Draghi o la carta de la unidad frente a la pandemia y la recesión

1 de marzo, 2021

Draghi o la carta de la unidad frente a la pandemia y la recesión

Por Luis Domenianni

Fue una mayoría abrumadora. En Diputados, 535 por el sí, solo 56 por el no y 5 abstenciones. En el Senado, 262 por el sí, 40 por el no y 2 abstenciones. ¿Qué se aprobó? Pues la confianza parlamentaria al programa y al Gobierno del nuevo primer ministro italiano, Mario Draghi (73 años).

Quizás la síntesis de semejante apoyo fue redondeada por el “culpable” de la caída del gobierno anterior de Giuseppe Conte, el exprimer ministro Matteo Renzi quién afirmó: “Como italiano, Mario Draghi salvó el euro. Como europeo, salvará Italia”.

¿Qué propone el nuevo jefe del Gobierno italiano? Una eficiente y muy veloz vacunación masiva para erradicar la pandemia y una recuperación que revierta sus consecuencias en la economía del país.

En su discurso ante el Senado, en ocasión del voto de confianza, el primer ministro Draghi asumió el compromiso de una profunda reestructuración de la economía italiana.

Para ello, cuenta con dinero fresco como nunca recibió ninguno de sus predecesores, por el contrario, limitados a la hora de gastar en razón de los sucesivos déficits presupuestarios, las consecuentes exigencias de la Unión Europea y la desconfianza de los mercados.

Para la administración Draghi esas limitaciones no cuentan. Es que dispone de 209.000 millones de euros provenientes del plan de relanzamiento europeo. En ese sentido, al menos a priori, el exbanquero Mario Draghi representa una garantía de gasto racional, sin dilapidaciones.

Cuenta además con una expectativa de ordenamiento y eficacia que permita utilizar los fondos corrientes que provee la Unión Europea para programas tales como el avance hacia lo numérico, la transición ecológica, la formación profesional y la igualdad de géneros.

No es tema menor. Mientras que Francia y Alemania invirtieron el 60% de dichos fondos y Finlandia, el 80%, la ineficiencia italiana quedó de manifiesto cuando solo pudo utilizar el 43%.

Draghi planteó tres temas que, seguramente, superarán su mandato: la revisión impositiva, en particular el impuesto a las ganancias; la reforma de la ineficiente administración pública y la de la justicia, particularmente lenta.

Queda pendiente el gran tema de fondo. El que se arrastra desde siempre. Desde antes de la unidad italiana del Siglo XIX: la asimetría entre el norte industrializado y el sur agrícola. Asimetría que abarca no solo la producción, y que también es verificable en la desocupación, en el nivel educativo, en el consumo y en el ahorro.

Los temas, las propuestas, las metas no difieren en demasía de aquellas que plantearía cualquier otro político moderado en cualquier parte del mundo. Pero Draghi no es cualquier otro político moderado. Es el hombre con el perfil del salvador. Al menos, en el inicio de su gestión.

Huérfano a los 15 años de un padre banquero y de una madre farmacéutica, el joven Mario vivió en lo de una tía y se formó junto al profesor Federico Caffe, el principal difusor del pensamiento keynesiano en Italia quién, de manera inexplicable, desapareció una mañana de abril del 1987 y fue declarado muerto diez años después por prescripción legal.

El joven Draghi, tras doctorarse en economía en Roma, prosiguió estudios de post grado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Su carrera pasó por el Tesoro italiano y por el Banco Mundial, por la banca Goldman Sachs y por la presidencia del Banco de Italia, para desembocar, finalmente, en la titularidad del Banco Central Europeo desde 2011 hasta 2019.

Fue allí, el 26 de julio 2012, cuando en plena crisis de las deudas europeas –en particular, las de Grecia, Italia, España, Irlanda, Chipre y Portugal- el presidente Draghi anunció el plan de compra, por parte del Banco Central Europeo, de las deudas soberanas de los países.

Fue la salvación del euro como moneda común. De no haberlo hecho, cada uno hubiese vuelto –obligado- a emitir moneda nacional.

Draghi es ante todo un profesor. También es un banquero que gobierna un país sin jamás haber sido elegido para cargo alguno. Un católico cercano al pensamiento del papa Francisco. Una especie de “liberal solidario”. En definitiva, un demócrata cristiano.

Inestabilidad política crónica

Desde 1948 a la fecha con 18 períodos legislativos, se sucedieron 86 gobiernos italianos. Cabe destacar que Italia es una república parlamentaria y por lo tanto los gobiernos surgen del Poder Legislativo que los puede remover antes de la finalización del mandato.

Decir 86 gobiernos es decir un Gobierno cada 10 meses y medio. Calificarlos ideológicamente significa hablar de demócratas cristianos, republicanos, socialistas, independientes, conservadores, demócratas y socialdemócratas.

