Etiquetado frontal: resiliencia ante la obesidad y malnutrición

5 de marzo, 2021

Etiquetado frontal: resiliencia ante la obesidad y malnutrición

Por Juan Martín  Diputado Nacional de JxC

El mundo atraviesa la pandemia del Covid-19 con consecuencias políticas y sociales difíciles de mensurar aún. Pero aunque esté en el centro de todas las miradas, no es la única que atravesamos: hay otras, silenciadas, pero no por eso menos graves. La obesidad y la malnutrición configuran una pandemia desatendida, y una realidad particularmente preocupante para la salud de millones de argentinos y para las generaciones venideras.

La cuarentena incrementó el sobrepeso, el sedentarismo, el alcoholismo y se profundizaron los problemas que traen aparejados. Atravesamos un verdadero choque de pandemias que potencia sus efectos nocivos.

La situación es preocupante. Pero si lo analizamos desde una perspectiva resiliente, este escenario complejo trae aparejada una oportunidad. La salud pública ha pasado a estar al tope de las consideraciones de la agenda y hay mucha sensibilidad y predisposición de los actores políticos, sociales y económicos a abordar propuestas que nos brinden protección frente a amenazas sanitarias.

El desafío que afrontamos no es menor. La Encuesta Nacional de Factores de Riesgo mostró que entre 2005 y 2018 la obesidad aumentó 74% en nuestro país. Esos números sólo empeoraron durante la cuarentena. Para la Organización Panamericana de la Salud, la hipertensión, la hiperglucemia y el sobrepeso o la obesidad son los tres factores de riesgo más asociados con la mortalidad en toda América. En el 2017, esas causas fueron responsables del 44% de todas las muertes en la Región, es decir, cerca de 3,1 millones de personas.

Pero además, se trata de una pandemia que afecta en particular a dos universos que merecen toda nuestra preocupación y atención: los más chicos, nuestros niños y niñas. Y los más humildes, los que menos tienen.

Con nuestros niños y niñas porque está demostrado que los alimentos con excedente de nutrientes críticos los encuentran de forma particular como público cautivo. Consumen 40% más de bebidas azucaradas, el doble de productos de pastelería y snacks, y el triple de golosinas respecto de los adultos.

Un niño de 8 años hoy ha ingerido la misma cantidad de azúcar que un adulto de 80 años. Esto genera daños a veces imperceptibles en el corto plazo pero que en el mediano y largo plazo acarrean consecuencias muy profundas: mayor exposición a la hipertensión, hipoglucemia, diabetes, entre otros.

Y si bien atraviesa a todas las clases sociales, impacta con más contundencia en los más humildes porque también la obesidad y la malnutrición en general, tienen un fuerte sesgo social y económico.

Frente a este escenario sombrío, sin embargo, podemos contar con una herramienta concreta que empiece a abordar parte del problema. Por eso estamos impulsando el Etiquetado Frontal de los Alimentos, un proyecto que viene con media sanción del Senado y que debemos tratar con urgencia en Diputados.

Normativa que por un lado, permite materializar prerrogativas de jerarquía constitucional como lo son el derecho a una alimentación saludable, particularmente en nuestros niños y niñas, así como el derecho de los consumidores y usuarios a saber qué están efectivamente adquiriendo.

En Argentina, solo 3 de cada 10 ciudadanos mayores de 13 años lee la tabla de información nutricional de los productos que compran. Y menos de la mitad la comprende cabalmente.

Pero por otro lado, el consumo informado cumple una función disuasiva central para cuidar nuestra salud. La regulación del etiquetado frontal permitirá que los consumidores identifiquen correcta, rápida y fácilmente los productos que contienen cantidades excesivas de azúcares, grasas totales, grasas saturadas, grasas trans y sodio.

El etiquetado que hoy tenemos en Argentina no cumple esta función. A estas limitaciones, se les debe sumar la abundante utilización de estrategias de marketing en los envases de alimentos (promociones, personajes infantiles, celebridades, etc.) debido a que no existe una normativa específica que restrinja la promoción alimentos no saludables para proteger el derecho a la salud, con especial foco en proteger a niños y niñas.

Se necesita compromiso político. Hace falta movilización y determinación por parte de las organizaciones no gubernamentales y la sociedad civil. Y trabajar activamente por políticas concretas que puedan hacer su aporte a nuestros problemas.

Y sobran las muestras de que cuando se quiere, se puede. Sin ir más lejos, en la ciudad de Santa Fe, durante la gestión del intendente Corral, en los Jardines Municipales y gracias al padrinazgo del Mercado de Productores y Abastecedores de Frutas, Verduras y Hortalizas de Santa Fe, se ofrecían frutas todos los días a los niños y niñas que asistían a las salas, y se trabajó con Conin Santa Fe en talleres de alimentación y con las escuelas en la creación de cantinas y kioscos saludables.

Políticas como éstas, deben replicarse en todos los niveles del estado para empezar a cambiar una realidad ya muy grave y que puede empeorar si no cambiamos el rumbo.

El panorama que enfrentamos es complejo y la situación social y sanitaria crítica, pero se abre una oportunidad. El etiquetado frontal y las demás herramientas que están en debate en el Congreso son un paso importante para empezar a atender esta pandemia olvidada de la malnutrición, la obesidad y el sobrepeso. Garantizar el derecho al consumo informado es un gran paso para empezar a hacerlo.

Estamos ante una chance histórica. Un país con mejores estándares nutricionales es posible. Tenemos el deber de ser resilientes y aprovechar esta oportunidad para salir fortalecidos. Se lo debemos a los más humildes, a nuestros niños y niñas. Se lo debemos también, a las generaciones futuras.