Israel: dos concepciones de la sociedad y el Estado que causan la inestabilidad política

11 de mayo, 2021

Israel: dos concepciones de la sociedad y el Estado que causan la inestabilidad política

Por Luis Domenianni

En un contexto político incierto, la violencia recuperó terreno en el casi eterno conflicto que enfrenta a israelíes y palestinos. Si bien los hechos muestran una escalada, es el contexto político en uno y otro contendiente donde deben encontrarse las claves de las nuevas acciones guerreras.

Todo comenzó con incidentes localizados en Jerusalén este, el sector de la ciudad que administraba la vecina Jordania hasta la Guerra de los Seis Días de 1967 cuando fue conquistado –y más tarde anexado, unilateralmente- por Israel.

Bajo el marco de una eventual sentencia de la Corte Suprema sobre el destino de los palestinos que habitan una veintena de viviendas en el barrio de Sheikh Jarrah –Jerusalén este- un diputado supremacista judío, Itamar Ben-Gvir, apareció desafiante por el sector, rodeado de policías.

La provocación surtió efecto inmediato. Primero volaron sillas, después fueron incendiados vehículos. La violencia, con la inevitable represión posterior, hizo su aparición. Y creció. Pasó los límites barriales y se instaló en uno de los lugares santos del Islam: la explanada de las Mezquitas, ribereña del Muro de los Lamentos, lugar santo judío.

Aun así, el conflicto no superaba el ámbito local. En todo caso, enmarcado por un nuevo aniversario de la unificación de Jerusalén, rechazada por el conjunto palestino que considera al sector oriental de la ciudad como la eventual capital de un Estado propio.

Todo cambió cuando el Hamas que gobierna la Franja de Gaza decidió llamar a la resistencia en la Explanada pero, sobre todo, cuando optó por disparar unos 200 cohetes desde su territorio contra el sur de Israel, algunos de los cuales se aproximaron a la propia Jerusalén, distante unos 80 kilómetros.

Desde lo puramente militar, los disparos resultan casi inocuos. La enorme mayoría de ellos resultan interceptados por el escudo antimisiles israelí. Prueba de ello, es que la población israelí no sufrió ninguna baja.

¿Entonces? Entonces, se trata de una “pulseada” interna dentro del movimiento palestino, tras la decisión de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) que gobierna Cisjordania de aplazar nuevamente –hace quince años que lo hace- las elecciones en ambos territorios, Cisjordania y Gaza.

Hamas –el Islam político- pretende aparecer así como reivindicador de las aspiraciones palestinas frente a una ANP –laica- vacilante y hasta claudicante. En rigor, se trata de una mascarada trágica. La ANP posterga las elecciones porque, en principio, las pierde. El Hamas ataca Israel, porque, en principio, las gana y, por ende, pretende que se lleven a cabo.

Del lado israelí, la respuesta con ataques aéreos y artillería sobre Gaza fue, a todas luces desproporcionada. A los 200 disparos de cohetes de Hamas, respondió con 130 ataques sobre posiciones en Gaza. Resultado: al menos 24 muertos palestinos, entre ellos nueve niños.

Todo desproporcionado. La batalla interna palestina que se salda con cohetes, bombardeos y muertos. El impasse político israelí donde nadie aparece en condiciones de formar gobierno. Es decir de marcar un rumbo que incluya límites a las provocaciones y retención a la hora de la represión.

Nunca se sabe, pero parece improbable que un gobierno israelí fortalecido por la voluntad popular arme una batalla campal contra palestinos no armados en un lugar santo. Más de 500 manifestantes y 32 policías heridos, lo testimonian.

¿El Ave Fénix?

Un dicho popular califica al fútbol como deporte donde juegan once contra once y siempre gana Alemania. Vale la alegoría para aplicarla a Israel, país democrático donde todos –incluidos los palestinos que allí viven- votan y siempre gana Benjamin Netanyahu. Aunque esta vez…

Sí, siempre gana pero nunca le alcanza para gobernar en solitario y debe armar alianzas de todo y de cualquier tipo. A veces se corre un poco a la izquierda. Generalmente, lo hace a la derecha. Y nunca desdeña la extrema derecha. Hasta aquí ensayó casi todo. Salvo convocar a algún partido árabe israelí. Algo que también acaba de intentar.

Producto de su endeble mayoría construida con las mencionadas alianzas, el 2 de diciembre de 2020, la Knesset (Parlamento) votó su propia disolución y un llamado a elecciones para el 23 de marzo de 2021. Fueron las cuartas elecciones nacionales en los últimos dos años, cuestión que refleja una inestabilidad política que no se convierte en una crisis institucional.

