Imposturas y heterodoxias

13 de mayo, 2021

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Por Luis Blaum  Director del CIDED de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTreF)

Pertenece a la tradición de la teoría económica heterodoxa haber identificado un movimiento pendular que ha dominado importantes tramos de la política económica del país, y cuyos extremos fueron descriptos por Marcelo Diamand (1983) como “la corriente expansionista o popular y la ortodoxia o el liberalismo económico”. A su turno, Adolfo Canitrot (1975, 1980 y 1981) se refería a la primera como los intentos fracasados de lograr una perdurable redistribución de ingresos vía incrementos salariales (cuya última expresión había sido para esa fecha la del peronismo de 1973), y la segunda, a la experiencia ‘76-81 que, de manera original, caracterizó como un intento de disciplinamiento del sector industrial. Siguiendo a Damill, Frenkel y Rapetti (2018), nuestro propósito es mostrar que estas distinciones se aplican al péndulo más reciente que abarca el Gobierno surgido de la crisis de la Convertibilidad (2003-2015), seguido del último experimento neoliberal (2015-2019), y su significado es que los teóricos heterodoxos no se han reconocido en ninguna de esas posturas, marcando una distancia significativa que se mide por las consecuencias negativas que ellas han generado sobre la economía argentina

En efecto, mientras el neoliberalismo pretende la neutralización de la soberanía y la política, su contraparte que, consistente con Diamand, podemos denominar “voluntarismo expansionista”, es un credo para el cual la restricción económica fundamental es la instancia política, entendida como conflictos de intereses.

Ambos constituyen una relación dicotómico-especular cuya efectividad se basa en un deber ser irreal, ya que la organización económico-mercantil responde a una complejidad que estas extremas simplificaciones no pueden capturar. De allí que, en ese dispositivo, etiquetas como ortodoxia/heterodoxia poco tiene que ver con los debates científicos que se desarrollaron entre el monetarismo y el estructuralismo desde la segunda posguerra: en este caso, la ‘heterodoxia’ estructuralista nunca negó la validez de la hipótesis ortodoxa-monetarista, sino que cuestionó su unilateralidad al desechar otras etiologías y rigideces que generan inflación (por ejemplo, la inflación de costos y los efectos de cambios en los precios relativos en presencia de inflexibilidad al descenso de los precios monetarios). El estructuralismo no excluyó ninguna hipótesis y, más aún, dilucidó su mutuo enraizamiento en procesos complejos cuyos mecanismos defensivos (indexación) se convierten en inercias que mantienen el mercado en zonas de desequilibrio (impiden el ajuste). Asimismo, el propio déficit fiscal puede hacerse función de la inflación, a lo que se suma el equilibrio social o negociaciones corporativas sobre los precios clave de la economía que complica este proceso, ya que supone recursos políticos para su resolución.

Como se puede deducir de este cuadro, se trata de procesos que padecen complejos problemas de identificación o diagnóstico que complican encontrar las soluciones pertinentes. Es importante destacar que, para la heterodoxia científica, la inflación no sólo es perjudicial para los agentes privados, sino que deteriora y condiciona la soberanía monetaria (la gente huye del dinero), de manera que es primordial evitarla para preservar los grados de libertad que posee la autoridad monetaria. Más aún, en este baño de realismo, los teóricos heterodoxos reconocieron dos condiciones esenciales que rigen la política económica: en primer término, si bien la dirección del ciclo no se puede torcer, sí podemos actuar sobre su velocidad (evitar acentuar el ciclo), lo cual puede modificar dramáticamente los acontecimientos al convertir un precipicio, en un suave declive; en segundo lugar, aun cuando la causa de la inflación no sea monetaria, ello no implica que la política antiinflacionaria excluya componentes monetaristas (típico del credo voluntarista).

Por lo tanto, la estabilidad no es una meta propia del monetarismo, sino que es incluso la razón por la cual surgió el estructuralismo: demostrar que el simplismo de la receta monetarista no cuadraba con el fenómeno inflacionario latinoamericano y, ante las rigideces de precios, generaba desempleo, advirtiendo enseguida a su propia tropa de no caer en la misma trampa.

Dentro de los etiquetados dicotómicos también aparece envuelto John M. Keynes como un paraguas para el credo voluntarista. Sin embargo, quien haya leído con atención su obra, habrán notado dos cuestiones. Por un lado, y al igual que el estructuralismo, no cuestionaba la validez de la teoría clásica, sino que la restringía a la zona del pleno empleo: en las zonas de fuertes desequilibrios, los mecanismos homeostáticos no operaban. Por el otro, siempre permaneció atento a la inflación: en su teoría general advierte que al efectuar una expansión de demanda para cubrir el desequilibrio, debe tenerse cuidado con los cuellos de botella que transformarían dicha expansión en inflación en lugar de empleo. En cuanto este párrafo comporta uno de los problemas cruciales para el estructuralismo y la problemática del desarrollo, ortodoxo/heterodoxo pierden aquí toda significación.

