Incertidumbre y plan

23 de abril, 2021

Incertidumbre y plan

Por Carlos Leyba

Estamos en un momento de extraordinaria incertidumbre que compartimos, por las mismas razones, con la entera Humanidad.

Sumamos incertidumbre propia por, por ejemplo, los riesgos de la cuestión social en un horizonte económico crecientemente complejo.

Esos males llevan años con nosotros mientras la expresión más popularizada por los que opinan es “hay que” y sólo referida a los fines. Nunca a los medios de cómo lograrlo sin tirar el agua de la bañadera con el bebe adentro y la bañadera también. Denota una ausencia de reflexión y de pensar situado con un horizonte de largo plazo.

La pandemia agravó las condiciones sociales. La dirigencia, el oficialismo y la oposición, están (en la práctica) ausentes de problemas de gravedad presente y futura que aquejan de incertidumbre a la humanidad y de aquellos que nos bañan de angustia cada día al amanecer.

Ejemplos sobran. En Neuquén, el reclamo salarial de los trabajadores, legítimo, amenaza el abastecimiento de gas. El Gobierno, en la práctica o por sus efectos, se declara ausente. Otro: los empleadores tienen prohibido el despedido (norma) y Pablo Moyano, líder de Camioneros, le reclama a Francisco de Narváez, comprador de WalMart, que le pague el despido al personal que de Narváez no piensa despedir porque continuarán sus contratos de trabajo. Acción directa, compartimentos estancos, suma incertidumbre a los problemas cotidianos.

Mientras tanto los meses de confinamiento parece que resultaron insuficientes para generar los recursos físicos y humanos necesarios para garantizar la estrategia del Ministerio de Salud que, además de vacunar, consiste en ofrecer terapia intensiva.

La pandemia fue algo inesperado. Pero ahora, además, las afirmaciones científicas acerca de la alta multiplicación y diferenciación de las cepas del virus, han tornado “incierta” la capacidad de las armas específicas, hasta aquí desarrolladas, del paradigma científico dominante que, además, las entiende excluyentes.

“No hay tratamiento”. Esa es la tesis central, más allá del creciente prestigio de diversos productos que están en el mercado. Los paradigmas dominantes se centran en las vacunas. Pero el pronóstico científico es el de un ciclo de “virus, vacuna, nueva cepa, mutación, investigación, vacuna, nueva cepa y así”. Una suerte de “corsi e ricorsi” en el sentido de la no linealidad de los progresos científicos. En ese marco de incertidumbre no hay lugar para un debate con voces autorizadas que reclaman otras reacciones.

Domina la incertidumbre pandémica planetaria y se suma la crisis ambiental en que vive el planeta, que también es fuente de incertidumbre.

Tal vez no haya conexión entre deterioro ambiental y virulencia pandémica, pero sin duda que luchando, en incertidumbre, contra el virus y sufriendo sus consecuencias desvastadoras en capital económico, social y humano, todo se hace más dificil porque, en el planeta, estamos sufriendo consecuencias de la aceleración del cambio climático. Huracanes más destructivos, incendios de carácter continental, inundaciones, deshielos.

En los tiempos de aceleración científica y tecnológica, la “naturaleza” nos invade de una incertidumbre que es (más allá de lo que pensemos del virus y de la crisis ambiental), al menos en parte, consecuencia de la obra de los hombres y una suerte de respuesta (¿inesperada o desatendida?) de la naturaleza al modo de nuestra acción sobre ella.

Pero siempre hay una buena. Hoy podemos celebrar un paso adelante: EE.UU. ha retornado al Acuerdo de París con un compromiso de recorte de emisiones de gases de efecto invernadero. Ha vuelto el protagonismo de la cuestión ambiental que el papa Francisco propuso en Laudato Sí y al que Joe Biden, amigo del Santo Padre, le ha dado su insustituíble empuje.

Esa relación ha influído para que EE.UU. se proponga alcanzar en 2030 un recorte de entre 50% y 52% de las emisiones respecto a 2005 y a descarbonizar por completo la economía en 2050: una transformación monumental que, según el presidente de EE.UU., creará millones de empleos bien remunerados y que es “un imperativo moral y económico” para el que no hay opción.

Es cierto, cerca del punto de no retorno, la inacción amenazaría las condiciones de vida en el planeta. Estos objetivos, tomados por el conjunto de las naciones, de cumplirse producirán un giro ambiental producto de la confluencia de la ciencia, la ética, la persuasión y el compromiso político. Posible porque están instalando objetivos e instrumentos, es decir, el consenso de un plan.

Tener “plan”, siempre, es el antídoto contra la incertidumbre a la que multiplica la parálisis que generan la falta de pensamiento, de debate y de consenso sobre objetivos e instrumentos. Sin esos elementos constitutivos de “un plan”, que extiende el horizonte, la incertidumbre es la génesis del miedo.