Cierto es que con depresiones y con esplendores, Italia funciona igual. La política interfiere poco en la marcha del país, al menos en cuanto a crisis refiere.

La última fue la que forzó un exprimer ministro, Renzi (46 años) quien gobernó el país casi durante tres años, entre 2014 y 2016. Con el argumento de un desacuerdo sobre la futura distribución de los fondos europeos para la recuperación, el partido de Renzi abandonó la coalición de gobierno, dirigida por Giuseppe Conti (56 años)

Al quedar en minoría parlamentaria, a Conti no le quedó otra alternativa que presentar su renuncia luego de haber intentado conformar una nueva mayoría.

A su vez, la crisis con la centro izquierda de Renzi fue posterior a la protagonizada por la extrema derecha cuyo referente es el actual senador Matteo Salvini (47 años) quién debió abandonar la vicepresidencia del gabinete del primer ministro Conti en setiembre del 2019.

En aquel momento, para verificar la tradición de inestabilidad política italiana, Salvini imaginó unas elecciones anticipadas donde quedaría dueño de un poder cercano al autoritarismo y, por ende, alejado de la concepción liberal.

Observar la política italiana a través del prisma Salvini permite comprender en gran medida la raíz de dicha inestabilidad. Es que el oportunismo político priva sobre cualquier otra consideración.

Ejemplo: Salvini hizo caer el Gobierno de centro derecha que formaba con Conte. Sin estornudar la respuesta de Conte fue formar una mueva coalición, ahora de centro izquierda, con Renzi quien, a su vez, hizo caer dicha alianza, proceso que culminó en la designación de Draghi. La sinuosidad a la orden del día.

Claro que Italia es una democracia inestable pero asentada. Así, finalmente, todo se dirime en las urnas. Y a Salvini, no le fue bien a la hora de las elecciones en nueve regiones celebradas en enero y en setiembre del 2020.

No pudo arrebatar a la izquierda la rica región de Emilia-Romagna. Perdió, como era previsible, Toscana, Apulia y Campania. Retuvo Calabria, Veneto, Liguria y Val de Aosta. Y sólo sumó la pequeña y montañosa región de Las Marcas.

Con las elecciones, pues, no pasó nada. Sí en cambio con el referéndum, organizado al mismo tiempo, en el que el 69 por ciento de los italianos que se presentaron a votar sufragó a favor de la reducción del número total de parlamentarios. Es que la inestabilidad vaya y pase pero todo tiene un límite, aún para la paciencia política itálica.

Inmigración y mafia

La vigencia de un Salvini no se debió al anhelo de un autoritarismo populista por parte de los italianos sino, principalmente, a un cansancio de buena parte de la población sobre los problemas que acarrea la inmigración.

Es un tema sobre el que se mezclan prejuicios étnicos y raciales, situaciones de extrema pobreza, delincuencia e inseguridad y una desavenencia de fondo, que no encuentra solución, con la Unión Europea de la que Italia es socio fundador.

Con una población aproximada de 60 millones de habitantes, el país cuenta con medio millón de albaneses, 1,3 millón de árabes, medio millón de personas del sudeste asiático, 200.000 chinos, 150.000 moldavos, casi un millón de rumanos y 200.000 ucranianos.

Aunque la inmigración es bastante menos numerosa que en Francia o que el Reino Unido, su derivación social se agudiza en Italia, porque junto con España, Malta y Grecia son los países hacia donde se dirigen los inmigrantes clandestinos que pretenden llegar a Europa en frágiles embarcaciones, regenteadas por la delincuencia que organiza el tráfico de personas.

Los países del sur europeo pretenden establecer cuotas de recepción de inmigrantes entre los 27 socios de la Unión Europea. Idea que recibe la cerrada oposición de Hungría secundada por Eslovaquia y Austria y un variable apoyo, básicamente de palabra, del resto.

La pandemia de coronavirus que produce en Italia el sexto mayor número de fallecidos en el mundo con poco menos de 100.000 muertos y ocupa el también sexto lugar entre los estados del mundo por el número de fallecidos por millón de habitantes con más de 1.500, determinó que los intentos de inmigración clandestina disminuyeran, de momento, sensiblemente.

En cambio, no disminuyen las actividades de las asociaciones ilegales para el delito. El año 2020 comenzó con un arresto masivo de 94 estafadores de fondos europeos destinados a los agricultores del sur del país.

El 2021, con el maxi proceso de 350 acusados de formar parte de la ‘Ndraghetta, la organización criminal predominante en la región de Calabria y con la muerte en prisión, desde donde comandaba la organización de la Camorra napolitana, de Raffaele Cuttolo.