Como Alemania en el fútbol, otra vez ganó el primer ministro Netanyahu. Y, como siempre, ganó pero no le alcanzó.

El Likud, centro derecha, partido del primer ministro Benjamin “Bibi” Netanyahu (71 años), resultó primero y cosechó 30 bancas (perdió 6) de las 120 que conforman la Knesset.

Tras el Likud, se ubicó el centrista y liberal Yesh Aid, con 17 escaños. Siguieron el Shas, conservador representante de la comunidad sefaradí, con 9; Resiliencia por Israel del viceprimer ministro, el general Benny Gantz, centrista, con 8.

Siete legisladores consiguió el derechista Yamina; siete para el otrora poderoso Partido Laborista (agregó 4); siete para el religioso y fundamentalista Judaísmo Unido y siete para el derechista Israel Beitenu que convoca inmigrantes nacidos en Rusia.

El fragmentado escenario político israelí continuó con las seis bancas para el Partido Sionista Religioso; seis para la Lista Conjunta, árabe; seis para Nueva Esperanza, sionista y liberal; seis para el Meretz, socialdemócrata y pacifista; y, por último, cuatro para el Ra’am, árabe israelí islamista que no integra la Lista Conjunta, y al que sondeó Netanyahu.

En síntesis, 13 partidos políticos o alianzas de partidos se dividen las 120 bancas del Parlamento israelí. Y aquí aplica otro dicho popular. Aquel que dice “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Obviamente, el pescador resulta Benjamin Netanyahu.

Ganar es una cosa pero formar gobierno es otra diferente. Como en toda democracia parlamentaria, el gobierno debe alcanzar una mayoría de la mitad más un voto -61 escaños-, algo que no es sencillo cuando la representación más votada no alcanza la mitad de esa mitad y cuando el resto del espectro presenta semejante “troceado”.

El 6 de abril de 2021, el presidente Reuven Rivlin designó al primer ministro Netanyahu como encargado de formar gobierno. Pasaron cuatro semanas y no lo consiguió.

El primer ministro vive una situación particular. Mientras por un lado era encargado para formar gobierno, por el otro, se encuentra sometido a proceso por corrupción, fraude y abuso de confianza en tres expedientes separados.

Nadie imagina una destitución del jefe del gobierno que más tiempo ejerció el cargo -15 años- desde la constitución del Estado de Israel. La ley establece que solo una condena definitiva puede obligarlo a renunciar. Para alcanzar dicha condena, seguramente deberán pasar años.

No obstante, un proceso de tal naturaleza complica la formación del gobierno. O en todo caso hace que las demandas de los partidos convocados para conformar una mayoría resulten más onerosas.

¿Bibi afuera?

Pasaron cuatro semanas desde el encargo del presidente Reuvlin para que el primer ministro decidiese aceptar su fracaso… a medias.

Como siempre, intentó todo y aun un poco más. Esta vez no solo convocó a sus tradicionales aliados de la extrema derecha y de las formaciones religiosas sino que, al comprobar que no alcanzaba, operó para sumar a los islamistas del Ra’am.

Netanyahu ofreció de todo. Ministerios, cargos, contratos, pero no convenció. Y no convenció principalmente a su ex discípulo y ex ministro de Defensa, Naftali Bennett, fundador de la coalición de derecha Yamina, ahora convertida en partido político.

Viejo zorro, el primer ministro ofreció un acuerdo de poder compartido. Inclusive, un primer año donde Bennett ejercería como jefe de gobierno. Pero no pasó. No superó la desconfianza que inspira Netanyahu en el propio Bennett.

Con solo siete diputados a la Knesset y un quinto lugar entre las preferencias de los votantes, Bennett reconoce su minusvalía en una alianza ante un Netanyahu sostenido por 30 bancas propias y un primer lugar en el resultado electoral.

Cerrado -¿cerrado?- el capítulo Netanyahu, el presidente Rivlin ofreció el encargo de formar gobierno a Yaïr Lapid del centrista partido Yesh Aid, que resultó segundo en las elecciones del 23 de marzo de 2021.

Yesh Aid consagró 17 legisladores, muy lejos de los 61 necesarios para formar gobierno. Por tanto, deberá sumar a todo el arco izquierdista-centrista más los árabes de la Lista Unificada y los islamistas del Ra’am inclusive. Así y todo, no alcanza. La clave está, nuevamente, en Bennett y sus siete votos.

