Ventana empañada

26 de febrero, 2021

Ventana empañada

Por Carlos Leyba

Cuando la ventana, para ver por y dónde vamos, se empaña, necesitamos despejar. La demanda de la hora. ¿Por qué?

La semana pasada se abrió una ventana al futuro pero, al mismo tiempo, fue empañada.

La abrió la magnífica presentación del Consejo Económico y Social que Gustavo Béliz cerró diciendo “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”.

La empañó el lamentable vacunatorio VIP y la explosión mediática.

Béliz eligió la frase con la que Juan Perón, en 1973, cerró la parte intolerante de las “veinte verdades peronistas” acuñadas en su primera presidencia.

La de Béliz fue una exposición de alto vuelo conceptual (inusual en nuestra política) que señaló el camino del “nuevo trato” que necesitamos para transitar el rumbo que nos lleva al futuro.

Si no lo logramos sólo nos queda el enfrentamiento, la destrucción del presente sin el cual el futuro es impensable. No es una frase.

Estamos en decadencia, en caída libre, desde hace 46 años. Decadencia moral por violación de los derechos humanos de la represión y la guerrilla; económica por el estancamiento que se vislumbra eterno; social por la magnitud de la pobreza en ascenso; cultural porque, habiendo sido la sociedad más sugerente de la América Latina, nuestra calificación estudiantil hoy es lamentable.

No fue una frase al azar. Fue la apertura de un nuevo trato político desde el oficialismo que es la condición necesaria para escapar de la corriente profunda que nos arrastra al colapso.

Cuando Alberto Fernández asumió la presidencia abrió esa puerta que clausuraba el encono in crescendo generado a partir de la grieta de la 125. También Mauricio Macri, que resultó una frustración para sus votantes, hizo campaña para eliminar la pobreza, luchar contra la droga y unir a los argentinos.

Mauricio y Alberto comenzaron valorando el mandato de la unidad nacional para pensar el futuro. El primero sucumbió a la miseria del marketing político. El segundo, que extravió el camino en su primer año, fue rescatado ahora por las palabras de Béliz que invitaron a construir el cimiento del proyecto político más importante de las últimas décadas.

En 1973, la transformación doctrinal de “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, hizo posible que peronistas doctrinales y gorilas, que habían celebrado la Revolución Libertadora, formaran un frente de gobierno que, mientras vivió Perón, fue un oasis histórico de convivencia política con la oposición.

La banda armada de Montoneros (Perón sostenía que la Policía Federal debía perseguir a los delincuentes), al asesinar a José I. Rucci, debilitó la estabilidad de la convivencia política. Para eso lo hicieron.

A la muerte de Perón, Ricardo Balbín dijo “este viejo adversario despide a un amigo”. ¿Imagina algo similar hoy?

Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero hubieran sido capaces de hacerlo. Sus herederos han repudiado la herencia.

Las palabras finales de Béliz coronan el sentido, el contenido y la conformación del Consejo. Fue la más completa propuesta, por las palabras y la integración del cuerpo, de amistad política desde la última presidencia de Perón.

En aquél entonces las Coincidencias Programáticas, las Actas de Compromiso, el Plan Trienal o el almuerzo de Rucci y Celedonio Pereda en la sede de la SRA, hablan de un clima fortalecido por las realizaciones que el consenso había hecho posibles.

El lanzamiento del Consejo era, y es todavía, una ventana para mirar el futuro.

Es cierto, falla al no incluir a los partidos políticos. Pero en la pluralidad de los consejeros nominados hay materia gris de todas las visiones políticas para poner, una sobre otra, todas las tonalidades para el color del futuro.

Hace décadas que no hay una convocatoria de esta envergadura por la temática y por la participación: desde el sindicalismo de ATE hasta la AEA, desde la academia hasta los movimientos populares. Desde los con voz y poder, hasta los silenciados y desprovistos de todo. La ventana se abría.

Pero las editoriales de los medios de comunicación y, permítame la ilusión de mis jóvenes años, las direcciones de los partidos políticos que imaginé estarían formulando ideas, críticas y propuestas, sobre la labor del Consejo anunciado, cayeron todos en la trampa de discutir un revolcón de cuarta categoría.

Horacio Verbistky, el entrevistador del Presidente, el mayor intelectual y la cabeza más importante del kirchnerismo, anunció que el ministro de Salud lo había habilitado a vacunarse a pesar de no estar en condiciones legales de hacerlo. Con su prestigio en el oficialismo desencadenó la estampida del vacunatorio VIP.

La reacción del Presidente, despedir al Ministro responsable del gambito vacunatorio, fue sensata y rápida.

Despejar para poner en primera plana la discusión del futuro que Béliz acababa de anunciar.

Pero el bochorno desnudó la opacidad. La “buena nueva” del Consejo fue sepultada por la lógica perversa de los medios.

¿Qué otra cosa que la “opacidad de las decisiones del poder” puede haber hecho de Lázaro Báez un multimillonario en menos de una década?

