Una buena

19 de febrero, 2021

alberto fernandez

Por Carlos Leyba

En “Mirabeau o el político”, José Ortega y Gasset pone en tensión dos conceptos muy importantes para la discusión acerca de la elección y trayectoria de “los políticos”.

Al elegir ponemos nuestro destino colectivo en sus manos y en las de quienes ellos eligen. La facultad de legislar el futuro y la designación de quienes juzgan el pasado.

Hemos elegido legisladores que habilitaron a votar un “diputado trucho” y a quienes, con todas las pruebas en el Senado, en el derrumbe de las Torres Gemelas, rescataron a Norberto Oyarbide de la condena, o hemos elegido personas con patrimonio escaso que en el llano acumulan fortunas inexplicables.

Los miembros del pueblo soberano, antes y después de elegir, debemos tener una idea de la “moral” para elegir y juzgar.

Otorgamos el poder, pero no debemos eludir la responsabilidad de elegir y juzgar.

¿Cuál es la óptica “moral” con la que deberíamos juzgar la trayectoria de un político?

No hay una única óptica. Halago o maldigo un tiempo por mi suerte personal, pero, más allá de ello, hay una historia colectiva que es la que realmente importa en términos de Nación. Ortega nos invita a transitar el camino de la moral de la que él llama “el hombre común” y, por otro lado, la senda de la “moral del grande hombre”.

Para quienes creemos que “la política es tener claras las ideas para, desde el Estado, construir la Nación” no es la “moral del hombre común” con la que debemos juzgar la “trayectoria” del político. Sirve, pero no alcanza.

Debemos juzgar sobre la base de la “moral del grande hombre”. Dejemos, por un instante, la tarea de aclarar la distinción entre una y otra moral. Luego volveremos.

El profesor presenta a sus alumnos tres candidatos a Presidente para que elijan uno.

El primer candidato tiene limitaciones físicas, está enfermo, consultas astrólogos y ,en su vida privada, ha sido mentiroso.

El segundo perdió tres elecciones, bebe y fuma sin parar y sufre depresión.

El tercero no bebe, no fuma y ha sido condecorado por su actuación en la guerra.

Por unanimidad, en lugar de F. D. Roosevelt o W. Churchill, eligieron a A. Hitler que era el tercero.

Las apariencias, signos de una “moral del hombre común” más virtuosa, indujeron a elegir a quién desencadenó, produjo y condujo, la mayor catástrofe moral de la Humanidad en el Siglo XX.

Eligieron, por las apariencias, el ejemplo de cómo la perversidad de las ideas, aplicadas desde el poder del Estado, destruyeron desde los cimientos la idea de Nación al excluir a connacionales mediante el asesinato premeditado en masa. Es la ejemplificación de la corrupción de la política convertida en un mecanismo criminal de destrucción de la idea de Nación.

Hay una pregunta necesaria que debemos hacernos ante todas y cada una de las medidas que, desde el Estado, desde la fuerza y el poder del Estado, se adoptan en el país. ¿En qué contribuye a la construcción de la Nación? La única respuesta posible debe ser sistémica, multidimensional.

¿Puede hacerse la pregunta si no es en el marco conceptual de un plan? No.

La elección de los alumnos estaba basada en la presentación de la persona del candidato y no en la oferta de sus ideas. Esto nos transporta al nuevo escenario de la política inaugurado por la comunicación de masas. Allí pesan los consultores de imagen, la “consultoría política” y su deriva, por ejemplo, en la elección de “famosos sin causa” para ganar elecciones y después vemos. Lo crítico no es la fama, sino la “fama sin causa” que implica ausencia de compromisos previos.

El uso excluyente de la “atracción personal” “sin causa” que identifique al candidato, puede convertirse probablemente en una “atracción fatal”.

Esos alumnos jamás habrían elegido a Hitler porque conocían su trayectoria y sí a Roosevelt o Churchill porque la historia enseñó, de cada uno de ellos, la trayectoria política más allá de sus debilidades personales.

Los vicios o virtudes personales, en términos de la “moral del hombre común”, nada nos dicen respecto de su trayectoria como gobernantes.

Lo que sí habla de esa trayectoria es la consideración del período en que las políticas o las decisiones maduran. Es que no se trata de juzgar la trayectoria en el interregno, por ejemplo, en un período de bonanza provocada. Muchas bonanzas, si seguimos el análisis, resulta que, al poco tiempo, se esfuman y revierten como un boomerang, destruyendo la bonanza de unos días y generando males mayores de largo plazo.

Un buen ejemplo es la “eficacia” para adelgazar de las anfetaminas, se pierde peso pero se arriesgan neuronas. Ciertas luchas que hemos experimentado contra el flagelo de la inflación, con éxito temporal, han tenido esas consecuencias que quedaron mientras el éxito se esfumó. Lo hemos vivido.

La trayectoria del político ha de ser juzgada por la contribución a la sólida “construcción de la Nación”.

Toda construcción requiere, entre otras, de la solvencia de los cimientos, la funcionalidad y utilidad de los espacios creados y de la capacidad para sostener, en el tiempo, los beneficios que ofrece. Perdurabilidad.