Finalmente, como reconoce Julio H. Olivera, uno de los fundadores del estructuralismo, cuando se “trata de crecer a una tasa más alta que la permitida por el equilibrio de ahorros e inversiones”, estamos frente a “una ola de inflación de demanda”.

En síntesis, lejos de ambos polos del péndulo, los teóricos heterodoxos admiten la incertidumbre y la complejidad como dos aspectos indisolubles que emergen del comportamiento e interacción de los agentes, y cuya problemática no admite generalizaciones ni recetas prêt-à-porter. En cambio, asumiendo las restricciones que plantea el curso mercantil, evita operar de manera pro-cíclica, tratando de morigerar sus efectos nocivos.

Quaestio facti

Si nos centramos en el fenómeno inflacionario, y habiendo pagado el costo de la peor crisis de nuestra historia, hacia el 2003 se registraba la única herencia positiva que dejó la Convertibilidad, esto es, no sólo los índices mostraban una disminución inédita para nuestro país, sino que había desaparecido el régimen de alta inflación instalado en los nefastos ‘76-82. Esto nos alineaba con un mundo y una región que, salvo excepciones, no padecían procesos inflacionarios significativos. La economía se encontraba situada a unos 20 puntos del pleno empleo, de manera que las tasas chinas de aquellos años poseían un importante componente de recuperación, o bien, un margen de 4-5 años para evitar la zona de inflación de demanda que, sin embargo, se reducía cuando se consideraban los cuellos de botella. Sin embargo, a partir del 2005 comenzó a regir el credo para el cual estas distinciones y prudencias son neoliberales y, en poco tiempo, emergieron sus primeros efectos: la reaparición de la restricción externa y el proceso inflacionario que luego sería exacerbado por la política neoliberal: rodeado de países con inflaciones bajísimas, el 25% de inflación anual era demasiado. Las paradojas a que dio lugar esta cuestión son elocuentes: negando falazmente la hipótesis de inflación de demanda (las máximas autoridades económicas lo manifestaron públicamente), el credo asignó la causalidad inflacionaria a la puja distributiva. Es decir, se admitía de hecho el fracaso político del Gobierno en mediar políticamente dicha disputa (la política de ingresos), que la forma retórica convertía en un fenómeno exculpatorio.

En apretado resumen, para el 2015 el cuadro de situación era preocupante: el PIB per cápita se encontraba al mismo nivel del 2010, y la paridad cambiaria había caído en términos reales a niveles comparables a los de 2001, lo cual implicaba una fuerte suba del costo laboral en dólares. Asimismo, la restricción externa hizo que la política fiscal (sistemáticamente expansiva) fuera perdiendo eficacia para estimular el nivel de actividad generando un déficit de las cuentas públicas que superaba los 6 puntos del PIB: la actividad del Banco Central estaba dominada por las cuentas públicas. No sólo la gestión del credo fracasó en sus propios términos, sino que la medida más elocuente del mismo es haber propiciado la última y devastadora experiencia neoliberal que pregonaban combatir. De ésta, que repitió todas sus históricas falacias, sólo comentaremos que, como en el enfoque monetario del balance de pagos, supuso neutralidad en financiar el déficit fiscal con crédito interno o externo ´lo cual no podía terminar de otro modo que en la terrible crisis que padecemos. Mientras tanto, sus actores siguen defendiendo sus gestiones, mostrando que no están dispuestos al aprendizaje, pues aprender conlleva siempre una autocrítica inmanente, es decir, sin excusas externas. De allí que ambos adoptan la posición del “alma bella” que juzga desde afuera de la escena que contribuyeron a forjar.

La gestión económica iniciada en diciembre de 2019 requirió atender la fuerte crisis heredada, lo cual, sin contar con garantías, implicaba poner orden tanto en el plano externo como en el interno (imaginemos un escenario de confrontación militante con los acreedores externos y el FMI). Obviamente, para la heterodoxia teórica, esto incluye otorgarle coherencia a las cuentas públicas para recuperar soberanía y contribuir a morigerar los violentos ciclos que registra el PBI en dólares; esto es, no atrasar ninguna variable que después signifique un shock. La pandemia trastocó dichos planes el año pasado y la segunda ola de 2021, de manera que dicha coherencia se vio doblemente cuestionada: junto a las propiamente económicas, operan restricciones socio-sanitarias extremas. Mediarlas es la tarea del Gobierno, y su eficacia no puede identificarse en cuestiones puntuales, sino que dependerá de un resultado cuyo horizonte permanece todavía incierto. Por lo tanto, ser progresista no se juega en cada batalla como supone el credo voluntarista, sino en una guerra prolongada de avances y retrocesos que requiere una férrea unidad política, en donde cada uno ocupe su lugar y respete los tiempos inherentes a las dificultades que se enfrentan: quejarse del proceso inflacionario que ellos mismo iniciaron en su momento, es una de las imposturas que aquí deseamos destacar. Pero hay otra que no es menor: en tanto ambos polos del péndulo se nutren de certezas autorreferenciales, los ortodoxos son lo que son, mientras el voluntarismo expansionista pretende ser la ortodoxia de la heterodoxia…