A esta altura, aunque siempre el precipicio queda a la vuelta de la esquina, Bennett ya dejó de ser un “hacedor de reyes” para convertirse en el mismo rey. Y es que Lapid, al igual que lo hizo Netanyahu anteriormente, le ofreció ser el jefe de gobierno rotativo.

De momento, final abierto con un Bennett que parece haber comprendido la importancia de la paciencia como virtud en la política. Paciencia necesaria para evitar un paso en falso que retrotraiga la situación nuevamente a manos de Netanyahu o a la celebración de las quintas elecciones en dos años.

Sabedor de la inevitable sociedad “contra natura” con izquierdistas y árabes, Bennett no se conforma con el cargo de primer ministro que le ofrecen. Exige además un compromiso legislativo –ley- que le otorgue el derecho a veto sobre cualquier decisión de su eventual gabinete multicolor.

Como queda dicho, final abierto dada la complejidad para sumar derechas, izquierdas, árabes e islámicos que debe eventualmente sortear Lapid. No es fácil y se complica aún más con los acontecimientos en Jerusalén este donde policías y palestinos se enfrentan tras la posible expulsión de moradores árabes del barrio de Cheikh Jarrah.

Sin entrar en teorías conspirativas, con los incidentes más algunas provocaciones de supremacistas judíos más las arengas del Hamas que gobierna la franja de Gaza, las posibilidades de Lapid para formar gobierno se reducen.

Y si Lapid, no llega, el presidente Reuvlin deberá llamar a elecciones, previo breve permiso a Netanyahu para que intente alguna ingeniería electoral de último momento.

Cabe recordar que hace solo unos meses, el Lapid de entonces, el general Gantz no pudo juntar masa crítica y debió conformarse con una coalición con el propio Netanyahu, quien resurgió como el ave Fénix, como primer ministro. El acuerdo incluía una rotación en el poder, los dos primeros años para Netanyahu y a partir de noviembre del 2021, Gantz.

Con la convocatoria a elecciones el acuerdo quedó roto. Netanyahu fue primer ministro y Gantz no llegó.

Israel en el mundo

Nada de lo hecho por el ex presidente Donald Trump resulta deshecho por el presidente Joseph “Joe” Biden en aquello que a Israel respecta. Ni el Plan de Paz inaceptable para la Autoridad Palestina, ni el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, aparecen en la mira de la actual administración en la Casa Blanca de Washington.

Para el ¿ex? primer ministro Benjamin Netanyahu, aunque con estilo diferente, la alianza con los Estados Unidos no sufrió, ni sufre cambios de importancia, con la llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

La presidencia de Donald Trump en Estados Unidos fue fructífera para Israel. El resultado fue que varios países árabes normalizaran relaciones con el Estado hebreo.

De aquellos tratados de paz y reconocimiento en 1979 y 1994, con Egipto y Jordania, respectivamente, a la actual apertura de embajadas en Emiratos Arabes, Bareín, Sudán y Marruecos, el mundo, en general, y el Medio Oriente, en particular, contemplan una realidad completamente diferente.

Con mayores o menores reticencias, buen número de países árabes no ve con malos ojos, o al menos no desaprueba públicamente, estos pasos en aras de una pacificación de la siempre convulsionada región.

No obstante, hablar de paz sin relativizar cualquier expresión al respecto es correr el riesgo de ser desmentido, mucho más temprano que tarde, por la realidad.

Y es que Israel cuenta con un enemigo principal: la teocracia que gobierna el Irán shiíta, una de las ramas del Islam. Es Irán, mucho más que cualquier deseo de paz, quien consolida la nueva relación del Estado judío con sus vecinos árabes que practican el Islam sunita. Es decir, de momento, más que el cariño, los une el espanto.

Del lado de Irán, se ubican algunos regímenes árabes como Siria, cuyo gobierno depende en gran medida de los “Guardianes de la Revolución Islámica” iraníes -conocidos como los Pasdarán- para enfrentar la guerra civil que asola el país desde 2011. Siria es gobernada por el clan de los Al-Assad, de confesión alauita, variante del shiísmo.

O el Líbano, donde el partido shiíta Hezbollah y su milicia armada, obstaculizan cualquier acercamiento con Israel, pese a la actitud pro negociadora de gran parte de los árabes cristianos y de sectores de los árabes sunitas del país. Siria y Líbano son fronterizos con Israel.

