Urgencias y prioridades

19 de marzo, 2021

Urgencias y prioridades

Por Carlos Leyba

Martín Guzmán está en Estados Unidos para cumplir “una agenda de diálogo con inversores, antes de las reuniones previstas con el FMI y el Banco Mundial”.

Habrá de reunirse con Kristalina Giorgieva y, según Gerry Rice (FMI), analizarán cómo enfocar “una mayor estabilidad para la economía, basada en el crecimiento, apuntalado por el sector privado y teniendo en cuenta la población más vulnerable”.

El mismo día que Guzmán partió el Presidente afirmó que su“mayor urgencia son los que no tienen casa, no renegociar con el Fondo”.

En una “urgencia constructiva” se detuvo el Presidente para bajarle el precio al viaje del ministro. ¿Es razonable?

La urgencia constructiva, dijo Fernández, en tres años construirá 260.000 viviendas por US$ 10.000 millones.

Es un aporte –pequeño– a la solución del drama habitacional que previamente es un “drama ocupacional”.

Por lo menos desde 1983, cada gobierno que llega frente a la recesión, que supone capacidades ociosas y desempleo, la primera propuesta es la “construcción de viviendas”.

Y muchas veces un clásico el “blanqueo” ad hoc. Hoy será un escándalo que se habría generado al mismo tiempo que se trata de aumentar la tasa del Impuesto a las Ganancias sin ajuste por inflación.

¿Qué piensan los que diseñan qué cosa es la política? ¿Tienen ideas claras?

La vivienda moviliza empleo, celdas de la Matriz de Insumo Producto, no demanda grandes importaciones y absorbe un enorme volumen de recursos de “inversión”. Es una necesidad social. Suma.

Pero sólo por casualidad ese mecanismo per se (la construcción habitacional) no puede disparar un proceso transformador de la economía que aumente el nivel del producto potencial, la productividad y el fundamento de un mayor bienestar generalizado.

Pequeño ayuda memoria: el promedio del porcentaje de la inversión en relación al PIB en los últimos 15 años es 19% y el que corresponde a maquinaria y equipo (sin construcción ni equipo de transporte) es sólo el 8%. El promedio mundial de inversión sobre PIB es 24% y para los países de ingreso medio (2019) arriba del 30% (BM).  ¿Cuál es, entonces, el problema económico nacional? Volvamos.

Nos preguntamos, ¿cuál es la prioridad? ¿Alguien puede tener dudas que la urgencia social y la prioridad política de nuestra argentina es la generación de empleo que agregue valor? ¿Alguien duda que eso pasa por la inversión reproductiva, maquinaria y equipo?

El trabajo es tal si agrega valor y genera la materialidad del sustento. El trabajo es la realización de la persona y, dice San Pablo, “que el que no trabaja que no coma”.

Todos tenemos el derecho de trabajar. Una sociedad que nos niega ese derecho, por la razón que sea, nos niega la dignidad humana y nos impide generar el valor de nuestro sustento. La consecuencia de esa negación es la dependencia de las personas, la ausencia de la libertad y por lo tanto la debilidad de la democracia.

El Estado de Bienestar tenía como meta, y condición necesaria para el equilibrio sistémico, al “pleno empleo”.

Los desequilibrios magnos que nos persiguen se derivaron del rechazo del “pleno empleo” como meta de la política económica y su sustitución por una “tasa de desempleo necesaria” para mantener “otro equilibrio”. Así abandonamos todas las polìticas que contribuyen a la inversión reproductiva y consecuentemente abandonamos la explicitación de estrategias de desarrollo nacional.

La gran paradoja de nuestros días es que las sociedades, aún las más ricas, han multiplicado la desigualdad y han generado fortunas de tamaños y a velocidades extravagantes y al mismo tiempo una clase a la que Zygmun Bauman y Francisco, al unísono, han llamado de “descarte”. Una clase privada del derecho del trabajo y por lo tanto carente de valor. ¿La riqueza acumulada no ha servido para generar trabajo? Pero ¿acaso está todo hecho?

De esa ausencia de trabajo, de no realización de valor, nació la aporofobia, el rechazo al pobre, que ha merecido la obra de Adela Cortina (Paidós, 2017). Los producimos y los rechazamos.

El rechazo, la reacción frente a la legión de personas marginalizadas, excluídas, descartadas, se traduce en la indignación generalizada por la masa de subsidios que el Estado debe afrontar para mantener un desorden moral sin conflicto sociales de violencia.

Es obvio que sin trabajo no se agrega valor y, por lo tanto, no se genera el fundamento material del sustento y en consecuencia los desequilibrios fiscales y monetarios se tornan inevitables. La única respuesta para recuperar esos equilibrios, fiscales y monetarios, es la generación de trabajo que produce valor. Si produce valor no requiere subsidios y genera recursos. Es obvio.

Lo que no es obvio es cómo se hace para crear trabajo y atraer inversiones. Gobernar es crear trabajo y hoy es capturar inversiones.

No se puede crear trabajo sin gobernar. “La” prioridad, en el orden lógico, histórico y político, es el trabajo. De ese derecho satisfecho se derivan los demás.

