Renovar la política es salvar la democracia

26 de marzo, 2021

Agregan $10.000 millones al Presupuesto, agregando recursos para vialidad, turismo y empleo

Por Augusto Salvatto

La renovación de las élites políticas es fundamental para que se sostenga la democracia. Una dirigencia alejada de la realidad, o que se acerca a la realidad por la vía de las encuestas y los focus group, no lidera ni representa.

¿Estamos gobernados por una oligarquía?

La ley de hierro de las oligarquías

“Odio a la @$%# oligarquía”, dijo una vez un dirigente social sin darse cuenta de que se estaba insultando a sí mismo.

El sociólogo alemán Robert Michells desarrolló hace casi un siglo un principio que mantiene su vigencia hoy en día. La ley de hierro de las oligarquías sostiene que las principales organizaciones que sustentan las democracias modernas —como los sindicatos, partidos políticos, etcétera-, son organizaciones oligárquicas, y consecuentemente, no democráticas.

¿Cómo puede ser? Veámoslo con un ejemplo: Imaginemos un líder sindical muy honesto que llega al poder con la ilusión y la intención de representar a los trabajadores de su rubro. Imaginemos ahora a ese mismo líder, 30 años después, con un poco menos de pelo y un par más de propiedades. Devenido en líder profesional, nuestro amigo dejó de representar los intereses colectivos que lo llevaron a una posición de poder, y comenzó a representar su interés personal de sostenerse en el cargo.

Esto mismo sucede con los dirigentes de los partidos políticos, movimientos sociales, organizaciones empresarias, o medios de comunicación: El poder sostenido en el tiempo afecta la capacidad de comprensión y transformación de la realidad. Los aplausos por compromiso generan sordera y las luces de los escenarios nublan la vista.

En Argentina renovar es conservar

Si por conservador entendemos “aquel sector político que busca mantener el status quo”, la política argentina es altamente conservadora. “Pero, ¿cómo? Si vamos de un lado para el otro a cada rato…”. El arte del gatopardismo permanente: cambiar todo para que nada cambie. En el mundo hay pocos ejemplos tan claros de este mecanismo de supervivencia oligárquico como la crisis de 2001.

Basta con ver quiénes usan los eslóganes que incluyen la palabra renovación para darse cuenta de que cuando la política argentina dice “renovar” en realidad quiere decir “mantener todo igual”. Parafraseando al enorme Guillermo Francella en “El secreto de sus ojos”: “Un político argentino puede cambiar de todo: de pareja, de ideología, de lealtades, de discurso. Pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar su necesidad de ejercer el poder”.

Claro que generalizar es un ejercicio injusto. Dentro de la política está lleno de dirigentes valiosos que buscan transformar el país. Pero para que esos políticos puedan llevar adelante una transformación es necesario que las élites se renueven. Y para que esas élites renovadas no se achanchen y se conviertan en lo que cuestionaban, adivinen que es necesario. Sí. Renovación.

Cuando sucede lo contrario, y la lealtad al dirigente nubla el juicio crítico afectando la voluntad de transformar, estamos en problemas. Demasiado Palacio de Versalles no es sano para nadie. Para salvar la democracia argentina es necesario renovar la dirigencia política. ¿La otra opción? La oligarquía.

Argentinos, ¡a las cosas!