Con todo, el enfrentamiento irano-israelí pasa por el armamento nuclear. Es un secreto a voces que Israel cuenta con las denominadas “bombas atómicas”. Y es una realidad incontrastable que, pese a las declaraciones en contrario, Irán busca fabricarlas.

La ecuación converge en una actitud bélica desigual por parte de ambos contendientes. Es que más allá de provocar escaramuzas desde Siria o el Líbano, poco es cuanto puede hacer Irán. Sin ser inocua, la teocracia iraní es más palabrerío bélico que acciones concretas.

Del otro lado, se trata de frenar el desarrollo nuclear iraní. Tras ese objetivo, Israel emplea métodos drásticos. Desde sabotajes a la central nuclear semisubterránea de Natanz hasta acciones directas contra científicos iraníes.

Según los expertos israelíes, Irán aún está lejos de reunir los elementos necesarios para la fabricación de las bombas nucleares. Por tanto, no parece factible que Israel ataque Natanz y otros sitios nucleares iraníes de manera convencional. Al menos, por ahora.

Mientras tanto, Israel avanza en el plano internacional. Mejora o establece relaciones con muchos países africanos, vende armas a Azerbaiyán en el Cáucaso, acuerda con Grecia y Chipre la construcción de un gasoducto y hasta conversa con el gobierno libanés para delimitar la frontera marítima a los efectos de una futura explotación gasífera.

Se trata de romper el aislamiento. Y, en eso, al gobierno catalogado como derechista del primer ministro Netanyahu no le fue nada mal.

Judaísmo y judeidad

Si durante mucho tiempo, la comunidad internacional, con sus más y sus menos, imaginó la solución del problema como la creación de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza que conviviese con el Estado israelí, dicha solución aparece cada día como más lejana.

Salvo los propios palestinos, nadie ya la sostiene con vehemencia como antaño. ¿Cuáles son las soluciones propuestas, entonces? Son dos, particularmente antagónicas. Ambas hablan del Gran Israel. Pero lo conciben de manera opuesta.

Para unos, con fuertes vinculaciones político-religiosas se trata de un Gran Israel… judío, con Cisjordania incluida. Es decir, Judea y Samaria.

Para los otros, la superficie no difiere. Sí, en cambio, el concepto del Estado. Ya no sería un Estado judío, sino uno laico.

En ambos, los palestinos quedan incluidos aunque con distintos grados de autonomía y derechos. Aunque, para algunos fundamentalistas religiosos del Gran Israel judío, los palestinos solo son árabes y, como tales, deberían vivir en los países que se reconocen como tales.

Así como existe un islam político que gobierna en Turquía, en Gaza con Hamas, en alguna medida en Catar y gobernó Egipto hasta el retorno de los militares, existe un judaísmo político –la judeidad- conformado por los partidos que se reconocen como tales y que plantean un futuro institucional distinto del que planteaba el sionismo de los padres fundadores.

Ya no se trata de una patria para el pueblo judío sino de una suerte de supremacismo, listo para avanzar en el control del país.

No es cuestión solo de política partidaria. Se lo reconoce por su apego –o desapego- selectivo de las leyes del propio Estado de Israel.

Desde la instalación de las denominadas “colonias salvajes”, es decir sin autorización, en territorios cisjordanos hasta el incumplimiento de las leyes militares, pasando por la resistencia a la vacunación contra el Covid.

Recientemente, una de esas resistencias frente a la autoridad fue la peregrinación ultraortodoxa al monte Meron del 29 de abril de 2021.

Si bien fue autorizada por el primer ministro Netanyahu, necesitado del apoyo de los partidos religiosos para formar gobierno contra la opinión del colectivo sanitario, la ortodoxia desafió las normas al reunir cuatro veces más participantes de los autorizados.

El resultado fue trágico. Cuarenta y cuatro muertes fueron su consecuencia producto de una “avalancha” humana en un estrecho pasillo por donde solo debía pasar la cuarta parte de cuantos se agolparon.

La “impasse” política que vive Israel no debe ser tomada solo como una clásica atomización de partidos o de personalidades políticas. Es mucho más que eso. Son dos concepciones –el judaísmo y la judeidad- que se enfrentan y que cuenta con escasas chances de ponerse de acuerdo, más allá de “arreglos” electorales cuya duración es particularmente corta.

Con todo y hasta ahora, el enemigo iraní, unido a la vecina Siria y al Hezbollah que domina el sur del Líbano, cataliza la política israelí. Caso contrario, la convivencia entre la concepción laica y la religiosa del Estado y de la sociedad resultaría particularmente difícil.