¿El plan disminuye el grado de incertidumbre? Sí, porque convoca, y compromete, a la acción programada. Es imprescindible para el ambiente y hoy hay ahí una comprensión planetaria. ¿Y la pandemia? ¿La podremos vencer sin compromisos, consensos y planes de similar envergadura? Difícil y, sin embargo, nada hemos hecho acerca de esto.

Pero además hay realidades sociales y económicas que generan un agravamiento de la incertidumbre asociada a la pérdida de la confianza en el futuro y a una verificación, en el presente, de la pérdida de las esperanzas.

La ausencia de confianza y esperanza, lo que alientan los verdaderos liderazgos, es una convocatoria a la inacción. Aun sin proponerselo es una adaptación a la doctrina del “no hay alternativa” fundada por el neoliberalismo disparado por Margaret Thatcher.

Ese pensamiento instrumentado políticamente fue el orígen del desplazamiento de lo central del pensamiento keynesiano que alimentó la necesidad y la posibilidad técnica de reparar la “falla mayor de mercado” del capitalismo que llevaba al desempleo y al sufrimiento social.

A la muerte de Keynes sucedieron 30 años en los que Occidente construyó, en base a su pensamiento, el Estado de Bienestar. En los ’70, el oscurantismo económico desplazó al pensamiento keynesiano y las políticas dominantes instalaron el Estado de Malestar que es lo que está detrás de la deseperanza, la fuente social de la incertidumbre.

Aquí la pandemia es un enorme factor de incertidumbre: incapacidades sanitarias, ausencia suficiente de vacunas, vulnerabildad de la segunda ola, conductas sociales incontrolables.

Por otra parte el tema del clima está presente con sus estragos. Pero sobre todo nos enfrentamos a la demanda del proceso de descarbonización que se inaugura en los principales países. Esas transformaciones impactan en el eventual riesgo de redundancia de recursos, que muchos computan como llave de nuestra solución de equilibrio externo, e interrogan sobre las inversiones gigantescas, privadas y públicas, que podrían tornarse en inapropiadas en pocas décadas. No debatir acerca de esto es abrir la puerta a nuevas incertidumbres. No lo estamos haciendo.

Muchos países del mundo desarrollado, con honrosas excepciones, en lo social atraviesan un período de “esperanzas perdidas”. Oliver Nachtwey llama a esta “la era de la modernidad regresiva” en los países que en el período de posguerra, en la era del Estado de Bienestar, lograron plena y por largo tiempo y para la inmesa mayoría, como en Alemania (Occidental, ciertamente), la arquitectura del ascenso social colectivo.

No solo construyeron la plataforma para el éxito de un gran número de proyectos personales individuales, sino una para la realización del progreso colectivo: el hijo de obrero devino en ingeniero y muchos accedieron a “una casa con jardín”. Ese ascensor social se detuvo, un diploma universitario no es garantía de seguridad, todo trabajo es precario y en el tiempo la participación del trabajador en los beneficios se reduce.

La “era de la modernidad regresiva” es, entre otras cosas, el tiempo de una economía de la desigualdad.

Muchos, no todos, los países desarrollados de la economía occidental se encuentran en la era de la desigualdad que tan bien documentó Thomas Piketty. La dinámica de la desigualdad, su crecimiento asociado a la concentración, es una fuente de incertidumbre e inestabilidad ya que conforma un escenario de conflicto y desesperanza.

¿Cuándo se suprimió en las democracias el término “fraternidad” que armoniza la vigencia de la libertad con la búsqueda sistemática de la igualdad? ¿Cuántos conflictos recientes podemos considerar como derivados de esa ausencia? Todos los enfrentamientos, en definitiva, alimentan la incertidumbre.

Aquí y ahora, debemos agregarle a la desigualdad el, hasta ahora, imparable crecimiento de la pobreza. Anidan allí consecuencias inmediatas y futuras que se traducen, y se habrán de traducir, en el deterioro extraordinario del capital humano y del capital social que es lo que confluye a sostener la calidad de la vida colectiva presente y la capacidad de mejoramiento de la calidad de vida futura.

Ante la incertidumbre y ante la magnitud de los problemas reales que la generan, nuestros gobernantes y todos los que aspiran a ejercer tareas de gobierno, tienen en estas horas – que son quizá las más dificiles desde el inicio de nuestra vida en democracia – la obligación de reconocer que sin un programa, un plan de largo plazo, con objetivos e instrumentos consensuados no sólo no habrá solución o salida sino un incremento extremadamente peligroso del estado de incertidumbre.

Tenemos el estado social más crítico de todos estos años, la pobreza agravada por la pandemia; la economía estancada y con un giro en la economía del carbono que obliga a una reflexión profunda sobre programas de inversiones.

El presente conflictivo y un futuro complejo obligan, elemental, a tener un plan que no puede ser impuesto sino que debe ser consensuado.

En el oficialismo y en la oposición, la política, que es tener ideas claras para construir, desde el Estado, la Nación, hoy parece gobernada por la incertidumbre y por la incapacidad de formular un plan. Volver a empezar.