Argentina improbable o el carro delante del caballo

21 de mayo, 2021

Argentina improbable o el carro delante del caballo

Por Carlos Leyba

Es “improbable” aquello que difícilmente exista. También aquello que no se puede probar. Lo improbable no es imposible.

Las encuestas de opinión pública revelan que la mayoría no tiene expectativa de poder realizar sus proyectos individuales y percibe que “el proyecto colectivo” no empuja.

Hay convicción que el progreso es improbable y que ese progreso “si hiciéramos otra cosa” sería posible. Creemos tener los recursos.

Consideramos “improbable” que la política disuelva la grieta que nos domina.

Hay desesperanza acerca de la capacidad de “la política” para conversar y así llegar a consensos para resolver los problemas y proponer objetivos de largo plazo realizables.

“La política” no es la imposición de la mayoría, siempre transitoria. El sistema se basa en la posibilidad de la alternancia. De ahí la necesidad del consenso para el largo plazo.

Además los “comunicadores” o “articulistas” meten tal ruido, de ambos lados de la grieta, que desalientan toda conversación civilizada.

Conclusión: “la política”, como virtud, está en extinción y por tanto es improbable una Argentina del consenso. Sin ella confrontación. Como en la guerra lo primero que se desprecia es la verdad, navegaremos a ciegas.

Carmelo Angulo Barturen, que trabajó para el Diálogo Argentino 2002, en La Nación, conversó con Astrid Pikielny. Afirmó: “Líder no es el que ocupa una posición dominante sino aquel capaz de convocar, empujar, arrimar el hombro y construir”. La política se extingue por falta de esos líderes.

Corolario: siendo “improbable” la política como virtud y liderazgo de convocatoria y construcción, es improbable que podamos diseñar un programa de largo plazo referido, no a las nubes de Ubeda que siempre se pueden recitar, sino a resolver lo que nos han condenado a la decadencia de cuatro largas décadas.

Una apostilla: ha habido un cierto progreso, ya no escuchamos con la misma frecuencia hablar de 70 o 100 años de decadencia. Aún las voces más apasionadas han aterrizado gracias a la atinada consulta estadística. Hay un consenso inconfeso, al menos entre los más ilustrados, acerca que la hecatombe de la pobreza, el estancamiento y la caída de la productividad tiene una partida de nacimiento que fue emitida hace 46 años. Es muy importante visualizar el consenso sobre el “momento” del derrumbe.

Pero ponernos de acuerdo sobre lo que nos ha condenado (los disparadores, los causales) es muy improbable. ¿Por qué?

Desde hace 46 años domina la negación de los disparadores de la decadencia. La primera consecuencia de esa negación fue la interrupción deliberada del proceso de industrialización cuando estaba dando los primeros pasos exportadores.

El “negacionismo” de las políticas que derivan de las estrategias de desarrollo que parten del “pensamiento situado” ha sido un salto al vacío intelectual mientras, nuestro vecino y socio Brasil, avanzaba absorbiendo todo lo que de aquí se discontinuaba.

El PIB por habitante de 2020 fue igual al de 1974 y en ese período el número de personas bajo la pobreza se multiplicó por 25 veces. Evidencia que no hicimos lo que teníamos que hacer.

El diagnóstico equivocado. Hubo “momentos” a los que se los llamó “milagro”. Lo que brilla encandila y no ilumina y, al correr el telón de la realidad, todos esos milagros se derrumbaron dejando escombros imposibles de remover sin un programa.

Los tiempos a favor de la economía mundial nunca se aprovecharon para avanzar en el largo plazo. Esos tiempos se usaron para “demesuras” que generaron burbujas de entusiasmo que fueron efímeras.

Desmesuras efímeras. Las borracheras de la deuda externa o la dilapidación de los términos de intercambio extraordinariamente favorables (el viento de cola) terminaron en largos tiempos de resaca que, a lo largo de cuatro décadas (por simple acumulación de males) cada vez hicieron más dificil y más breve cualquier recuperación.

Los diagnósticos dominantes partieron de malas traducciones y de la incapacidad de “pensar situado”.

El pensamiento situado es la aplicación de la disciplina económica a la realidad material concreta sensatamente relevada.

Hemos transitado esta enfermedad colectiva que se ha agravado año tras año, con un diagnóstico equivocado; y hemos acudido a terapias, supuestamente universales. que han prescindido del diagnóstico integral del enfermo.

Muchos respetables colegas lamentablemente no han indagado ni en la historia ni en el presente de la política económica de desarrollo de las sociedades donde se formaron.

El policy maker, operador experto al que se le demanda conocimiento de la teoría económica y de teoría de la política económica, se le debe exigir el conociemiento profundo del “aquí y ahora”, de la realidad en la que actua, lo “situado”, y también el conocimiento en profundidad de las realizaciones de los países exitosos: la política situada. Conocer la universidad y la Aduana y, por ejemplo, la concreta política agraria e industrial, los enfoques del desarrollo de los países en que se educaron.

