Israel se acostumbró a las votaciones inútiles

29 de marzo, 2021

Israel se acostumbró a  las votaciones inútiles

Por Atilio Molteni  Embajador

Cuatro votaciones consecutivas demuestran que los israelíes le tienen alergia a los dirigentes capaces de almacenar las mayorías que se necesitan para integrar un gobierno con suficiente respaldo.

El pasado 23 de marzo el país sólo volvió a las urnas para confirmar que el Primer Ministro Benjamín Bibi Netanyahu es sólido para atraer muchos votos, pero incapaz de seducir a la cantidad de sufragios que se requieren para gobernar con respaldo parlamentario. Y aunque resta ver lo que sigue de ahora en más, todo indica que el país asistió a una victoria pírrica, en la que el líder de la elección seguirá ostentando debilidad para el ejercicio del poder.

En muchos sentidos la nueva elección fue un plebiscito sobre su figura, pues la campaña electoral no sirvió para discutir los temas prioritarios que deben encarar los hombres de la política israelí.

La contienda también repitió la pulseada entre quienes respaldan al Primer Ministro con los que quieren terminar tanto con la hegemonía política de Netanyahu como con la preponderancia de su Partido Likud.

Los hechos indican que Bibi obtuvo más bancas parlamentarias que los 12 partidos restantes que superaron el umbral electoral (del 3,25%), pero no llegó a la mayoría requerida para formar gobierno, pues aun contando los que tradicionalmente lo apoyan habría obtenido 52 bancas. Tampoco podrían hacerlo sus oponentes, que sólo parecen contar con 57.

Y si bien ambos grupos comenzaron de inmediato las difíciles gestiones para ampliar sus alianzas, ya que el sistema parlamentario impone la necesidad de contar con al menos la mitad más uno de los 120 miembros de la Knesset (el Parlamento), la moneda siguen en el aire.

El Presidente de Israel, Reuven Rivlin, conoce a fondo la rutina. A él le toca consultar a los partidos involucrados en la reciente votación y otorgar, a una de las fuerzas, el mandato para formar nuevo gobierno. Puede optar por Netanyahu, teniendo en cuenta que el Likud obtuvo el mayor número de bancas, o por otro líder partidario con capacidad para formar un gabinete adecuado para conseguir oxígeno parlamentario.

El elegido tendrá el plazo de 40 días, prorrogables, para hacer las roscas que le permitan completar su estructura gubernamental. Tales acuerdos suelen lograrse mediante entendimientos acerca de las políticas en danza y el sensible oficio de repartir el paquete de cargos ministeriales. Si esa gestión no ofrece un buen resultado, o éste no llega a concretarse, se deberá convocar a una quinta elección en el curso de 2021.

En diciembre pasado Israel convocó a la cuarta elección general en poco menos de dos años, debido a que la Knesset no llegó a aprobar el presupuesto anual, lo que constituye una obligación inevitable. En vista de lo anterior, el actual gobierno de unidad seguirá en funciones hasta que se forme una nueva administración, proceso que puede durar semanas o meses dado que es preciso negociar una nueva coalición oficial.

La efímera administración actual de Bibi surgió en mayo de 2020. El actual Primer Ministro armó una coalición entre el Partido Likud y el Partido Azul y Blanco, presidido por el General Benny Gantz, de centroizquierda, y los partidos religiosos ortodoxos (Shas y Judíos Unidos de la Torá), sobre la base de un pacto de rotación alternativa a los 18 meses en el cargo de Primer Ministro entre Netanyahu y Gantz, un compromiso que, vistas las circunstancias, es material de archivo.

Para muchos analistas este escenario estaba condenado antes de nacer. Todos suponían que Netanyahu podía provocar una nueva convocatoria electoral, a fin de obtener un nuevo mandato para él sólo.

A lo largo de los años, Bibi demostró liderazgo y eficiencia, ya que logró transformar al país, desplazó del centro de la vida política a las fuerzas políticas seculares y de izquierda, desarrolló tanto la economía como las nuevas tecnologías; concretó un programa efectivo contra el coronavirus, normalizó las relaciones con cuatro países musulmanes sunitas, fortaleció la seguridad en el marco de una gran inestabilidad regional, enfrentando con vigor los peligros provenientes de Irán, Siria, el Líbano y la Franja de Gaza, hizo perder relevancia a la fórmula de los dos Estados y continuó la expansión de los asentamientos judíos en territorios palestinos. Eso no le resuelve los tres procesos judiciales por fraude, soborno y abuso de derecho que le inició el Estado de Israel.

En esta última elección, el Likud obtuvo 30 bancas en la Knesset (6 menos que en la elección de 2020); Shas, de los sefardíes ultraortodoxos logró 9 bancas y los Judíos Unidos de la Torah, del ala de los ultraortodoxos esquenazis, consiguió 7 lugares. Paralelamente, brotó como novedad el Partido Religioso Sionista, presidido por el exministro de Transporte Bezalel Smotrich, también ultraortodoxo, pero poblado de jóvenes votantes que desean unirse de otra manera a la sociedad israelí, a las nuevas tecnologías y al mercado de trabajo.

