Pandemia y desigualdad

23 de febrero, 2021

Pandemia y desigualdad

Por Pablo Mira (*)

¿Cuál está siendo el impacto de la pandemia sobre la desigualdad? A primera vista, esta es una pregunta retórica. Normalmente todo shock termina por perjudicar con mayor intensidad a los más vulnerables, pues no tienen suficientes amortiguadores para sostenerse, y tampoco cuentan con demasiadas alternativas para elegir. Por poner sólo un ejemplo local, durante la pandemia el trabajo informal fue especialmente golpeado, pues se afectó de inmediato y durante un largo período a las actividades de venta ambulante que dependen de grandes aglomeraciones de gente, durante mucho tiempo restringidas. Otros efectos similares son fáciles de encontrar, y la conclusión parece inevitable: la pandemia debió empeorar la distribución del ingreso.

Pero las estadísticas no se dejan seducir con facilidad. La intuición anterior es inmediata para el caso de un país, ¿pero qué sucedió con la desigualdad global entre países? La percepción general es que los países ricos mejoraron su posición relativa, pero un trabajo reciente de Angus Deaton, Premio Nobel de Economía, observa que la suposición de que la brecha entre países pobres y ricos durante la pandemia aumentó no está suficientemente fundada, al menos hasta el momento.

Lo primero que Deaton advierte es que los países más ricos experimentaron proporcionalmente más muertes que las que afectaron a las naciones pobres. Incluso a pesar de contar con mayores recursos, lo que incluyó mejores sistemas de salud y la posibilidad de contar con buenos profesionales en todas las áreas relacionadas con las reacciones a las que obligó la pandemia, las economías desarrolladas exhibieron más muertes en relación a su población que las que no lo son. Es posible que políticas demasiado flexibles en materia de aislamiento hayan contribuido a este resultado, pero más allá de las explicaciones puntuales, lo concreto es que más muertes significaron al mismo tiempo menos ingresos, y en este rubro fueron los más ricos los más afectados.

Una implicancia interesante de este hecho es que, dado que muertes e ingresos direccionaron en un mismo sentido, a nivel global no se verifica el intercambio usualmente asumido entre vidas e ingresos. Salud y dinero, según las circunstancias observadas por Deaton, parecen ir de la mano. Un índice que resume diversas dimensiones de la salud de la población correlaciona con (el logaritmo de) el ingreso per cápita positivamente en 65% para una lista de 166 países. Ese mismo indicador de salud, a su vez, se relaciona positivamente con la cantidad de muertes por millón en 47%. Estos números no concuerdan con la visión tradicional de que las mayores restricciones destinadas a cuidar la salud de la población significaban un trade-off en términos de la dificultad para generar ingresos.

Pero de nuevo, los datos son resbaladizos. Si se considera a cada país como una entidad única, la desigualdad global se redujo, tal como se indicó recién. Pero si la participación de cada economía se pondera por su población, entonces la inequidad de ingresos global aumentó, básicamente como consecuencia de la fuerte caída de actividad ocurrida en India, un país que pesa significativamente con sus 1.400 millones de habitantes.

Pero como siempre, el país que define el partido es China. Como consecuencia de un crecimiento permanente desde hace ya casi 50 años (a tasas chinas, justamente), China juega ahora para los ricos, pues ya goza de un ingreso per cápita de más de US$ 10.000 anuales. Dado que el 56% de la población mundial vive en países más pobres que China, el rol del Gigante Asiático en esta pandemia terminó siendo igualador. ¿Cómo ocurrió esto? Si bien durante la pandemia a China le fue relativamente mejor que a los países más ricos del mundo, explica Deaton, le fue mucho mejor aún que a los países más pobres, como India.

Además de los jugosos números que aporta Deaton, su trabajo refleja muy bien un hecho bastante común de las estadísticas económicas. En el análisis de fenómenos de corto plazo es normal que las conclusiones dependan de cómo se realicen los cálculos. Esta circunstancia suele resumirse de manera algo simplificada diciendo que “siempre se puede mentir con estadísticas”, pero la verdad es que la realidad económica es suficientemente compleja como para que los resultados ambiguos sean la norma. Se trata, finalmente, de una propiedad del análisis científico, no siempre de una estrategia maliciosa del presentador de turno.

(*) Docente e investigador de la UBA