Pasan las décadas y el Estado italiano no logra acabar ni con la Cosa Nostra siciliana, ni con la Camorra de Campania (Nápoles), ni con la ‘Ndraghetta calabresa, ni con la menos conocida Sacra Corona Unita de la Apulia.

A título de ejemplo sobre su capacidad, la ‘Ndraghetta por sí sola genera ingresos anuales estimados en más de 50 mil millones de dólares. Algo así, como el 3,5% del PIB italiano.

Y la nave va…

No corresponde al argumento de la película satírica del laureado Federico Fellini, pero el título “Y la nave va” bien puede ser aplicado a la economía italiana. Al menos frente a la interminable sucesión de crisis políticas que afectan al país mediterráneo.

Los datos macroeconómicos lo demuestran. Desde la década de 1960 –incluida- hasta la fecha, es decir un total de 61 años, Italia solo muestra caídas del PIB en 1993, 2008, 2009, 2012, 2013 y 2020.

Cierto es que desde 1990 a la fecha, las tasas de crecimiento se ubican entre 0,1% y 2,8%, con la excepción el 3,8% del año 2002. Un crecimiento modesto si se lo compara con los 30 años de milagro italiano –entre 1960 y 1990- con varios años de incremento del PIB de dos dígitos junto al record de 1980, con un aumento de 19,6%.

Aquellas tasas muy superiores inclusive a los años del despegue chino, difícilmente vuelvan a verificarse. Pero, para los italianos significó pasar de un ingreso promedio de 270 euros anuales en 1960 a los actuales 34.000 del 2019.

Por supuesto que 2020 fue un año terrible para la economía italiana. La pandemia de Covid-19 significó, además de arrojar un balance fatal que se aproxima a los 100.000 muertos, una caída del 6,6% del PIB.

Con todo, la tasa de desempleo disminuyó del 9,6% en 2019 a 9% en 2020. El teletrabajo mucho tuvo que ver con este desempeño.

De cualquier forma, se trata de un desempleo alto que resulta casi explosivo si se lo traslada a la franja etaria de 18 a 25 años donde se ubica en el orden del 29,7% en 2020, con un incremento del 1,3% respecto del 2019.

De su lado, la inflación del 2020 fue inexistente. O mejor dicho, resultó una deflación del 0,1% respecto del año anterior, cuando alcanzó una variación positiva del 0,5% anual.

Como se ve, aunque con algunas escoriaciones, aún en el complicado 2020 la nave también fue. La excepción es la evolución de la deuda pública que, al tercer trimestre del 2020 –último dato disponible- superaba el 154% del PIB, 20 puntos porcentuales por encima del cierre del 2019, como consecuencia del mayor gasto para el Estado que implicó la pandemia.

Si la economía, pese a todo, resiste, la política exterior italiana muestra en igual lapso una pérdida de peso específico.

Miembro del G7 –el grupo de los siete países más desarrollados-, la voz italiana queda diluida frente a la de sus seis socios. No se trata de alcanzar a Estados Unidos. Ni siquiera a Alemania, Francia, el Reino Unido o hasta el mismo Japón. Pero, al menos, a Canadá. No es así.

Italia cuenta poco en Africa. En sus antiguas colonias, casi nadie habla italiano. A la fecha, solo en Libia, la comunidad peninsular cuenta con algún peso a través de sus 30.000 residentes. En Eritrea, los italianos apenas alcanzan un millar y en Etiopía, ni siquiera mil. En Somalia, totalizan 7.500.

En el continente, Italia posee dos bases militares: una en Yibuti y otra en Ghat, Libia. La de Yibuti tiene por misión combatir la piratería marítima en la vecina Somalia; la de Ghat por ahora se limita a un contingente en el aeropuerto de la localidad.

Italia cuenta con el despliegue de algo más de 3.000 militares en los Balcanes, 2.500 en el Líbano y 2.100 en Afganistán. Estos últimos como parte del contingente de la OTAN en dicho país. Demasiado esfuerzo para una escasez de resultados.

Para la política exterior italiana, el 2020, pese a la pandemia, fue un año de actividades defensivas en Europa.

Con la inmigración, no alcanzó ningún acuerdo válido pese a la buena voluntad alemana, y con los planes de recuperación económica, aunque contó con el aval de Alemania y Francia, debió aceptar una suerte de control del empleo de los fondos por parte de la UE, puesto como condición por los austeros: Austria, Dinamarca, Países Bajos y Suecia.

Del lado positivo solo es posible contabilizar el éxito de la reconciliación con Eslovenia, tras décadas de desacuerdos por la ocupación italiana de Trieste (Trst en esloveno) y su zona de influencia por parte de Italia tras la Primera Guerra y la consiguiente “limpieza étnica” en la región llevada a cabo por el fascismo musoliniano.

No mucho.