Perú y Ecuador: elecciones en tiempos desafiantes

9 de abril, 2021

Perú y Ecuador: elecciones en tiempos desafiantes

Por Ignacio Labaqui

El próximo domingo 11 de abril, Ecuador y Perú celebrarán elecciones presidenciales. Mientras que en Ecuador se realizará el ballotage entre el candidato correísta Andrés Arauz y el dirigente de centroderecha Guillermo Lasso, en el caso peruano se trata de la primera ronda, y según surge de las encuestas difundidas hasta el pasado domingo, será necesaria una segunda vuelta a celebrarse el próximo 6 de junio.

Más allá de las obvias diferencias entre la política ecuatoriana y la política peruana ambas elecciones muestran ciertos elementos comunes. La primera vuelta ecuatoriana celebrada el 7 de febrero de 2021 mostró un incremento tanto de la fragmentación como de la volatilidad electoral respecto de las anteriores elecciones presidenciales. En 2017 el entonces candidato correísta Lenin Moreno obtuvo 39% de los votos frente al 32,7% de Andrés Arauz. El correísmo continúa siendo la fuerza política más poderosa del Ecuador, pero su performance en las urnas ha venido decreciendo a lo largo de los últimos años. Lasso, por su parte, recibió 28%, 9 puntos más que los obtenidos en febrero, pese a la alianza que selló con los social cristianos, quienes en las elecciones anteriores habían recibido 16% de apoyo. La sorpresa en las elecciones ecuatorianas fueron Xavier Hervas de Izquierda Democrática y Yaku Pérez del Pachakutik, quien disputó palmo a palmo con Lasso el pase al ballotage.

Asimismo, hasta el día de la elección hubo un altísimo nivel de votantes indecisos. El escenario para el próximo domingo muestra una elección que sorpresivamente se tornó altamente competitiva, pese a la ventaja inicial de Arauz en la primera vuelta, a partir del debate presidencial del 21 de marzo.

En el caso peruano, las encuestas muestran un elevado nivel de atomización de las preferencias electorales, que de confirmarse también dejará como saldo una elevada volatilidad en la preferencia de los votantes respecto de las elecciones de 2016.

Salvo por la década fujimorista, la incertidumbre electoral ha sido un elemento casi permanente en la política peruana. El propio Alberto Fujimori ganó las elecciones como un tapado, sorprendiendo con un inesperado segundo lugar en la primera vuelta de las presidenciales de 1990. La baja institucionalización del sistema de partidos peruano favorece el surgimiento de ‘tapados’, candidatos que en las semanas finales de campaña aparecen prácticamente de la nada y terminan en los primeros lugares de los sondeos de opinión pública.

Estas elecciones son, con todo, diferentes a todas las anteriores celebradas desde la caída del fujimorismo. Ninguna candidatura ha despegado y al día de hoy es incierto quienes disputarán la segunda ronda dado que de acuerdo a los sondeos publicados antes de que entrara en vigencia la prohibición de difusión de resultados de encuestas, había 6 candidatos en situación de empate técnico por los primeros dos lugares, un alto nivel de encuestados dispuestos a votar en blanco o anular el voto y un amplio número de votantes indecisos.

Los candidatos con chances de pasar a la segunda ronda van desde la izquierdista Verónika Mendoza hasta el economista liberal Hernando de Soto, pasando por el populista conservador Yohny Lescano, el político con mayor apoyo en las encuestas, con tan solo 12%.

 Volatilidad y fragmentación

La elevada volatilidad electoral y fragmentación que observamos en la primera vuelta ecuatoriana y que probablemente veamos con mucha mayor intensidad en la elección peruana son manifestaciones de problemas que anteceden a la pandemia del Covid-19, pero que fueron agravados por la misma.

¿A qué problemas me refiero? Básicamente a los que la última edición de la encuesta Latinobarómetro reportaba antes del comienzo de la pandemia: la insatisfacción que una amplia mayoría de los latinoamericanos siente respecto de la democracia, a la desconfianza respecto de los partidos políticos y las instituciones democráticas, y a la creencia extendida de que los gobiernos favorecen los intereses de unos pocos antes que lo de la mayoría de la población.

Probablemente la pandemia, cuyo impacto en la región ha sido devastador tanto en materia sanitaria, como económica y social, haya agravado esas percepciones dentro de la ciudadanía, fenómeno que realza los desafíos que enfrentarán los líderes de la región en los próximos años.

La gobernabilidad en la pospandemia

Perú y Ecuador no serán la excepción. A pesar de las diferencias existentes entre ambos países, quienes ocupen la presidencia tanto en el Perú como en el Ecuador enfrentarán desafíos similares en materia de gobernabilidad.

En el caso ecuatoriano, independientemente de si es Arauz o Lasso quien resulta electo presidente, el próximo jefe de Estado deberá seguir enfrentando los problemas económicos y sanitarios asociados a la pandemia, y en una situación de minoría en el Legislativo. Desde el punto de vista de la gobernabilidad, tal vez Lasso enfrente una situación más compleja que Arauz dado que cuenta con una bancada legislativa más pequeña, si bien, a diferencia de Arauz, Lasso no enfrentaría el desafío de generar confianza de parte del sector privado. En cuanto a Perú, de mantenerse el grado de atomización que muestran las encuestas, el próximo presidente no tendrá mayoría y enfrentará un Congreso altamente fragmentado.

Es decir que a los problemas sanitarios y económicos causados por la pandemia y su herencia en materia social se sumará el desafío de la gobernabilidad. Los gobiernos de minoría han probado ser altamente inestables en América Latina, una región en la que, desde el comienzo de la última ola de democratización a fines de los años ‘70, más de 20 jefes de Estado no pudieron terminar su mandato presidencial.  En su momento el presidencialismo de coalición fue la fórmula que desarrollaron los políticos latinoamericanos para conjurar la ‘difícil combinación’ de presidencialismo y multipartidismo. Enfrentar con éxito este panorama desafiante requiere liderazgos de alta calidad, un bien escaso en la política regional.

(*) Politólogo y docente UCA-UCEMA