La economía tranquila

12 de marzo, 2021

La economía tranquila

Por Carlos Leyba

Martín Guzmán afirmó que su aspiración era “tranquilizar la economía”.

Hoy, su programa es el Presupuesto. Idea de los gastos. El ministro ha dicho que los salarios irán delante de la inflación y el dólar oficial por debajo de ella. Una definición programática.

Ejecutando una política cambiaria, Guzmán ha logrado, con costos futuros, tranquilizar el dólar paralelo. No es un mérito menor. Pero el riesgo país no para de subir. Bajará si se logra una demostración cabal que tenemos capacidad de cumplir.

La pandemia paralizó la economía y canceló la normalidad que consiste en “agregar valor”.

Un ejemplo: los trabajadores públicos mantuvieron la plenitud de sus remuneraciones, pero un gran número de agentes, con la excepción de salud y seguridad, no trabajaron ni presencial ni remotamente y, en consecuencia, el nivel de los salarios fue mayor que el valor por ellos agregado.

Pero la Contabilidad Nacional computa el valor agregado de la Administración Nacional, provincial y municipal por la suma de los salarios pagados.

Este es un ejemplo de cómo la pandemia, la cuarentena más precisamente, implica un funcionamiento “no normal” de la economía. La suma de los salarios pagados, por la razón antes apuntada, es mayor al valor agregado.

La parálisis ya pasó su pico y comenzó su “retorno a la normalidad”. Pero la normalidad está lejos. La falta de vacunas y la lentitud de aplicación de las mismas, nos permiten prever que la normalidad necesita muchos meses, siempre y cuando, no ocurra un accidente. El sector privado ha perdido muchas empresas y muchos puestos de trabajo.

Mientras tanto producimos, más allá de las mejoras sectoriales, menos que en 2018, aumenta el número de desempleados, crece la pobreza y la inversión se desploma.

La peor noticia es que no sólo cae el PIB actual –comparado con 2018– sino que, a causa del deterioro del equipo productivo y el desplome de la inversión presente y las expectativas negativas de inversión en el futuro inmediato, cae el PIB potencial. Se achica el futuro del capital reproductivo.

La pobreza, a pesar de los ingentes esfuerzos de los curas villeros, tiene enormes consecuencias sobre el “capital humano” y es tratar de tapar el cielo con un harnero no proyectar el debilitamiento de la salud, la formación, la información y la preparación de quienes viven en la pobreza, o en su proximidad, y sufren también las consecuencias ambientales, todo lo cuál implica una caída notable del aporte potencial de la fuerza de trabajo disponible y futura.

Argentina que, en términos absolutos, posee un “bono demográfico”: en realidad, más que bono tenemos una “hipoteca demográfica”.

En adición a estas dos pesadillas, capital reproductivo y humano, que generan la caída del PIB potencial debemos sumar el desplome del capital social que arrastramos desde hace décadas.

El desprecio olímpico por la vida propia y la vida de los otros, el infame incumplimiento del mandato “no matarás”, llevado a cabo por las guerrillas alentada por “intelectuales” y, mucho peor aún, el uso infame del Estado para desarrollar una maquinaria genocida y, tan grave como esos hechos, es la adhesión explícita (o callada pero notable) a uno de esos dos procesos históricos, del que deberíamos todos avergonzarnos y pedir perdón por haber actuado o por haber permanecido pasivos ante esa degradación. Ese proceso marca el origen del desplome del capital social, la solvencia aplicada de las normas sociales, el valor de los contratos, la calidad de la administración de la justicia, la relación pacífica de los ciudadanos, todas esas cuestiones que cualquier observador puede constatar que “aquí eso no está pasando”.

Todo eso destruye la confianza, la única virtud social que expande el horizonte y augura un futuro deseable. No existe el futuro que no se desea.

La grieta nos está asfixiando. Todo es motivo para acentuarla. La vacuna, su calidad, su ausencia, su distribución. Todo leído con “rabia” a partir de la grieta.

A muchos países lograr las vacunas les salió mal. A muchos le salió mal la aplicación. También a Argentina. Se cometieron errores. Pero uno es gravísimo: las vacunas de privilegio. Las autoridades de todas las corrientes políticas se equivocaron y no asumieron correctamente los errores. Pero la inclemencia salvaje de las críticas, de uno y otro lado, han hecho del gravísimo problema de la falta de vacunas el terreno de una calesita de insultos e incluso ha gestado la oportunidad para proponer la “privatización”. Transformar la vacuna del privilegio de los amigos por la del privilegio del que la puede pagar. Terrible. Pero no es lo único. En ese marco, Beatriz Sarlo, un baluarte mediático de todas las oposiciones al Gobierno, contribuyó de manera injusta e irresponsable a activar los odios y la grieta. Dijo que le habían ofrecido una vacuna “por debajo de la mesa”. Y ella mismo documentó que no es verdad. Imperdonable en quien maneja el lenguaje. No fue por debajo de ninguna mesa. Fue por mail y para que participe en una campaña de promoción. Hizo muy bien en no aceptar. Esa campaña no tenía sentido. No se hizo. Pero Sarlo, al hacerlo y al publicitarlo, multiplicó la grieta. Una persona inteligente, formada, escuchada, no estuvo a la altura y ejemplificó hasta donde podemos llegar en el cotidiano deterioro del capital social que no tiene fronteras.

