Irak: genocidio, intolerancia y la necesidad de convivencia en un país inestable

28 de mayo, 2021

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Por Luis Domenianni

Por motivos diversos, tres estados extranjeros, una alianza multinacional, y dos  organizaciones internacionales terroristas, influencian la política y la vida cotidiana en Irak, un país que desde la caída del dictador Sadam Husein, en 2003, presencia la permanencia y las incursiones de soldados, milicianos y yihadistas, venidos de otras latitudes del planeta.

Nunca hubo paz en Irak. Al menos no la hubo en tiempos modernos desde la derrota y disolución del Imperio Otomano tras el final de la Primera Guerra Mundial en 1918. Francia y Gran Bretaña, por el Tratado Sykes-Picot, se repartieron sus restos. La Mesopotamia quedó para los británicos y pasó a llamarse Irak, nombre arameo y persa antiguo para la región.

La independencia llegó en 1932 con Faysal I como rey, propuesto por Sir Winston Churchill. El nuevo Estado fue un “invento” británico –uno de los tantos que dejó el imperialismo de las principales potencias europeas- al unir tres wilayatos (provincias) otomanas.

Gran Bretaña no solo colocó a Faysal en el trono, también definió a la minoría árabe sunita –una de las dos principales vertientes del Islam- como grupo dirigente, en detrimento de los árabes chiíes, más numerosos, y de los kurdos –no árabes- que perseguían la creación de un estado independiente: el Kurdistán.

Pese a numerosos conflictos internos, la monarquía hachemita de Irak –la familia Hachemí fue rival de la familia Saudí, en Arabia- se mantuvo en el poder hasta 1958, cuando el nieto de Faysal I, Faysal II murió asesinado durante un golpe de Estado.

Desde entonces, la inestabilidad –con golpes de Estado, magnicidios y homicidios de familiares- se apoderó del país creado por los británicos hasta la llegada al poder de Sadam Husein en 1979.

La inestabilidad cesó pero no dio lugar a la paz, sino a persecuciones de tipo estaliniano. Chiíes, kurdos, comunistas y opositores de todo tipo, sufrieron represión y muerte durante el régimen de Husein que gobernó Irak por 24 años.

La sangrienta guerra del Irak de Husein contra la recién llegada al poder teocracia iraní duró ocho años y costó la vida de un millón de personas, dos millones de heridos y cuatro millones de desplazados.

Tras la guerra Irak-Irán, sin vencedor y con retorno a las fronteras anteriores al inicio del conflicto, dos conflagraciones más se precipitaron sobre la vida de los iraquíes, siempre comandados por el dictador Husein.

Fueron las dos Guerras del Golfo. La primera, saldada con derrota ante una coalición encabezada por Estados Unidos, originada en la invasión y anexión del emirato de Kuwait por parte del Gobierno de Sadam Husein.

La segunda, desencadenada por la supuesta existencia en Irak –nunca se las halló- de armas de destrucción masiva, finalizó con la caída del régimen en 2003 y la posterior captura, un semestre después del fugado Husein, su juicio ante un tribunal iraquí y su ahorcamiento en 2006.

Desde entonces, Irak vive de sobresalto en sobresalto. A saber.

-Con el despliegue de tropas de Estados Unidos y de la OTAN a quienes enfrenta una insurgencia iraquí, inicialmente constituida por militares dados de baja tras la Segunda Guerra del Golfo.

-Con la presencia de “Pasdarán” –la Guardia Revolucionaria Islámica iraní- que recluta y arma irregulares chiíes iraquíes.

-Con el virtual Estado autónomo del Kurdistán iraquí, defendido por los “Peshmergas”, ejército paramilitar kurdo bien armado y muy disciplinado.

-Con las incursiones turcas para perseguir a los kurdos turcos del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) que utilizan el oeste iraquí como santuario para sus incursiones a territorio turco.

-Con la presencia residual de Estado Islámico en las zonas del desierto fronterizo entre Irak y Siria.

-Con la continuidad clandestina Al Qaeda y su actividad terrorista.

Guerra civil larvada

Ninguna de las tres grandes comunidades que integran el mosaico iraquí demuestra una voluntad férrea de constituir una sociedad homogénea.

Los kurdos que son mayoritariamente musulmanes, pero no son árabes, persiguen desde siempre el ideal de un Kurdistán independiente que abarque las zonas kurdas de Irak junto a las de Irán, Turquía y Siria.

Quienes habitan Irán, de momento y seguramente mientras dure la dictadura teocrática en ese país, no publicitan intenciones separatistas.

En Siria, en cambio, los kurdos dominan militarmente sus territorios étnicos y no ocultan vínculos estrechos con sus congéneres turcos.

En Irak, en cambio, aprovecharon la caída de Husein y la invasión norteamericana para proclamar una zona autónoma, con gobierno, ejército y policía propia y capital en la ciudad de Erbil.