Malos cimientos resquebrajan cualquier construcción. Funcionalidad, utilidad y sustentabilidad de los beneficios, al igual que los cimientos, pueden ser juzgadas sólo en el transcurso del tiempo. La trayectoria es tiempo y su juicio demanda analizar su proyección y eso requiere tiempo.

Ahí es donde aparece la “moral del grande hombre”. Comienza con en el compromiso en la construcción de la Nación. Tarea que va de la formulación, madurada y serena, de los planos, a la elección de los materiales por su “eficiencia”, que es eficacia de menor costo y mayor durabilidad, y el concurso de los mejores constructores (bien común) para la celeridad y calidad de la obra.

En eso radica “la moral del grande hombre”: en el diseño y la materialización.

Los que se llaman a sí mismos peronistas, que tanto tiempo han gobernado, deberían recordar de Perón que “mejor que prometer es realizar”.

La promesa, sin diseño arquitectural, es vana e irrealizable. Realizar es la prueba de la promesa.

Pero la realización, sin solvencia que la haga perdurar, es despilfarro de oportunidad y de recursos.

Y en política “oportunidad” es tan imprescindible como lo son los recursos.

El acto de despilfarrar oportunidades es clave en el juicio de la “moral de grande hombre”. La Argentina es un territorio histórico de inmensas oportunidades perdidas. Los juicios de trayectoria deben estar acompañados del inventario de oportunidades.

La trayectoria política debe ser juzgada por todos los pasos de esa obra que, para ser sólida, debe estar muy lejos de la improvisación, del dispendio y de la elección para la tarea de las personas de más confianza en lugar de los que son los más capaces. Aquí cabe el dicho mexicano “la confianza apesta” ¿Se entiende?

Como en todo sistema, el juicio, es todo a la vez y no por partes.

La muerte de Carlos Menem nos remonta a una trayectoria de enorme peso en el pasado inmediato y en nuestro presente, pone en consideración algunos de los conceptos que hemos compartido.

Menem fue acusado, condenado y, alguna causa fue cerrada por el mero paso del tiempo. La voladura de Rio IIIº implicó que el intendente de esa localidad, con toda razón, no adhiriera al duelo nacional. El libro “Robo para la Corona” de Horacio Verbisky fue (para muchos) la primera obra que denunció la corrupción en las más altas esferas del poder. En una punta, el escándalo de IBM Banco Nación, que terminó con una muerte de signos mafiosos; en la otra el suicidio de Yabrán o el accidente que, desde una ventana, estrelló en el piso a una joven secretaria. Tiempos turbulentos desde la perspectiva de la “moral del hombre común” en el ejercicio del poder y afectaciones al patrimonio público.

Menen fue condenado, sus fueros no lo hicieron inocente sino que le permitieron terminar su vida como Senador y ser despedido por el Gobierno con todos los honores oficiales.

Menem, que hizo campaña (la promesa y la oferta de “construcción”) “levantando las cortinas de las fábricas” con su “Revolución Productiva”, castigado por una hiperinflación que le resultaba indoblegable, giró 180 grados: no pudo, no quiso, no supo hacer un camino propio.

Optó por terminar de consolidar el modelo de política económica que había inaugurado Celestino Rodrigo durante el mandato de Estela Martínez y que la Dictadura había profundizado: desestatizar, desregular, desinflacionar como lo sintetizó el entonces ministro Roberto Aleman. Si decía lo que iba a hacer no me votaban…

Privatizaciones, apertura generosa, Convertibilidad, deuda externa, atraso cambiario, formaron parte del combo del mejor alumno del Consenso de Washington, consagrado en el Congreso de EE.UU., incorporado al G20 y recibido en el FMI. El primer mundo.

Imposición o algo parecido, para que la oposición habilite la reforma de la Constitución para su reelección que prohibía aquella con la que había sido elegido. Tal vez contribuyó a la transformación, más bien degradación, del sistema de partidos que ya había comenzado, pero que Menem profundizó.

En su gestión, que fue celebrada con éxitos de bonanza de factura breve y simbólica como el “deme dos” del monumental atraso cambiario, comenzó fuerte el desempleo, lo llevó al 17%, y, en su período, el salario real industrial cayó 11%.

Menem que contó con la proximidad de mucha dirigencia sindical, la presencia de muchos militantes montoneros en su Gobierno, la adhesión entusiasmada de todo el aparato de poder peronista, puso en marcha el mayor proceso de exclusión social que hoy nos agobia.

La moral del grande hombre es diseñar las ideas para la “construcción de la Nación” y, por los resultados perdurables, Menem no lo hizo.

Hoy, Alberto Fernández, junto a Gustavo Béliz, anunciará la puesta en marcha de un consenso para pensar “ideas claras para la construcción de la Nación”. El plan de largo plazo para retomar la cultura de la inclusión, que nació con la generación del ’80 para los inmigrantes y que fructificó en pleno en los 30 años del Estado de Bienestar, y viene demolido, año tras año, desde hace 46. Una buena.