La educación en Argentina está obsoleta

9 de marzo, 2021

La educación en Argentina está obsoleta

Por Augusto Salvatto

En el mundo la discusión pública alrededor de la educación pasa por el rol de la tecnología en el aula, la interacción alumno-docente y los contenidos para formar en habilidades del futuro. En Argentina…bueno, digamos que esos temas brillan por su ausencia,  o al menos no ven la luz del ocupado en la agenda del debate público. Pareciera que la esperada discusión anual sobre el comienzo de las clases y el monto de las paritarias que le cierre al sindicato más fuerte ocupan demasiado espacio como para dejar entrar algún otro tema por la ventana.

Dime sobre qué discute tu sociedad y te diré hacia dónde va.

Hacia la educación obsoleta

Probablemente la palabra “obsoleta” incomode u ofenda a muchos de aquellos colegas que forman parte del sistema educativo, en cualquiera de sus partes. Desde docentes hasta aquellos que ocupan cargos de gestión, e incluso a alumnos. Y como la tendencia del argentino a la indignación fácil no debe ser nunca subestimada, vamos a recurrir la a definición por el Diccionario de la Real Academia Española.

  • adj. Anticuado o inadecuado a las circunstancias, modas o necesidades actuales. Un sistema de enseñanza obsoleto.

No. No fue a propósito. Literalmente el ejemplo que pone el diccionario de la RAE para ilustrar lo que significa el adjetivo “obsoleto” es un “sistema de enseñanza”. Pero sigamos con nuestro tema: algo es obsoleto cuando se vuelve inadecuado para las circunstancias o necesidades de un determinado momento. Y entonces, vale la pena preguntarnos, ¿es adecuada la forma en que educamos a nuestras futuras generaciones para las necesidades del Siglo XXI?

Diversas instituciones internacionales coinciden con que vivimos en un tiempo de gran incertidumbre en todos los sentidos, y más a nivel laboral. Pero si hay algo que sabemos es que los profesionales del futuro van a necesitar amplios conocimientos tecnológicos, y al mismo tiempo pensamiento crítico, creatividad y capacidad de innovación.

Las instituciones educativas tradicionales, más que fomentar todas esas habilidades, las desincentivan. Escuchar, incorporar y repetir. Escuchar, incorporar, repetir. Y no se vaya a salir del libreto, Salvatto, porque le puede caer una sanción disciplinaria.  Así fue pensada la educación moderna: al estilo de una fábrica. Y eso tuvo sentido para la sociedad del Siglo XX. En el Siglo XXI, ya no lo tiene.

Los docentes contra el mundo

En Argentina, los actores centrales del sistema educativo son el eslabón más golpeado de la cadena. El verdadero maestro que se desloma por un salario injusto y que tiene a cargo la educación, la contención emocional, y muchas veces también la alimentación, de los niños argentinos, es una víctima del sistema. Víctima de una infraestructura educativa penosa, rehén de las “bajadas” inaplicables que redactó un burócrata con aires de grandeza en el Ministerio, de la corrupción en la asignación de cargos, de la desidia de muchos padres, y de la ignorancia de algunos de sus propios compañeros. Y esto último, no tiene que dar miedo decirlo. No ser exigentes con la formación de los docentes es un insulto para los brillantes docentes que tenemos en nuestro país. Para los que sí se esforzaron y se esfuerzan todos los días.

Otro cantar es para los docentes universitarios, a los que, por alguna extraña razón, se nos logró convencer (me incluyo), que la justa remuneración para nuestra labor era el prestigio, el status o la pasión. Pero nunca el dinero.

La educación del futuro

En estas condiciones es que tenemos que pensar la educación del futuro. Y sí: tenemos. Porque si no lo hacemos, nadie lo va a hacer por nosotros, y en unos años ya va a ser demasiado tarde.

El especialista en educación del Banco Mundial Martín de Simone (@desimonemartin) publicó un exquisito hilo en Twitter (#TwitterEsServicio) donde mostraba con números algunos de estos dilemas: solo 18% de la población argentina de entre 25 y 34 años tiene estudios terciarios completos, mientras que el porcentaje en Colombia es de 28% y en Chile de 30%. Y si esta tendencia continúa, nuestro país se quedará en el pelotón de “los del fondo” de América Latina para 2050.

Pero claro. Estas proyecciones pueden evitarse. La educación del futuro no tiene que ver necesariamente con incorporar tecnología en el aula, ni con profundizar la virtualidad, ni con tirarle computadoras por la cabeza a los alumnos sin internet. Eso no es una política pública.

El desafío de la educación del futuro pasa por desarrollar una escuela –y una universidad- adaptada a las características y necesidades del Siglo XXI, con un presupuesto invertido inteligentemente en empoderar a los sectores que más lo necesitan en lugar de subsidiar a los que no. Y dentro de un sistema que premie al profesor que se esfuerza y no al que es amigo de.

Para que todo esto se pueda lograr y no quede en una utopía, es necesario hablar de educación. No, no de Baradel, ni de lo que dijo Acuña. Hablar de educación de verdad. En una sociedad que quiere progresar y desarrollarse, la educación tiene que estar constantemente sobre la mesa del debate público. Le guste a quien le guste. Le convenga a quien le convenga.

Dime sobre qué discute tu sociedad y te diré hacia dónde va.

Argentinos, ¡a las cosas!

 

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