Europa respalda a la OTAN pero descarta una coalición antiChina

8 de marzo, 2021

Europa respalda a la OTAN pero descarta una coalición antiChina

Por Atilio Molteni  Embajador

La convivencia entre Washington y Europa, reflejada en la llamada “unión transatlántica”, siempre fue íntima pero difícil. Aunque días pasados el presidente Joe Biden logró resucitar el vínculo con Bruselas destinado a consolidar la defensa y seguridad común en el marco de la OTAN, se fue con las manos vacías cuando propuso formar una coalición más amplia frente a China. Tanto la canciller de Alemania, Angela Merkel, como el presidente de Francia, Emmanuel Macron, líderes de los dos países más influyentes de la Unión Europea (UE), descartaron de plano tal enfoque. Una diplomacia bien plantada habría sabido de antemano que el jefe de la Casa Blanca se estaba tirando a una piscina sin agua suficiente.

El objetivo de Washington consiste en reconducir una cruzada dirigida a desacoplar a Beijing del desarrollo de las tecnologías del mañana y en las cadenas sensibles de valor, a fin de impedir su incidencia sobre las democracias occidentales. La respuesta fue diplomática y clara. El Viejo Continente no desea tomar partido o confrontar, por razones geopolíticas, con ninguna de las potencias en pugna. La UE alega el deseo de resguardar su “soberanía estratégica” para enfrentar los nuevos problemas regionales y globales, ya que algunos escenarios pueden originar discrepancias tanto con China como con Estados Unidos.

La gestión de Donald Trump, que intensificó el conflicto y las guerras tecnológicas y comerciales, dejó enormes consecuencias debido a los sobresaltos, viabilidad y soluciones que surgieron respecto del papel de la OTAN, el nada inocente apoyo al Brexit, la aplicación de sanciones y la amenaza de ampliarlas. Estas últimas se relacionan con dos disputas paralelas sobre subsidios a Airbus y Boeing. El 5 de marzo, en cambio, el presidente Biden convino con la presidenta de la Comisión Europea de la EU, Ursula von der Leyen, la suspensión de las sanciones recíprocas por cuatro meses, como las vinculadas con metales, impuestos a los servicios digitales y otros temas.

Los europeos consideran que la interdependencia económica surgida de la globalización diezmó su capacidad operativa. Ello las induce a fortalecer el aislamiento y sus nuevas formas de “soberanía económica”, con la intención de reducir su dependencia asimétrica de potencias externas, en teoría, sin recurrir a distintas modalidades de proteccionismo, ni reducir el comercio internacional o las inversiones, situación que se agravó por la pandemia. Es innecesario explicar que, si el Viejo Continente realmente persigue esos objetivos, hasta el momento consiguió disimularlo con eficiencia.

Esta realidad tiene un fuerte contenido económico. En 2020, China superó a Estados Unidos como principal socio comercial de Europa. Las exportaciones del país asiático a la UE crecieron 2,2%, mientras sus importaciones lo hicieron en 5,6%. Paralelamente, en el caso de Estados Unidos, sus exportaciones disminuyeron 8,2% mientras las importaciones lo hicieron en 13,2%. Una de las razones de este desarrollo es que, a pesar de la pandemia, la región asiática es la única que tuvo una recuperación comparable a una V, sin registrar una significativa y adicional ola de contagios. Además, el crecimiento de la economía china, que fue del 2,3% en 2020, comienza a aproximarse a los niveles anteriores a la crisis. Según el FMI, en 2021 la economía del país asiático tendría un crecimiento superior a la expansión global, que sería del 5,5% (y la de Europa sólo alcanzaría a 4,2%).

Individualmente, las exportaciones de Alemania a China aportan la mitad del valor que suele alcanzar toda la UE, en especial las referidas a productos de gran valor agregado como los químicos, maquinaria y automóviles, que pueden ser muy influyentes en el marco de una recuperación posterior a la pandemia. Volkswagen coloca el 40% de los automóviles que produce en el aludido mercado asiático, al tiempo que Mercedes Benz y BMW duplican el nivel de ventas que suelen dirigir a Estados Unidos.

Hace poco Beijing anunció que Huawei va a instalar su centro de operaciones en una ciudad alemana, donde fue autorizada a operar su infraestructura 5G en ese país.

El interés de Alemania por las relaciones con China no es retórico. Merkel vistió quince veces el territorio asiático con la finalidad de ubicarse, cuando lo consideró necesario, al frente de importantes misiones comerciales. Su Gobierno fue uno de los que habría buscado, en 2019, un cambio de tratamiento de la Comisión Europea a China, país al que se califica como un socio, un competidor y “un rival sistémico”, lo que implica una gradación que evoluciona hasta subrayar diferencias ideológicas. También es importante tener muy en cuenta que, en los últimos años, la UE actualizó sin parpadear toda la legislación sobre defensa de la competencia (en especial la vinculada a las normas contra el dumping y los subsidios, así como la referida al papel de las empresas del Estado, pensando en cómo detener la difícil competencia de esa nación asiática).