La sanción de Alberto resultó un torniquete flojo: no cortó el derrame. Es que el problema no era sólo “Ginés”. Es sistémico, muchos funcionarios políticos, y también Ginés, llegan apadrinando parientes, amigos y “leales de la política”, por la única razón de ser “de confianza”, dejando de lado la independencia de juicio y la capacidad, que deberían ser los primeros requisitos para ser parte de una burocracia eficiente. Las normas bien leídas desalientan que, por ejemplo, “la hija de mi amigo sea mi Secretaria de Estado”.

Béliz, al respecto, aclaró que en el Consejo trabajarán los administradores gubernamentales. Un selecto cuerpo profesional que incorporó Alfonsín copiando a los instrumentos de la administración francesa. Otro criterio.

Lo dijo antes que estalle el ejemplo “vacunal” de opacidad.

Se usaron decenas, tal vez cientos o miles, de vacunas para personas que no deberían haberse vacunado. Un mamarracho nacional, provincial y municipal. Allí donde hubo “un poco de poder”, lejos de las normas o la decencia requerida al funcionario público, se vacunó a piaccere: militantes, señoras de los funcionarios, parientes, etcétera. A Carlos Zanini y a Eduardo Duhalde, en las antípodas de la historia política, los une “el gambito vacunatorio”. La misma línea que une a Hugo Moyano con Aldrey Iglesias que, “supuestamente”, están en extremos de la vida social.

La vacunación trucha puso de manifiesto, una vez más, el peso muerto, que carga sobre el trabajo de los argentinos, de la grosera ineptitud de quienes han colmado la grilla del empleo público sin otro mérito que la amistad o la confianza del mandante de turno.

La cuestión de la vacuna es una de las tantas caras de la pobreza moral que nos hunde como lo hace el peso de las fortunas súbitas a costa de lo público, sean los Báez (hoy condenados) y tantas otros que han zafado de la publicidad, la mayoría de ellos concesionarios del Estado, y que han pasado vertiginosamente a ser “respetables” sin otro mérito que haber trazado una tangente bien temperada en todos los gobiernos y con inusual vigor a partir de Carlos Menem.

Con los datos y las sospechas, sobre las vacunas se armó una parafernalia insoportable de ambos lados del mostrador.

La consecuencia fue empañar la ventana abierta por el Consejo.

La cuestión de la vacuna encendió el odio en ambas trincheras y dejó en el pasado remoto la presentación del Consejo Económico y Social que había ocurrido en la misma mañana.

El Jefe de Estado, azuzado por la intensidad de los medios, desde México, echó nafta al fuego y quemó su propia ágil y correcta decisión inicial.

La consecuencia de todo este despropósito es que ni las sanadoras palabras de Béliz, ni los puntos de su propuesta tuvieron, hasta ahora, la trascendencia pública que se merecen y, lo que es más importante, la que la sociedad necesita para debatirlas.

Hay que instalar la reflexión sobre las áreas problemáticas propuestas para el Consejo.

La reflexión sobre la “productividad y la integración social” apunta al corazón del estancamiento y la pobreza.

Es necesario acelerar esa respuesta, pero teniendo en cuenta el cuidado del “medio ambiente”. Otra área de reflexión propuesta; y fortaleciendo a la vez la “comunidad del cuidado” que es otro de los ejes bajo análisis, como lo es también “el futuro del trabajo”, el gran desafío de las años que vienen.

En su propuesta, Béliz incluyó la “institucionalidad”.

La esencia de la institucionalidad es generar la cultura y los mecanismos que impidan la “opacidad en la cosa pública”. De su dominante existencia han sido muestra los “escándalos” de esta semana: el vacunatorio vip y los delitos comprobados de Báez.

En todas y cada una de las áreas propuestas para la reflexión del Consejo, los primeros aportes, va a resultar en una brisa para despejar la polvareda que empaña cotidianamente el futuro. El Consejo Económico y Social puede echar luz, transparentar, sobre las decisiones públicas. Veamos.

Por ejemplo urge poner sobre la mesa el tema del transporte, uno de los subsistemas cuya ineficiencia hace de la Argentina un país paradigmático.

Se ha estado firmando (CFK y Macri) endeudamiento creciente con empresas chinas para la provisión del sistema ferroviario. ¿Con qué criterios, en torno a qué plan global, con qué aportes al desarrollo industrial nacional, con qué acompañamientos de desarrollo regional? Esta en marcha la cuestión de la hidrovía ¿cuál es el Plan en que se incluye? ¿Qué desarrollo contempla de la bandera argentina?

Si tratamos este tema estaremos echando luz sobre una de las infraestructuras más opacas y más caras, comparando internacionalmente, de Argentina.

El sistema de transporte afecta la productividad, la integración social, el ambiente, sin duda la organización del trabajo del futuro y en nuestro país, su desorden, es la consecuencia de la opacidad que es producto de la orfandad institucional.

Rescatemos los debates importantes y también castiguemos la opacidad. Eso es abrir las ventanas al futuro y desempañarlas. Las dos cosas.