La “economía fantástica”

30 de abril, 2021

La “economía fantástica”

Por Carlos Leyba

“En general es más inseguro utilizar los sueños para profetizar la realidad, que utilizar la realidad para profetizar los sueños”. Una demostración de Holloway Horn que se encuentra en la “Antología de la literatura fantástica” de Jorge L. Borges.

Viene a cuento para una reflexión acerca de la “economía fantástica” que alimenta, en la actualidad, nuestros debates económicos.

Es una originalidad nacional, sólo ocurre dentro de nuestras fronteras. Fronteras, por otra parte, absolutamente perforadas por el narcotráfico, el comercio exterior negro y el hisopado rápido como ha relatado, con particular precisión, Diego Cabot en su nota de La Nación (29/4/21). Para no abundar en perforaciones geopolíticas. Volvamos.

La “economía fantástica” forma parte de una construcción hipotética, una mera intención del intelecto, de aquello que nunca será real por ser inviable. Alimenta una discusión sin conclusión, ni construcción, ni camino.

Podemos imaginar un escenario en el que los actores hablan una jerigonza que aparenta un interrogatorio.

Para el público que oye, pero no escuchar en el sentido de atender y entender, no se cosecha conclusión. Luego los actores hacen mutis por el foro. Cae el telón. Y todo vuelve a empezar. Es lo que sentimos en la noche en programas políticos de TV o en la mañana por la radio. Si hablan de economía, hablan de algo fantástico por irreal. No importa en qué dirección. Son sueños. Es lo que desean o creen desear. Pero es lo que no se puede realizar. ¿Lo saben?

No importa la ubicación en el escenario de la política. Predican la “economía fantástica” de ambos lados de la grieta. Sueños que, como dice Horn, es difícil que puedan profetizar la realidad.

¿Navegamos hacia alguna orilla? Todos sabemos que, mientras el tiempo se cuela entre los dedos, se van agotando las vituallas y será cada vez más difícil mantener en equilibrio una nave frágil, desvencijada,

No se le escapa al lector que los sueños, aquello que se imagina, se desea, la mas de las veces, se enfrentan con una realidad no considerada, que tiene la gravedad inexorable de alejarnos de las imaginaciones recitadas.

Esos sueños a lo largo de los años, finalmente, han parido enormes frustraciones.

En las últimas décadas en Argentina, la de las enormes posibilidades, el no poder ni siquiera aproximar a realizarlas, está generando enormes decepciones motivadas por los sueños que no se realizan: estamos gestando la generación de la decepción.

¿Por qué? Porque no es con los sueños que se construye la realidad sino que, como bien sugiere Horn, a partir de la realidad es más posible profetizar los sueños que a la inversa.

¿Qué es lo que hace que nuestra dirigencia política (podríamos decir toda) que es la responsable, por propia vocación, de conducir las fuerzas del país, haya demostrado tan poco apego a la realidad para poder soñar con algún sentido?

Sólo a partir de la realidad se pueden, profetizar o construir los sueños. Hacer política alejados de la realidad y convencidos que los sueños de una noche apresurada puedan construir una “nueva realidad”, sin conocer los datos duros de la realidad que vivimos, es una conducción al fracaso. La política de estos años no conoce la periferia, no quiere conocerla, y está encerrada en el núcleo confortable al que siempre aspiró llegar: la política como mecanismo de ascenso social y económico.

La “economía fantástica” de estos días, esa de los debates de la TV o la radio, es material combustible. Veamos.

La “fantástica” no es la “economía alegre” a la manera de Axel Kicillof. La que imagina que es posible, con esa adolescencia interminable que se vuelve peligrosa, construir una economía de derechos sin un proceso de acumulación, sea privado o público. No es exclusivo de Axel y sus muchachos. Ellos son los de ahora. Pero la “alegría” lleva décadas. Estos muchachos no se reconocen en los que los precedieron y que le engendraron las “ideas” de lo “alegre”.

La “economía alegre”, como el virus, tiene mutaciones igual de implacables. Las mutaciones van desde “ponerle plata en el bolsillo a la gente” o la declamativa de los derechos que, si no se procuran, jamás habrán de ejercerse.

Llevamos años de “economía alegre” con variadas ideología de soporte. En años pasados brindó beneficio real (y transitorio) para los sectores medios holgados con la “estrategia” del atraso cambiario. Es la idea del “deme dos” para combatir la inflación.

Pero, apuntando a un mercado electoral ampliado, un acreditado consultor financiero, recomendaba que “en los años impares” el atraso cambiario generaba votos populares.

De una punta a la otra, con atraso del tipo de cambio, el consumo se sostiene y los votos se suman.

Usted dirá: “Pero así los stocks se agotan y después la crisis externa frena a la economía”. La clave está en “después” que es una categoría que la “economía alegre” no computa. Es ahora. Antes de votar.