Teniendo en cuenta su interés de conservar el poder a toda costa para superar el umbral electoral, Netanyahu favoreció su unión con el Partido Otzma Yehudit de tendencia religiosa extremista (formado en 2013, con lazos con el proscripto Partido Kahonista), fuerza que apoyó la campaña de Bibi para la cual reunió 6 bancas. La suma de todos estos bandos sueltos produjo el bloque de 52 bancas.

Una lectura muy significativa del resultado electoral, indica que los votantes favorecen a los Partidos de derecha (alrededor de 70 bancas), pues la izquierda en Israel perdió fuerza. Mientras el Likud, junto a otros Partidos de la misma tendencia, consiguió reflejar la importancia política de la seguridad ante el electorado, la izquierda siquiera fue capaz de acordar un proceso de paz efectivo con los palestinos.

En consecuencia, Bibi se enfrenta, en primer término, a otros Partidos de derecha unificados bajo el lema “Cualquiera menos Netanyahu”. Uno de ellos, está presidido por quien fuera una de las figuras prominentes del Likud, el exministro Gideon Saar, quien creó una agrupación llamada “Nueva Esperanza” (NE), de tendencia más a la derecha extrema que la postulada por el actual Primer Ministro.

Al principio, NE pareció una alternativa distinta y causó un gran impacto, pero a la hora de la verdad su caudal electoral se limitó a 6 bancas.

Mientras tanto, fue tomando relevancia la figura de Yair Lapid, un ex periodista, que en 2012 organizó el Partido “Hay un Futuro”. A éste último una campaña muy bien estructurada le permitió ganar 17 escaños y se lo considera como candidato potencial para encabezar una eventual coalición bastante heterogénea desde una posición de poder. Tanto es así, que hasta Netanyahu reconoció que la votación era entre él y Lapid.

En sus discursos Lapid se concentró en temas referidos a la justicia social, la desigualdad económica y la necesidad de disminuir la influencia de los ortodoxos en la política local.

Otro caudillo menos influyente, pero no descartable, es Avigdor Liberman de Israel Nuestra Casa, quien demostró su vigencia en la política israelí tras haber sido, en los años 80, jefe de Gabinete de Netanyahu y ocupar distintos cargos ministeriales. Este personaje organizó su Partido con el respaldo de los grupos de la ex URSS que emigraron a Israel.

Luego de las elecciones de abril de 2019, la decisión de Avigdor de no acompañar una coalición presidida por el actual Primer Ministro disparó otro llamado electoral, pues sus posiciones seculares tuvieron primacía. El partido de este personaje absorbió 7 bancas y podría ser parte de una coalición con Lapid dentro de un hipotético Gobierno.

Este marco referencial sería incompleto sin explicar que los Partidos de árabes-israelíes se dividieron en dos fuerzas separadas. Por un lado, surgió la Lista Conjunta (de los árabes-israelíes) que obtuvo 6 bancas y, por el otro, la Lista Árabe Unida, del Partido Ra’an que capitalizó otras 4.

Tradicionalmente esos partidos no integraron coaliciones gobernantes, hasta que Mansur Abbas, a pesar de ser islamista, mantuvo intensos contactos con Netanyahu, motivo por el que los observadores no excluyen un eventual entendimiento. La incógnita se origina en los Partidos religiosos, los que no suelen ser fanáticos de tal clase de participación.

La izquierda está representada por el Laborismo (7 bancas) y Meretz (6 bancas), fuerzas que conservaron relativa vigencia. En cambio, Azul y Blanco perdió la posición significativa que solía tener anteriores elecciones; pero ningún dirigente desprecia las 8 bancas que tiene en su haber. Los tres partidos antedichos se podrían unir a la Lista Conjunta en una coalición presidida por Yair Lapid, que integrarían también Saar y Liberman, aventajando a la que puede organizar Netanyahu pero con escasas posibilidades de formar Gobierno con base en tal capital político.

El restante Partido de derecha es “Yamina”, el que fue creado y es preside Naftali Bennet, quien perdió posiciones con relación a la elección anterior, pero cuenta con 7 escaños. Esta fracción tiene la particularidad de que, según algunos analistas, podría inclinarse hacia uno u otro de los posibles grupos que buscan formar gobierno. En caso de inclinarse por cualquiera de ellos les aseguraría dicha posibilidad, si otros parlamentarios también lo hacen, rompiendo los compromisos previos de sus respectivos partidos. En este juego nadie descarta los pactos con Dios o con el Diablo.

Aunque la campaña de Netanyahu fue particularmente intensa, y fue basada en la idea de que ninguno de sus contrincantes tiene su experiencia gubernamental, un patrimonio que, según él permitió obtener las dosis de vacuna necesarias contra el Covid-19, un enfoque que le permitió vacunar a gran parte de la población y ser tomado como ejemplo mundial.

Esta ensalada refleja, una vez más, la complejidad de la política israelí, cuyo desemboque político va a ser muy complicado. No obstante ello, todavía puede salir a la cancha con el gafete de ser el más singular de los modelos democráticos que habita en el Medio Oriente.