Rusia. La diplomacia de las vacunas aparece con ese rasgo moral que ya no tenía dónde encontrarlo. Y que insinuó, al principio, ponerlo en la democracia.

En ese sentido, la “diplomacia de las vacunas” constituye una contraofensiva política para salir al cruce del avance de Beijing y Moscú, que habían tomado la delantera con su aprovisionamiento al mercado latinoamericano y a otros países asiáticos y africanos. Pero es también una ostentación de poder. Una vuelta al juego.

Para terminar, la diplomacia de las vacunas de Biden da cuenta de que EE.UU. todavía conserva mucho poder global, que está dispuesto a utilizarlo en su favor, que en los países pobres no hay aliados, y que la región no tiene ningún activo interesante para ser considerada diferente al resto. Biden incluye países latinoamericanos porque son pobres. No hay región, porque no hay actor regional. La benevolencia o el soft power de Biden está en sintonía con su propósito: volver al mundo, desde arriba y con discurso propio. Pero además, la noticia es que puede hacerlo. Tiene con qué.

(*) Directora de la Escuela de Política y Gobierno de la UCA