Aprendamos de la otra orilla a no vivir de espalda a los ríos

31 de mayo, 2021

buenos aires y el río

Por Victor Peirone

Grandes civilizaciones de la antigüedad se desarrollaron en las márgenes del Nilo en Egipto y el Ganges en India. Las aglomeraciones humanas se han asentado a orillas de los cursos de agua como una forma de procurarse irrigación, alimento, higiene, esparcimiento y transporte, además de descargar sus efluentes.

La Revolución Industrial y la falta de tratamiento de dichas descargas llevaron a contaminar los mismos hasta niveles insostenibles. El Támesis fue uno de los casos paradigmáticos: declarado biológicamente muerto en la década de 1950, hoy está remediado totalmente e integrado a la vida cotidiana de sus vecinos.

La pandemia actual lleva a las urbes del mundo a repensar el uso de sus ríos. Además de Londres, París, Nueva York y Los Angeles se preparan para promover diferentes alternativas tecnológicas intentando solucionar la contaminación, abriendo espacios, reduciendo emisiones de carbono y descongestionado el tránsito de cargas y pasajeros. En todos los casos la decisión política es el primer paso para encontrar el financiamiento y las tecnologías adecuadas.

Desarrollar parques costeros limpiando las orillas y manteniéndolas deshabitadas es un elemento central de estas estrategias. Sin embargo, muy pocas ciudades del mundo tienden a negar o cercenar el acceso a sus cursos de agua como lo hace Buenos Aires. A la falta de remediación del Riachuelo, el entubado de los arroyos Maldonado, Medrano y Vega en la década del ‘30 se suman los intentos urbanizadores de la costanera del Río de la Plata.

La orilla montevideana y la construcción de sus 24 kilómetros de rambla pueden ser una experiencia aleccionadora. La misma fue pensada en 1922, comenzando su construcción en 1925 con la creación de la Comisión Financiera de Rambla Sur. Los trabajos insumieron más de una década y la contratación de un empréstito en Nueva York, pagadero a los 33 años, en “pesos uruguayos”.  La planificación urbana abierta a la sociedad y el financiamiento a largo plazo fueron elementos centrales en el proceso de transformación.

La ciudad de Buenos Aires debería también reexaminar la relación con sus ríos. La misma posee 29 kilómetros de orillas (15 sobre el Río de la Plata y 14 sobre el Riachuelo) con potencial de ser puestas en valor. En la actualidad solo 5 kilómetros son accesibles a la sociedad. Los clubes, las reservas ecológicas, el puerto y la contaminación del Riachuelo actúan como barreras.

En ese sentido, al menos tres cuestiones requieren del debate y la participación ciudadana.

  • Primera, ¿es conveniente destinar sus costas a nuevos desarrollos urbanos privados?
  • Segunda, ¿resulta eficiente en el Siglo XXI un puerto de buques que requieren del ingreso a la ciudad de 400-500 camiones diarios?
  • Tercera, ¿cuándo se encarará la remediación definitiva del Riachuelo?

Siguen algunas ideas disparadoras del debate sobre estos temas.

 Los desarrollos privados. El acceso al agua es y será un bien público. La rambla montevideana es patrimonio de esa ciudad. Todas las familias, sin excepción ni acepción, pueden tomar mate, practicar deportes o simplemente disfrutar de la briza del río. El acceso igualador hace de la costa un espacio saludable y reparador. Sumar un kilómetro de costa en favor de quienes habitan la ciudad es más importante que priorizar el beneficio inmobiliario de unos pocos.

El puerto. Cargar y descargar buques en la Ciudad de Buenos Aires es una situación anacrónica e ineficiente. El alto costo operativo y la imposibilidad de expandir su espacio de almacenamiento son cuellos de botella para las exportaciones industriales del país. El debate sobre su traslado o transformación no ha sido debidamente abordado. Una alternativa es transformarlo en un puerto de barcazas y transbordadores. Doce barcazas pueden transportar la carga de 450 camiones diarios. Si las mismas usan propulsión eléctrica pueden además contribuir a la descarbonización de la economía.

El Riachuelo. Su contaminación persiste, aunque las tecnologías para encararlo están disponibles. El daño sobre las poblaciones aledañas y el perjuicio económico de su postergación no pueden esperar. Publicar abiertamente las mediciones diarias aumentando las estaciones de monitoreo de agua y aire ayudarán a visibilizar dicho perjuicio.  La ciudad debe liderar el proceso de remediación demostrando los beneficios de integrar al uso urbano un curso de agua saludable. El altísimo costo de su descontaminación debe ser afrontado como una contribución intergeneracional.

La experiencia de la rambla montevideana enseña, además, sobre la importancia del crédito público de largo plazo para concretar proyectos de envergadura, particularmente en moneda doméstica. Toda obra de infraestructura requiere hundir ingentes cantidades de capital con bajas tasas de retorno de corto plazo. En ese sentido, solo el financiamiento de largo plazo permite desarrollar obras transformadoras mientras las mejoras expanden capacidades productivas asociadas. Planificar a largo plazo de cara a la sociedad tiene sus beneficios. Las aguas de los ríos, como la liquidez de los mercados financieros, pueden así integrarse en favor de los más vulnerables y de las generaciones venideras. No les demos la espalda…

(*) Doctor en Economía (UBA)