Nadie duda que, cuando llegue la hora –si es que llega- la región federal autónoma del Kurdistán iraquí será la punta de lanza de un Estado kurdo que abarque las regiones iraníes, sirias y turcas, o al menos una o dos de ellas. De momento, no parece ser la meta inmediata.

Con algunas minorías, entre las que sobresalen los azeríes y los persas, el resto de la población irakí no kurda, es árabe. Sobre 40 millones de habitantes, Irak cuenta con 8 millones de kurdos y 30 millones de árabes.

Pero los 30 millones de árabes no conforman un grupo homogéneo. Por el contrario, aunque hablan el mismo idioma –árabe mientras que los kurdos hablan su propia lengua-, los separa la religión. Según cálculos no oficiales, casi 20 millones practican el islam en su versión chií mientras que poco más de 9 millones adhieren a los principios sunitas.

Como se mencionó más arriba, los minoritarios árabes sunitas fueron el colectivo elegido por los británicos para dirigir el país. Hasta Sadam Husein, todos los gobernantes iraquíes fueron árabes sunitas.

Todo cambió tras la Segunda Guerra del Golfo. Los mayoritarios árabes chiíes lograron convertirse en el grupo dominante.

La incomprensible decisión norteamericana de entonces de disolver el Ejército iraquí –por cierto, leal a Sadam Husein- llevó a la insurrección a una “mano de obra desocupada” militar, con armamento y conocimiento en la materia.

Muchos de estos soldados volcaron su experiencia, luego, con la irrupción de Estado Islámico en 2014 a la causa yihadista –guerra santa- en esa organización declarada como terrorista por las Naciones Unidas.

A su vez,  Estado Islámico sirvió de catalizador para juntar en su contra a las milicias chiíes armadas por el vecino Irán, a los “Peshmergas” kurdos, al nuevo Ejército iraquí , a los aviones y tropas de Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte, y a aviones rusos.

El resultado fue la expulsión de Estado Islámico de casi todo el territorio iraqui que culminó con la toma de la ciudad de Mosul, la capital del auto declarado Califato Islámico.

A la fecha, en el desierto que comparte Irak y Siria, algunos bolsones de combatientes yihadistas aún se encuentran presentes.

Pero más allá de incursiones extranjeras –occidentales, islámicas, turcas o iraníes-, la unidad nacional iraquí está en tela de juicio. Con un sur predominantemente árabe chií, un centro árabe sunita y un norte autónomo kurdo, la posibilidad de tres estados distintos siempre figura a la orden del día.

Persecuciones

No son pocas las razones que llevan a muchos católicos y no católicos a criticar el papado de Francisco. Pero su viaje a Irak no es, precisamente, una de ellas.

Por el contrario, el periplo del Sumo Pontífice por la antigua Mesopotamia fue un recorrido de paz y, sobre todo, de tolerancia, en un país donde las distintas comunidades desconfían, casi naturalmente, unas de otras.

En primer término, se trató como corresponde de defender lo propio. Es decir a los cristianos iraquíes, casi esclavizados durante el dominio de gran parte del país por Estado Islámico y hostigados por el fanatismo musulmán que no admite la convivencia.

Estado Islámico exigió a los cristianos que habitaban las zonas conquistadas, un impuesto especial religioso, si pretendían evitar la venta de sus mujeres como esclavas, sexuales y domésticas. Las casas de los cristianos fueron marcadas con la traducción de la letra N en la escritura árabe.

Un ultimátum por escrito de Estado Islámico, que recibieron obispo, patriarcas y sacerdotes, ofrecía tres opciones: convertirse al islam o continuar como cristianos mediante el pago del impuesto especial o abandonar inmediatamente la región. La cuarta opción, negadas las tres anteriores, consistía en la ejecución.

En Irak, los cristianos suman –sin censo al respecto- más de 1 millón de adherentes. De los cuales, alrededor de la mitad, tomó el camino del exilio desde la irrupción de Estado Islámico y la anterior presencia de Al Qaeda.

El principal colectivo de cristianos iraquíes es el de las iglesias del Rito Sirio como la iglesia católica siriaca y la iglesia católica caldea. La mayoría de sus fieles son, étnicamente, asirios.

La otra minoría, perseguida, esclavizada y objeto de genocidio por parte de Estado Islámico fue la Yazidí. Se trata de un colectivo pre islámico que practica la “taqiyya”, es decir el disimulo de su fe aceptada por la propia religión cuando está en peligro la propia vida.

La esencia de la religión Yazidí debe buscarse en las creencias de la antigua Persia, en particular, el Zoroastrismo de los siglos VII a IV antes de Cristo.