Ahora estamos en condiciones de analizar el significado posible de tranquilizar la economía que sería “el” programa de Guzmán. No hay en la literatura económica una definición de “economía tranquila”. El diccionario de la RAE (ed. 1925) define “tranquila” a una situación “quieta, sosegada, pacífica”.

Poner “quieta” una economía como la nuestra, en plano inclinado, a la que la presión de la gravedad empuja hacia el pozo, requiere de una barrera difícil de construir y sostener. No puedo imaginar que la tarea sea asegurarse que la economía permanezca en este estado. Los conflictos no harían más que agravarse.

El silencio programático, contribuye a que no se detecten decisiones de política económica destinadas a invertir el sentido de la marcha que sería una estrategia para crecer.

La otra definición de “tranquila” sería una economía pacífica. Una economía con conflictos razonablemente administrados. Está muy bien.

Un éxito sería la razonable administración de los conflictos en el interior del país y con el exterior.

Guzmán administró razonablemente el conflicto con los acreedores privados externos y, más allá del tiempo empleado con pérdida de reservas, la solución final fue exitosa y superior – respecto de la ya zamarreada reputación – que la negociación Kirchner. El conflicto se disipó.

Pero la valoración del futuro nacional (capacidad de pago, solvencia política) es muy negativa para “los mercados” lo que mide el índice de riesgo país.

China es el único país que “nos financia”. Cristina, Macri y Alberto le han ofrecido el aterrizaje dominante sobre las áreas estratégicas mediante la compra de equipos, tecnología y management con financiamiento chino.

La incapacidad política de diseñar un programa de desarrollo empuja, a los líderes del proceso de decadencia, a aceptar financiamiento con condicionalidades estructurales y sin diseñar previamente una estrategia estructural para lograr financiamiento de compras que es abundante en todo el planeta.

Una economía pacífica respecto a las relaciones externa no se estaría logrando. No sólo por la demora en el acuerdo con el FMI sino por los sostenidos avances en aceptar el financiamiento del país pensado por otros. El caso chino es obvio, ese gran país está lanzado a construir los puntos de destino de su nueva “ruta de la seda”. Cristina, Mauricio y Alberto en lo estructural son idénticos: no planifican, no incentivan la inversión planificada y sueñan con la lluvia mientras la balanza comercial se primariza y el déficit industrial se multiplicará si es que llegamos a crecer. Este camino no augura pacificación sino conflictos.

La pacificación de la economía interior es la administración de los conflictos sociales. La estrategia del Gobierno, difícilmente haya otra en lo inmediato, es multiplicar las partidas de financiamiento de la supervivencia. La economía del subsidio puede ser mejorada. No cabe duda que esa estrategia es insostenible y que exige que esos recursos recalen en un proceso de agregación de valor. ¿Cómo?

Convocar a diseñar una estrategia de largo plazo para que la masa de subsidios se convierta en agregación de valor.

Otro potencial conflicto social es el que se deriva del legítimo reclamo de los trabajadores que han perdido el empleo y el nivel real de los salarios. La productividad de la economía argentina en su conjunto está en franca declinación. El estancamiento del PIB por habitante (hoy estamos en el de 1974) impide resolver este drama sólo vía negociaciones salariales convencionales.

El conflicto social sólo puede ser administrado con éxito administrando el conflicto político. Pacificar.

El Gobierno habla de acuerdo, coordinación de expectativas, pacto. Imposible si no está pacificada la política.

Hoy Guzmán ha logrado tranquilizar al dólar, el indicador sísmico. Claro que, dados otros conflictos, sólo sea la calma previa a la tempestad. La economía tranquila sólo puede ser consecuencia y compatible con la pacificación social y política. La política es más barata pero, con estos personajes, más difícil.

En política es horrible que el ministro de Economía esté solo. Necesita de la construcción política para tranquilizar la economía. Con Cristina, Patricia y exabruptos como los de la Sarlo, es muy difícil.

La propuesta de Guzmán “tranquilizar la economía” implica pacificar la política y la cuestión social. Un acuerdo para un programa que agregue valor productivo a los subsidios sociales y el crecimiento vertiginoso de la productividad para resolver el problema de la distribución del ingreso en términos capitalistas.

Que sea posible. O esta “tranquilidad” del dólar puede ser el anuncio de una futura tormenta.