Los valores

28 de mayo, 2021

Los valores

Por Carlos Leyba

En este desierto de ideas y campo de batallas espejadas ocurrió un acontecimiento promisorio. Se conversaron ideas en diálogo abierto destinado a enriquecer una perspectiva estratégica con dimensiones geopolíticas.

A pesar que fue una reunión pública, fue ignorado por comunicadores que ofician de periodistas en los medios embanderados, oficialistas y opositores. Ambos extremos dedican horas a azuzar guerreros (politicastros y “economicastros”) que ocupan hasta el agobio esos espacios. Generan ignorancia informativa.

Muchos de los especialistas que estuvieron en el foro, que más adelante presentaré, hubieran podido cubrir constructivamente las horas de los programas que tratan la demolición del oficialismo, por otra parte, en derrumbe espontáneo; o del exterminio de la oposición que, en realidad, esta arrinconada entre sus escombros.

El foro podría haber sido fuente de inspiración para talentos (que los hay) hoy atosigados en la maraña del periodismo de combate que degrada la tarea de informar.

La palabra ha sido sustituida por pedradas: hoy rige la lapidación del pensamiento por parte de los que hacen política y los que le hacen la crónica.

El foro “Hacia una Estrategia Nacional Hidrógeno 2030” se llevó a cabo en el marco del Consejo Económico y Social. Al fin un tema. ¿Será tan difícil?

Debatir el hidrogeno ofrece una dirección magna a la cuestión de la energía que, por cierto, no se agota allí. Se dispara desde el futuro, que es el lugar que sólo puede existir por el consenso. Sin consenso no hay futuro. El disenso es un paso que desanda el paso que sigue.

Un debate, el del hidrogeno, ha comenzado. Pero la urgencia, que es el nombre de la demora, reclama debatir el transporte, el diseño territorial y el balance demográfico, la reconstrucción industrial, la necesaria revolución de la educación para el 60% de nuestros jóvenes hundidos en la pobreza, los modos de reconstruir el capital social perdido (que incluye la ética de quienes administran justicia), el capital humano herido (que incluye la insoportable inequidad social) y el capital productivo desaparecido (que incluye la fuga escandalosa).

La Política mayúscula ha sido abandonada por décadas: el desastre del sistema de transporte, el abismo que significa nacer en las periferias y el ahogo de la concentración poblacional; el deshilachamiento de la industria; la perversidad para con los niños en la pobreza; la cuestionada moralidad de muchos jueces; asalariados en la pobreza y fortunas súbitas de jet propio y, cerrando esos infiernos, US$ 400.000 millones expatriados.

¿En qué pensaban, qué hicieron? Son cuatro décadas de traición a la política como virtud.

Ese foro fue una señal, un método, una apertura ¿por qué la ignorancia despectiva, el silencio de los medios en un tiempo en que los discursos hirientes y vacíos, ocupan el lugar de la palabra?

El hidrogeno es la materia de una revolución de consecuencias extraordinarias en materia climática: energía limpia abundante y barata. En materia productiva: otra vez nuestra Argentina –el territorio– se presenta como una oportunidad extraordinaria a caballo de nuestros recursos naturales, agua, la abundancia de vientos apropiados y de energía solar, de una punta a la otra de nuestro espacio, por ahora, soberano.

El hidrógeno apunta a una gran transformación energética que ya ha comenzado con la energías limpias y nos señala la trascendencia de definir una mirada geopolítica y una estrategia de Estado.

Chile ha avanzado en el diseño estratégico y en la producción. La “estrategia nacional de hidrogeno verde” chilena cuenta con un consejo en el que ocupa un lugar destacado un líder de la oposición, Ricardo Lagos y la presencia de expertos de Alemania, país líder en proyectos de hidrógeno verde.

El abundante hidrogeno dispara tres veces más energía que la nafta y no produce dióxido de carbono: es una herramienta clave en la descarbonización que comprometió el presidente Joe Biden. Nos suma a las grandes lides que planteo el Papa Francisco en Laudato Sí.

En ese Foro participaron investigadores, empresarios, funcionarios y dirigentes de la oposición y nos acercaron la palabra de Alemania, Japón y Corea del Sur que se perfilaron allí como potenciales socios estratégicos. Recapitulemos.

Primer punto, señal geopolítica. Esta vez, el lobby chino –el de nuestros embajadores políticos en ese país (en la práctica, los embajadores inversos) los de ambas gestiones acreditan una común raíz ideológica– no se apropió del manejo de un recurso estratégico.

Segundo tema, el diputado radical por Chubut, Gustavo Menna, destacó la inusual invitación a los opositores a participar en un foro que se propone diseñar una estrategia para un recurso prioritario en el desarrollo y qué sólo será posible en el marco de una política de Estado.

Tercer tema: ¿qué es una política de Estado? La idea requiere distinguir “gobierno” de “Estado”.

