Reconsiderando la democracia

25 de abril, 2021

Reconsiderando la democracia

Por Shaima Alblooshi Académica y Consultora

Dubai.- Crecer en un país absolutamente monárquico, con libertades limitadas y vigilancia severa ha tenido históricamente sus desventajas. Y, sin embargo, durante estos tiempos inestables, yo elijo vivir bajo una monarquía absoluta antes que en una democracia. En teoría, una democracia reconoce el derecho de un individuo a la libertad y da a todos sus ciudadanos una voz para asegurar una forma de gobierno justa. Pero, ¿qué pasa cuando se le da voz a los incultos, los prejuiciosos, los radicales y los xenófobos? ¿Dónde termina la libertad de expresión y comienza el discurso de odio? Peor aún, ¿qué sucede cuando el prejuicio se traduce en una política nacional? ¿O cuando un político islamófobo es elegido para convertirse en primer ministro de un país con alrededor de 195 millones de musulmanes? En la realidad, la democracia también ha permitido a los fanáticos traducir sus prejuicios en políticas nacionales.

 

Como musulmana que creció en una nación islámica, me gustaría traer el ejemplo del islam radical, el llamado “yihadismo”, al que muchos Estados occidentales les fue dificultoso responder adecuadamente, ya que subestimaron la gravedad de su amenaza. Hay muchos factores que influyeron en este resultado, entre ellos, la naturaleza democrática de estos Estados. Debido a la necesidad de libertad y la responsabilidad del gobierno ante los ojos del público, los regímenes democráticos han tenido que luchar para rastrear las radicalizaciones, monitorearlas y tratarlas como una amenaza local, en lugar de una amenaza extranjera. De hecho, muchas monarquías absolutas islámicas, como los Emiratos Árabes Unidos, que se rigen por la ley Sharia, no han sido testigos de ningún ataque terrorista a gran escala. ¿Pero cómo? Ser una no democracia significa que el gobierno puede tomar medidas decisivas sin responder al público y sin pasar por largos procedimientos burocráticos. Además, vivir bajo un régimen monárquico significa que tenemos una libertad de expresión limitada y una vigilancia extrema. Cuando alguien comienza a exhibir síntomas de extremismo, es interrogado y monitoreado de inmediato para evitar cualquier propagación de retórica radical. Algunos podrían objetar bajo la bandera de la “libertad”, pero en un mundo en el que estamos bajo la amenaza continua del radicalismo, los tiroteos en escuelas y el aumento de delitos, la seguridad y la protección tienen prioridad sobre la definición occidental de “libertad”.

 

No estoy afirmando que las monarquías absolutas sean mejores que las democracias, pero me opongo a la afirmación de que las democracias son mejores, simplemente, porque son democracias. En teoría, las democracias deberían ser la mejor forma de gobierno, pero la falta de cimientos e instituciones adecuadas sobre las que la democracia debería construirse nos obliga a reconsiderar. En estos tiempos, he llegado a la conclusión de que los humanos no están predispuestos para la democracia y que necesitan ser controlados.

 

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