Las redes sociales: un debate retrógrado

9 de febrero, 2021

Las redes sociales: un debate retrógrado

Por Maximiliano Gregorio-Cernadas  (*)

Cuando convocado por la Fundación Alem –pujante think tank que aborda los temas candentes de nuestra sociedad- participé recientemente junto a un conspicuo grupo de expertos en cultura y medios, de un encuentro virtual para debatir sobre el controvertido episodio “Zuckerberg vs. Trump” en torno al polémico rol de las redes sociales, aporté algunas opiniones que, a mi juicio, nos conducen hacia cuestiones que exceden a las de nuestro tiempo, como parece limitarse este escándalo, e involucran en rigor a cualquier producción humana, es decir, a la cultura en su más vasta interpretación.

Aunque el episodio que suscitó este debate recibió amplia difusión mundial, puede reformularse para el lector del siguiente modo: el expresidente de EE.UU., Donald Trump, en su frustrado intento por preservarse en el poder, empleó ciertas redes sociales de un modo que muchos y, en particular, el ícono de esos medios, Mark Zuckerberg, juzgaron abusivo, por racista e inconstitucional, proscribiéndolo de las redes bajo su dominio, desatando una reacción mundial fundada en el temor de que unos pocos empresarios del sector pudiesen disponer del poder de controlar estas nuevas formas de comunicación planetaria, y suscitando una migración mundial millonaria de usuarios que abandonaran WhatsApp y abrieron cuentas en otras redes, como Telegram y Signal.

Mi aporte al debate consistió en las siguientes reflexiones. En primer lugar, creo que debe evitarse demonizar las redes per se, como se escucha con frecuencia, pues ellas, como toda creación humana, son de uso dual, es decir, pueden ser mal empleadas, como ha sido el caso de referencia, o pueden ser de extraordinaria utilidad para la humanidad, como está demostrando ser vital en esta cuarentena mundial. Es cierto que las redes están siendo infiltradas por criminales de todo tipo y que numerosos delitos siniestros, como la prostitución infantil y tantos otros, están cobrando, gracias a estas plataformas virtuales, una prosperidad que nunca antes habían conseguido. Sin embargo, podemos fácilmente imaginar que también el automóvil y el teléfono deben haber encendido similares esplendores en la historia del crimen.

Otra reflexión consiste en que hay que asumir la inexorabilidad de esta nueva era virtual de la humanidad. Las formas globales de comunicación mundial no tienen ninguna chance de volver atrás, como no lo tuvieron en su momento la imprenta, la pólvora, la tecnología nuclear o la televisión, que también fueron objeto de durísimas proscripciones y censuras, con el mismo argumento de que pueden ser mal empleadas. Releva de pruebas la confesión de los incontables críticos de las redes, denostándolas a través de ellas mismas.

Pero, atención también, que así como se trata de un debate genuino, como el que involucra a padres afligidos, no es un debate ingenuo. Muchos de los expertos críticos del oligopolio de estas redes, no aplican la misma dureza para juzgar a aquellos países que padecen sistemas férreamente monopólicos de las redes, con la sustancial diferencia de que, para colmo, estos dominios acotados no lo ejercen ni particulares ni están abiertos a la competencia o a la crítica, sino que lo ejercen gobiernos autoritarios que impiden absolutamente cualquier competencia, debate o elección de parte de la sociedad, de modo que esos sistemas no tienen absolutamente ninguna oportunidad de ir siendo mejorados libremente por la oferta y la demanda de acciones y opiniones de una sociedad libre. El irracionalismo preponderante en la mentalidad de nuestro tiempo halla en los desafíos del progreso humano, un campo fértil de sutiles argumentos para justificar menoscabos a la libertad.

Todo es arduamente perfectible en la producción humana, menos aquellos sistemas políticos-técnicos que impiden que la gente decida libremente cómo perfeccionar sus propias creaciones o permiten el refinamiento de la inteligencia delictiva. Allí radican las sustanciales diferencias entre gobernantes, empresarios y criminales que intenten abusar de una red.

No es esta la primera vez ni será, por cierto, la última en que el progreso despierte los instintos autoritarios y criminales del ser humano, sean estos gobernantes, empresarios o delincuentes. La humanidad no puede detener sus avances materiales, pero sí encauzarlos con los recursos inmateriales que ha sabido construir a lo largo de su historia. La clave futura de este debate debería guiarse, a mi juicio, con un máximo de libertad y un mínimo de ley necesaria para evitar el abuso tanto de los dueños de esas redes como de los gobiernos y organizaciones criminales que intenten controlarlas.

Pero con ello no basta, pues la cuestión no es de rutina, sino que vuelve a plantear uno de los primeros y colosales desafíos para la humanidad, que consiste en dilucidar cómo lograr que los poderosísimos frutos desatados por su propio ingenio no se vuelvan contra sí, sino a su favor.

La respuesta ya ha sido formulada en cantidad de oportunidades por mentes brillantes, y se llama Humanismo, que consiste en reponer al hombre en el centro de este debate, destacando dos de sus cualidades distintivas, tan menospreciadas por la idiosincracia de nuestro tiempo: la razón y la ética. Esta perspectiva humanista permite, por ejemplo, rescatar que en esta devastadora pandemia y su omnímoda cuarentena, acaso la más terrible encrucijada que haya vivido nuestra especie, lo humano se está enriqueciendo de un modo sublime en el espacio virtual, pues aquellas denostadas redes están curando heridas y salvando vidas como ningún remedio podría jamás hacerlo, ofreciendo una íntima conexión gráfica, sonora y visual, con una capacidad de concentración de todo lo humano, incluidos el consuelo, la compasión y la esperanza, como nunca antes había gozado la humanidad desde la invención de “El Aleph” por Borges.

La índole última de este debate nos remite, pues, a los interrogantes primeros y, por ende, filosóficos del hombre. Como el mito de Prometeo, quien apiadándose valientemente del sufrimiento humano robó a los dioses el fuego sagrado –metáfora del conocimiento técnico- para entregárselo a la humanidad y luego pagó su osadía siendo encadenado para que cada día un águila devorase su hígado que se reconstruía durante la noche, así la humanidad expía a diario su ineludible ansia de progreso.

Para enfrentar con coraje esta ineludible tensión entre los vicios y virtudes del progreso técnico, me retrotraigo a mis reflexiones académicas y experiencias profesionales en la diplomacia nuclear, cuando adscribí a la genial intuición poética de Hölderlin que dijo: “Allí donde está el peligro, está la solución”.

(*) Diplomático de carrera, miembro del Club Político Argentino y de la Fundación Alem