A pesar de todas esas y otras reacciones, tal categorización no fue relevante cuando Alemania instó a sus socios europeos (después de siete años de negociación con China) a suscribir, en diciembre de 2020, un Acuerdo Comprensivo de Inversiones (ACI), antes de que finalizara su presidencia del Consejo Europeo (a fines del año pasado) y a pocas semanas de asumir Biden como presidente de Estados Unidos, criterio que fue compartido por el presidente Xi Jinping. En especial, si se tiene en cuenta que éste último no descartaba que el nuevo ocupante de la Casa Blanca se propusiera ensamblar una coalición con Europa para conducir y confrontar en muchos de estos temas.

Si bien el ACI todavía debe ser aprobado por el Consejo Europeo y el Parlamento Europeo, las cartas están echadas. Al respecto, como sucedió con el Mercosur, los debates internos en el Viejo Continente incorporaron a esta la agenda la necesidad de obtener mayores obligaciones chinas sobre estándares laborales, especialmente dirigidos a las fábricas europeas que utilizan insumos provenientes de Xinjiang, como un objetivo adicional de medidas relacionadas con la defensa de la competencia.

Oficialmente, la Comisión Europea describe el ACI como un acuerdo que introduce reglas orientadas a controlar la transferencia de tecnología; nuevas obligaciones sobre la empresas de propiedad estatal del Gobierno chino; una mayor transparencia en los subsidios públicos; compromisos de Beijing sobre las normas y enfoques en materia de desarrollo sostenible (en el ámbito medioambiental y el laboral); la continuidad del proceso de apertura de la economía china; un mecanismo de solución de diferencias Estado-Estado; la eliminación o reducción de las restricciones cuantitativas y límites de control de los accionistas y el desarrollo de “Joint Ventures”.

El fundamento de estas normas es lograr una nueva relación entre Europa y China basada en el “juego limpio” y no discriminatorio, la reciprocidad que no existió hasta el presente, es decir, una especie de tratamiento nacional para la UE, debido a que Beijing subsidia a sus empresas del Estado e, indirectamente, al resto de la actividad económica, y les proporciona información de propiedad intelectual obtenida por medios de dudosa legalidad, ya que obliga a las compañías extranjeras a transferir su tecnología para conservar su acceso al mercado y otras iniciativas con similar propósito.

El gran problema de Europa y de cualquier socio comercial de China, es el cómo lograr que cumpla con sus obligaciones en tiempo y forma, que permitan lograr la debida transparencia. La mayoría de los analistas consideran que el modelo económico del Partido Comunista de China (PCCh) busca la autosuficiencia, no la interdependencia de mercados y alegan que su capacidad de llevar adelante represalias es muy amplia.

Un ejemplo claro es la política que siguió con Australia. Cuando el Gobierno de la nación oceánica criticó sus acciones regionales, excluyó a Huawei de sus redes de 5G y pidió una investigación independiente del origen del Covid-19. La respuesta de Beijing fue un bloqueo de la tercera parte de las exportaciones australianas. Otros estados, como Canadá y Corea del Sur, recibieron un trato similar, cuando no permitieron el desarrollo de los sistemas 5G chinos en sus respectivos mercados.

Además, los compromisos con la UE podrían quedar obsoletos debido a los acontecimientos internos en China. En julio se cumple el 100° aniversario de la fundación del PCCh, y en su Asamblea Nacional Popular (que comenzó el 5 de marzo) se presentó la decimocuarta versión del Plan Quinquenal (2021-2025), que iniciará una nueva fase de su desarrollo, después de haber superado la pobreza y la pandemia. El Gobierno trata de infundir optimismo acerca de la fortaleza de su economía y consolidar la solidaridad del pueblo ante los desafíos internos y externos. El año próximo se debe renovar la dirigencia del país, y se supone que Xi buscará su tercer término en el poder, debido al cambio de las reglas constitucionales.

Las expectativas de crecimiento para el Gobierno chino son del 6% pero, según otros expertos, en los próximos años no van a superar el 5%, durante los cuales perderá las ventajas comparativas de sus exportaciones industriales, salvo que sea capaz innovarse. Sería una situación diferente a la actual, por lo cual a fin de no perder popularidad los líderes chinos deberán contemplar nuevas acciones y políticas distributivas en beneficio de sus ciudadanos, sin tener demasiado en cuenta sus acuerdos con los europeos.

Esta situación se va a dar en marco más conflictivo entre China y Estados Unidos, dado que sus desinteligencias aumentan día a día. Según Xi, Oriente se eleva y Occidente declina, debido a que su modelo político centralizado es superior al de las democracias liberales, al mismo tiempo que considera a Washington como la mayor amenaza para su desarrollo y prosperidad.

Por su parte, el 4 de marzo el Secretario de Estado, Antony Blinken, en su primer discurso significativo de política exterior, reconoció que China es el único competidor que tiene la capacidad potencial de combinar sus poderes económicos, diplomáticos, militares y tecnológicos para desafiar a un sistema internacional abierto y estable.