Una política de “gobierno”, lamentablemente, es de uso y costumbre, calibrarla con el calendario electoral: hacemos “esto” –que puede ser correcto– pero queremos que quede claro que lo hacemos “nosotros” porque esperamos la cosecha electoral.

Esa “calibración electoral”, potenciada a partir del error de la reforma constitucional de 1994, que hizo de los primeros cuatro años presidenciales la gimnasia para una reelección, requiere “éxitos” inmediatos que, en general, son aparentes (lo atamos con alambre) y garantizan el efecto boomerang que nos obliga a pagar. Gobernados por el “disenso” –estrategia electoral–, lo que agiganta las urgencias, hemos cosechado sólo fracasos. No exagero.

Marcha atrás en todas las dimensiones de la vida colectiva. No hay un indicador que englobe la decadencia. Pero quién puede dudar del retroceso de nuestra marcha atrás, en términos absolutos, en educación, justicia, seguridad. O en la trama productiva, en la infraestructura, en la distribución y en el porcentaje de población que puede llevar una vida digna con el fruto de su trabajo. No hay modo de negarlo. Hay, sin duda, errores conceptuales. Pero en el dominio del corto plazo está el ánimo que ahuyenta la reflexión y el entendimiento.

Las barbaridades acumuladas en las últimas décadas se van haciendo evidente con el tiempo. Es que las consecuencias de las acciones nunca han formado parte de la mesa de las decisiones. Lo pagamos caro.

Sucesivas “guerra de Malvinas” –un ejemplo de incapacidad, desesperación por retener el poder y apelación a la emoción– nos han traído hasta aquí.

La gestión de gobierno, es lo que ha pasado, se ha reducido al límite electoral para tratar de conservar el poder.

Partamos de los ’90. En el discurso no hay familias políticas más antagónicas que los Menem y los Kirchner. Las grandes decisiones de los ’90, por ejemplo el remate de la industria petrolera a manos de una gasolinera española que compró a crédito y debía repagar y por lo tanto no pensaba invertir sino explotar, fueron tomadas mancomunadamente por los Menem y los Kirchner. No fue, no es “la concepción estratégica”, la que dominó a esas familias políticas sino el sentido de la oportunidad en función del “tiempo electoral”.

Muchos dirigentes del kirchnerismo (“Carta del 25 de mayo”) han reclamado investigar la fuga de capitales y no ignoran que una, no menor, surgió de la venta de YPF. Venta y pago de regalías hicieron que las provincias petroleras recibieran enormes sumas. Néstor, gobernador de Santa Cruz, no depositó esos dólares en el sistema financiero nacional. Lo hizo fuera del país. La fuga de capitales es colocar excedentes fuera del sistema financiero nacional. Néstor fugó dinero “blanco” propiedad provincial. No tengo información acerca de qué ocurrió después.

Comparto la preocupación kirchnerista por investigar la(s) fuga(s) aunque incluyendo la muy original fuga pingüina. Volvamos.

Privilegiar el corto plazo, la liviandad, es consecuencia del “gobierno-electoral”. Lo contrario al pensamiento de Estado que ordena las prioridades en función del largo plazo.

Las políticas de Estado requieren de diseños, estrategias, reflexiones, profesionales convocados para trazar objetivos de largo plazo y desarrollar instrumentos de larga maduración y alto impacto que se acumula en el tiempo.

Esas definiciones exigen la participación de todos los sectores involucrados y, esencialmente, de todas las formaciones políticas. Requieren un acuerdo “en el poder presente” para “poder transformar el futuro”. Ese consenso relevante no es la unanimidad sino la convergencia de las fuerzas que, compartiendo plenamente el sistema definido por la Constitución, acuerdan el sentido común, el destino de las políticas.

En este foro, ignorado por los medios, se convocó a un método: “la conversación” con todos los sectores involucrados y con las alternativas políticas posibles. Se abrió el escenario de un debate – incluyendo a la oposición en paridad de condiciones – para una estrategia de largo plazo que implica formular una política de Estado en un tema trascendente: la energía limpia y sus derivaciones.

Se instaló un escenario potencial de definiciones geopolíticas. Alemania, Japón, Corea del Sur, son países potentes que dominan en la “alta gama” de los mercados y con los que podemos plantear escenarios de cooperación que no requieren de políticas prematuras de apertura sino que posibilitan las estrategias de crecimiento de la productividad que son las bases para una posterior apertura benéfica.

¿Por qué un escenario de este potencial ha sido ignorado? Frivolidad que nos está condenando a no poder pensar una salida a la tragedia a la que estamos llamando mientras creemos que aniquilar a los “otros” nos salva.

Ese Foro abrió otro escenario que, oficialismo y oposición y sus medios, han decidido ignorar porque fue una demostración de que lo necesario es posible. Los que “cuanto peor, mejor” no están dispuestos.

Los personajes emblemáticos del actual combate han sido parte del horror de los ’70 o son discípulos tardíos de esos extravíos.

La cuestión empieza por los valores.