¿Qué es, entonces, la “economía alegre”? ¿Solamente el atraso cambiario y la dilapidación de stocks o la acumulación de deudas que es la otra cara? No.

Primero, es una economía sin plan; segundo, es la economía gobernada por los problemas a demanda de acción directa; tercero, es la economía sostenida por la caída de los stocks o el aumento de las deudas; y, cuarto, claro, es la economía signada por el consumo. La “economía alegre”, como la de la cigarra, es parte de la economía de nuestra decadencia. Pero no es la única responsable.

No, hay otra economía que nos ha gobernado todos estos años de decadencia. Me refiero a la “economía amarga”. No tiene look adolescente. Imagina posible una economía de acumulación basada en sectores de ganancias tan enormes como rápidas y conviviendo con una desigualdad obscena en el reparto del Producto social. Es una “economía amarga” porque se basa en la espera del “derrame” de una ganancia que se genera en sectores de “fuga” que están muy lejanos de los procesos de acumulación que aumentan la productividad. ¿Cuáles son esos sectores?

Los “concesionados” –aquellos que se apropiaron de la acumulación pública de décadas y los que ocupan la protección natural de la función- y sus “asociados” que son los “financieros” de todo el planeta.

La “economía amarga” se define por haber generado las fortunas mas importantes del país, algunas de nivel como para figurar en Fortune, mientras el país asistía a la más obscura decadencia comparada en todo el Planeta. No es una exageración. No hay un solo país en el mundo que haya pasado del bienestar y de la solvencia productiva, como las que disfrutábamos en décadas anteriores, al país decadente económica y socialmente que hoy somos.

“Fantástico” alude a lo que no existe más que en la imaginación y que por lo tanto es irrealizable ab initio.

Sin embargo, las economías “sea la alegre o la amarga” han sido bien reales, en tanto y en cuanto han tenido su apogeo en algún tiempo lamentablemente próximo: se ejecutaron y nos costaron la decadencia.

La “economía alegre” se gesta y se mantiene, gracias – y se hace explícito – a puro consumo de stocks y deuda. Se gasta lo acumulado y no se repone. Se gasta lo prestado y no se paga.

La “economía amarga” es una fiesta de transferencias hacia arriba, hacia los menos. Un ejemplo notable es el pago del dólar futuro de 2015. Mauricio Macri, que siguió a pie juntillas el “compromiso contractual” de Cristina Fernández a pesar de la acusación penal, procedió a pagar una cifra superior a los $50.000 millones de 2015 a quienes habían “comprado” dólar futuro y a los que les “realizó” el sueño, al devaluar hasta equiparar el paralelo.

A nadie se le escapa que era una decisión innecesaria ya que, postergando la devaluación, digamos, cuatro meses, se podría haber mejorado la exportación y castigado la importación con medidas ad hoc transitorias que habrían evitado la tormenta de instrumentos de absorción monetaria que hoy, por los pagos de intereses, son una fuente de emisión que implica la transferencia permanente de recursos que implica “alegría” para pocos y “amargura” para los más.

La “economía amarga”, al igual que la alegre, es una economía sin plan; gobernada por los problemas a demanda del sector financiero, sostenida por el aumento de deudas en el sistema financiero y amenazada con la espada de Damocles de la fuga.

“Alegre y amarga” son los dos pilares del estancamiento y la inflación en la que navegamos alejados de cualquier orilla a consecuencia de la constante destrucción del capital reproductivo, que crea el empleo y la productividad; del descomunal deterioro del capital humano que revela la pobreza en la que sobrevive el 60% de los jóvenes y del capital social ya que la reglas de la convivencia se han convertido en un sueño inalcanzable.

Pero ¿qué es la “economía fantástica”? ¿Cómo llamar a la suma de propuestas que piden sin plan, sin incentivos a la inversión, sin estrategia exportadora, sin consenso: abramos la economía para que la competencia baje los precios, reduzcamos los aranceles con el mismo fin, mantengamos este tipo de cambio aunque la tasa de desempleo sea una alarma de riesgo social, terminemos con la emisión monetaria destinada a las ayudas sociales y económicas en esta emergencia pandémica?

Una economía cerrada no es un objetivo, tampoco lo es que el Estado sea una caja de transferencia frente a la emergencia social. ¿Quién puede estar en desacuerdo?

Pero, ¿cuál es la realidad?

En el cuarto trimestre de 2020, 50% de los argentinos tenía ingresos menores a lo que hoy cotiza la “canasta para no ser pobre”. En lo que va del año los precios le ganaron a los ingresos y los empleos informales se desplomaron.

Esa es la realidad – que el precio de la soja por sí solo no morigerará – y la “economía fantástica” es la que, tal vez con las mejores intenciones y la mayor ignorancia, la pretende agravar.

Soñemos a partir de “la realidad” social, de ausencia de inversiones y estancamiento exportador. De ninguna manera ignorándola como lo hace la “economía fantástica” que, como toda ignorancia, no mejora ni a la alegre ni a la amarga.