Todos los países que en el último medio siglo, al igual que los que lo realizaron antes, salieron del subdesarrollo, del estancamiento y que avanzaron hacia el progreso económico y social, lo hicieron con una intensa presencia del Estado, con desvinculaciones selectivas en materia comercial, promoviendo de manera directa la inversión y las exportaciones, en torno a un programa, una visión de largo plazo articulada politicamente.

No ha habido en la historia del capitalismo éxitos económicos y sociales que no hayan respetado esa conformación.

Gran parte de esos éxitos han estado unidos a la existencia de una locomotora externa de arrastre, a veces surgida de las necesidades geopolíticas de las naciones dominantes y super desarrolladas, a veces como consecuencia de una necesidad de integración con beneficios mutuos.

Pero siempre en torno a una visión de largo plazo acompañada de herramientas de promoción fiscal y de financiamiento por fuera de mercado.

A lo largo de estas cuatro décadas la Argentina, tributando excluyentemente (y con malas traducciones o lecturas) las vulgatas académicas, sin aterrizajes en las experiencias reales, suprimió los organos públicos dedicados a la visión sistémica del desarrollo.

Organismos integrados por profesionales de todas las disciplinas, es decir, desde la energía a la educación, desde el transporte a la salud, desde la demografía al equilibrio territorial.

De haber mantenido esa visión global de largo plazo hubiéramos impedido la fuga de posibilidades que generaron la irracionalidad de la destrucción del sistema ferroviario o de la marina mercante; o el delirio de un “tren bala” de Buenos Aires a Rosario o la ausencia de bandera argentina en el servicio de la hidrovía; o la aglomeracion urbana de las periferias de la miseria; o la debilidad estructural del sistema sanitario o las escuelas públicas sin vacantes.

Como “el plan es ética en acción”, dificilmente se hubiera programado el desarrollo de la industria privada del juego al que, por ejemplo, Néstor Kirchner prorrogó una concesión con la “obligación de instalar más maquinitas tragamonedas”.

Disparates, despilfarro de recursos.

En estas cuatro décadas la Argentina suprimió el sistema de financiamiento promocional del desarrollo: sin saberlo decidió dejar de ser un sistema capitalista. Como señalaba J. A. Schumpeter, “el capitalismo es un sistema de propiedad privada de los medios de producción en el que la innovación se financia con crédito”. Sin financiamiento las grandes inversiones productivas transformadoras son imposibles.

No existe desde hace décadas una ley nacional que promueva fiscalmente la inversión y el desarrollo de la industria y la exportación. Es más, toda inversión en capital intensivo está fuertemente penalizada por el diseño, insólito, de las leyes tributarias. A mayor intensidad de capital, en la práctica, más alto coeficiente en la tasa de ganancias.

Como desde hace medio siglo no hay un plan rector del desarrollo, no existen contextos e incentivos, como sí existen en todo el planeta, para motorizar las inversiones en las regiones más deprimidas del país. La consecuencia es Belindia.

Buenos Aires, emparentadas con el nivel de vida de Bélgica y otras ciudades, en la misma Nación, orillando las penurias de la India. Los que habitan nuestra India fugan a nuestra Bélgica a sobrevivir de los deshechos. Y los capitales que, con incentivos, podrían desarrollar las zonas deprimidas se fugan en “vuelo a la calidad”. El ciclo vicioso de la decadencia.

De mantenerse estas condiciones objetivas, la Argentina en desarrollo es improbable.

El pez se pudre por la cabeza. Basta escuchar de qué hablan los políticos y sus comentaristas, para calcular que la Argentina en desarrollo es improbable.

Para terminar, un comentario acerca de lo improbable “que no se puede probar”. La mayor parte de los entrevistados sostienen que la inflación genera la pobreza.

Es dificil sostener esa causalidad para todo tiempo y lugar en la Argentina. Durante el mayor período de estabilidad de los últimos años la pobreza y el desempleo crecieron aceleradamente. Y durante años de inflación, cuando orillabamos el pleno empleo, la pobreza bajaba.

Si nos situamos, aquí y ahora, podremos observar que la pobreza presiona a la inflación. Millones de argentinos no producen su propio sustento por falta de inversión que generaría empleo. Pero deben sustentarse.

Empleo e inversión generan tributos. La pobreza y el desempleo no generan tributos y demandan transferencias públicas que nadie discute. No se agrega valor y se genera consumo.

La pobreza, cuando alcanza nuestros niveles escandalosos y tiene larga duración, genera inflación.

No “pensar situado” genera que muchos entiendan que lo primero es combatir la inflación, es decir, el déficit fiscal monetizado.

Pero la respuesta situada es la inversa. Para terminar con los desquilibros inflacionarios tenemos que avanzar reduciendo el desempleo y la pobreza.

El carro delante del caballo para hacer probable una Argentina deseada.