Gobernar es, entonces, procurar inversiones generando oportunidades para ellas: eso requiere pensar un plan de inversiones, despertar una cadena de proyectos.

Si hay proyectos hay inversiones. Un país sin proyectos no puede atraer inversiones. Sólo tiene ofertas de los que le quieren vender capacidades sobrantes de industrias sobreexpandidas. Proyectos de otros. No proyectos propios. Los proyectos ajenos procuran trabajo para sus pueblos. Hay una disputa global por el empleo. Lo sufrimos.

Entre nosotros hay millones de personas que o no tienen trabajo porque no lo encuentran o no lo buscan porque las oportunidades se han hecho muy distantes o transitan de changa en changa gambeteando el hambre o están sometidos y anestesiados por el subsidio, dependiendo de la ayuda social o de una jubilación por discapacidad trucha. Todos ellos forman las brigadas del ejército del drama ocupacional que está detrás de las derrotas habitacionales.

De ese drama se deriva la tragedia de la pobreza y de ésta, el espanto de las aglomeraciones suburbanas que retroceden las condiciones de vida al Siglo XVIII y explota el 60% de los niños sobreviviendo en la pobreza y cuya imagen fatal ha sido Maia.

Son miles las Maia que han extraviado su futuro y el de todos nosotros. Que ella lo sufra ahora es sólo el anuncio de lo que sufriremos nosotros mañana. Esto no es gratis.

¿Cuál es el plan de lucha del Presidente contra la decadencia? Esta muy bien que el Estado brinde ayuda. Pero gobernar es crear trabajo. ¿O acaso en Argentina no está todo por hacer?

¿El Presidente está enfocado ahí donde está la mayor de las amenazas y donde tenemos que encontrar las oportunidades?

El ministro viaja de sopetón para tratar sobre algo que, para el Presidente, carece de urgencia. El manifestó, como vimos, otras prioridades.

Con este tipo de declaraciones el Presidente no le provee, al Ministro, palabras y gestos que den a entender, a nuestros acreedores, a los eventuales inversores en EE.UU. y a la sociedad toda, que lo que motiva el viaje ministerial es realmente importante.

Alberto Fernández fue enfático en decir que a lo que hace viajar a Guzmán no es una prioridad y una urgencia para su Gobierno.

¿Con ese mensaje espera cosechar simpatías? ¿A quién le manda el mensaje?

¿Se puede olvidar que la Oficina Anticorrupción presentó, ayer no más, una denuncia penal contra los funcionarios nacionales que firmaron el préstamo con el FMI que, supuestamente, se va a “renegociar”? Pregunto: ¿renegociar no será para el ministro una riesgosa manera de convalidar el delito? 

Esta negociación debe responder a un sistema de prioridades y a una idea de las políticas que está ejecutando el Estado.

Las palabras del Presidente, siempre, han de ser informativas, inspiradoras y motivacionales. Para ello deben ser claras y no contradictorias. ¿Qué informó, inspiró y motivó con este discurso ad hoc?

En política declarar urgencia es asignar prioridad. Si no es una prioridad la cuestión de la deuda y la de resolver el problema con el FMI, entonces, es inevitable pensar que tampoco lo son los pasos necesarios para darle solvencia de cumplimiento a los compromisos firmados por el Presidente y que, por lo tanto, tampoco es prioridad definir y comprometer ideas acerca del desarrollo de las fuerzas productivas de Argentina.

Las negociaciones de Guzmán tienen como objetivo lograr un calendario de pagos que sea compatible con la recuperación de la economía nacional.

Lo implícito es que, de no lograr ese desplazamiento y nuevo calendario de pagos, lo que será extraordinariamente difícil es lograr la recuperación de la economía nacional. Es un hecho.

Y si “recuperar la economía nacional” es una prioridad, de suyo resulta que las negociaciones, para las que viajó Guzmán, son también una prioridad, pero con el agravante es que el éxito de esas negociaciones es “la” condición necesaria, aunque no suficiente, de un modelo de recuperación.

La vaguedad del discurso le hace daño al Gobierno de Alberto y al país. A 18 fondos de inversión “para presentarles las oportunidades de desarrollo que ofrece Argentina”  les dijo “lo único que necesitan son capitales que los movilicen”.

No es un mal diagnóstico. Pero, ¿cuál es el tratamiento que propone?

El Presidente se refiere a las inversiones  que incrementan la capacidad de producción, la productividad y el empleo formal que lo es con mejores salarios que el empleo sin tecnología ni capacidad productiva.

Fernández habló de  “Vaca Muerta; la explotación del litio, y la producción agroindustrial, entre otras”. No hubo cannabis medicinal ni electro-movilidad.

Discurrió “la posibilidad de que la Argentina se convierta en un productor de alimentos del mundo es muy cierta” y “lo que falta son inversiones que monten esas industrias para elaborar la producción primaria local”.

Ni una mención a la industria manufacturera de transformación, al empleo productivo urbano.

Afirmó que la extranjera tiene el mismo trato que la inversión local.

Lo cierto es que nada hay en el presente que sostenga que la inversión es para su Gobierno una urgencia y una prioridad. Y ese es el problema.