Cálculo no oficiales estiman a los Yazidí en 800.000 fieles, buena parte de ellos se auto reconocen como pertenecientes a la etnia kurda  y habitaban la ciudad iraquí de Mosul y las aldeas de sus alrededores, a la llegada de los terroristas islámicos.

La ocupación de Mosul por parte de Estado Islámico fue la etapa más dramática que debió enfrentar la comunidad, cuyos miembros fueron señalados por los yihadistas como “adoradores del demonio”.

La investigación judicial encargada por Naciones Unidas sobre los crímenes de Estado Islámico confirmó el 11 de mayo de 2021 el carácter genocida del tratamiento de la minoría Yazidí. El informe indica que los hombres de la comunidad Yazidí de Sinjar, norte de Irak, fueron masacrados en su totalidad y las mujeres sometidas a la esclavitud sexual.

La Premio Nobel de la Paz, la yazidí Nadia Murad, es una prueba sobreviviente de esa esclavización sexual.

No se trata solo de cristianos y yazidíes, los crímenes de Estado Islámico abarcan también a las minoritarias comunidades Kakai, Chabak, Turkmena, a la mayoritaria árabe chií e incluye algunas aldeas árabes sunitas que no prestaron sermón de fidelidad a los yihadistas.

El rol del Papa

El 5 de marzo de 2021, el Papa Francisco convocó ante el pleno del Gobierno iraquí, incluido el presidente Barham Saleh, de etnia kurda, a “que callen las armas”, a que “cese la corrupción” y a “consolidar la justicia”.

El Papa recogió la demanda de miles de iraquíes que salieron a las calles a manifestar contra la corrupción gubernamental en los meses finales del 2020. Pero, por sobre todo, atacó la intolerancia y citó en particular a la sufrida comunidad Yazidí.

Pero el plato fuerte de la visita papal fue su encuentro con el jefe religioso de los chiíes iraquíes, el ayatollah Ali Al-Sistani, en la ciudad santa de Nadjaf. Nadie estuvo presente pero, sin dudas, lo esencial fue el mismo encuentro.

Al término, el ayatollah Al-Sistani sentenció que “los cristianos de Irak deben vivir en paz”. De su lado, el Papa presidió una oración inter comunitaria en la ciudad de Ur. Ur es la tierra del patriarca Abraham, considerado como el fundador del judaísmo y, por tanto, de las religiones monoteístas.

Francisco visitó además la destruida Mosul y Erbil, la capital kurda. Sin dudas un viaje pleno de simbolismos con un doble objetivo central: la tolerancia y la convivencia en aras de la paz.

Quizás la primera consecuencia concreta del viaje papal haya sido la votación del Congreso iraquí de una compensación económica para las sobrevivientes Yazidí reducidas a la esclavitud por Estado Islámico. Es un primer paso. Un primer paso de convivencia.

Desde el 7 de mayo del 2020, Irak es gobernado por Mustafá Al-Khadimi (54 años) como primer ministro. Se trata de un chií independiente no vinculado a ninguna fracción política o religiosa.

Siempre opositor a Sadam Husein, debió exiliarse en 1985. Es abogado y trabajó como periodista en distintos países como Grecia y el Reino Unido. Escribió “Humanitarian Concerns”, libro considerado por la Unión Europea en el año 2000 como el mejor de los escritos por refugiados políticos.

Tras su retorno al país, dirigió el Servicio Nacional de Inteligencia desde el 2016 hasta el 2020, cuando fue designado primer ministro. Desde entonces gobierna en Irak en buena relación con Estados Unidos y Arabia Saudita. Por ende, no tan buena con Irán.

Afectado por el coronavirus, el PIB iraquí cayó 10,9% durante 2020. Se trata de una economía dependiente del petróleo y, por ende, sujeta a vaivenes con oscilaciones fuertes.

Así, durante el último quinquenio, el PIB creció un fantástico 15,2% en 2016; para decaer 3,4% en 2017; estacionarse en +0,8% por ciento en 2018; vuelta a crecer 4,5% en 2019 y la citada brusca recesión de 2020. Medido per cápita, el actual se trata del ingreso más bajo desde el 2011.

La deuda iraquí equivale a 81,15% del PIB. Pero el futuro del país, se ve comprometido por la realidad que revelan otros dos indicadores: el índice de corrupción y el relativo a la aptitud para los negocios.

Por el primero, el país ocupa el puesto 168 sobre 180 países analizados, 10 lugares menos que 10 años atrás, pero aún muy considerable. En la aptitud para negocios, Irak se ubica en el escalón 171 sobre 190.

Desde la pandemia de Covid, Irak registra al 20 de mayo de 2021 un total de 16.069 fallecidos y ocupa el lugar 32. Medidos por millón de habitantes, los muertos por Covid suman, a igual fecha, 409 (lugar 65). Y los vacunados solo alcanzan al 1,13% de la población con una dosis. La inoculación de la segunda dosis aun no comenzó.