Irán: la energía atómica otra vez en la pulseada con EE.UU.

18 de febrero, 2021

Irán: la energía atómica otra vez en la pulseada con EE.UU.

Por Luis Domenianni

La asunción del nuevo presidente norteamericano Joseph “Joe” Biden produjo, sin duda, expectativas de cambio, alimentadas a su vez por su decisión de mostrar un rápido distanciamiento de las políticas seguidas por su predecesor, el expresidente Donald Trump.

Sin embargo, los cambios, aunque reales, no abarcan todos los temas de política exterior. En particular, no incluyen, al menos de momento, aquellos que son particularmente sensibles como China, Rusia e Irán.

El día previo a la asunción del presidente Biden, su colega iraní, el clérigo moderado Hassan Rohani (72 años), se regocijó “por el fin de la era del tirano Trump y de su espantoso reinado”. “Solo aportó –prosiguió el gobernante iraní- injusticia y corrupción que generaron problemas para su propio pueblo y para el resto del mundo”.

Una visión compartida por los sectores más dinámicos de la economía y la cultura iraní, pero que no abarca a los conservadores encabezados por el Líder Supremo –tal el título oficial- de la República Islámica, el ayatollah Alí Jamenei (81 años).

Si el presidente Rohani representa la moderación, el ayatollah Jamenei es la materialización de la intransigencia. Una intransigencia que cuenta, además, con la fuerza militarizada de los Guardianes de la Revolución, denominados Pasdarán.

Así, mientras el presidente Rohani puso énfasis en saludar el cambio presidencial en los Estados Unidos, para el Líder Supremo, los Pasdarán, el aparato judicial y los medios conservadores dicho cambio es casi inconveniente.

El eje de la cuestión pasa por el desarrollo o no de la capacidad de un desarrollo nuclear con fines militares por parte de la teocracia que gobierna el país de los persas.

Las esperanzas de los moderados están centradas en el retorno de Estados Unidos al Acuerdo Preliminar, firmado en Lausana, Suiza, en abril de 2015, que intercambiaba una drástica reducción del enriquecimiento de uranio con fines militares por parte de Irán contra el levantamiento “in crescendo” de las sanciones por parte de Estados Unidos.

Ese Acuerdo Preliminar fue denunciado por el presidente Trump en mayo del 2018 por considerarlo insuficiente en cuanto a las garantías y compromisos iraníes. La denuncia implicó el retorno de las sanciones que nunca desaparecieron y que solo fueron, en el mejor de los casos, suavizadas.

Para el extremismo conservador iraní, las sanciones conforman una excusa perfecta para desarrollar toda una serie de argumentaciones contra el “imperialismo norteamericano”, justificativas de la necesidad de un desarrollo bélico nuclear autónomo.

De hecho, tras el repudio del ex presidente Tump, Irán recuperó su actividad de centrifugado –procedimiento para producir uranio enriquecido de uso militar-, multiplicó en varias veces su stock acumulado, incrementó el porcentaje de pureza más allá de lo acordado e impidió las inspecciones periódicas de la Agencia Internacional para la Energía Atómica, en su principal centro nuclear subterráneo ubicado en Natanz, próximo de la gran ciudad de Isfahán.

Toca al presidente Biden decidir cuál política seguirá Estados Unidos frente a Irán. De momento, el nuevo secretario de Estado, Anthony Blinken, dice que no habrá cambios. Al menos, hasta que se tome una decisión que será producto de eventuales conversaciones entre partes. Mientras tanto, las sanciones contra el régimen de los ayatollahs, perduran.

La vocación hegemónica

Irán es una teocracia. Es decir, una dictadura religiosa encarnada por el Líder Supremo, con jurisdicción y atribuciones por sobre las instituciones republicanas que quedan subordinadas a sus decisiones.

Desde la revolución de 1979 que derrocó al autoritario sha Mohamed Reza, Irán solo contabilizó dos Líderes Supremos, el “padre” de la Revolución Islámica, el ayatollah Ruhollah Jomeini y, a su muerte en 1989, el actual Alí Jamenei.

A ambos, extremistas, los emparenta el objetivo de salvaguardar la teocracia imperante por sobre cualquier otra consideración. Los diferencia, en cambio, la visión táctica para alcanzar el objetivo.

A la religiosidad del ayatollah Jomeini, la sucede –sin abandonar dicha religiosidad- las consideraciones geopolíticas el ayatollah Jamenei.

Esas consideraciones geopolíticas pasan por convertir a Irán en la potencia dominante en el Medio Oriente, una conclusión a la que arriba tras los ocho años de guerra (1980-1988) contra el Irak de Saddam Hussein, detrás del cual –según la visión Jamenei- estaban las petromonarquías de la Península Arábiga y Estados Unidos.

Para convertir a Irán en potencia dominante zonal, hace falta alcanzar, en la visión del ayatollah Jamenei, una capacidad militar de relevancia en una región donde las cosas no suelten tratarse y mucho menos arreglarse alrededor de una mesa.

La primera respuesta, en tal sentido, fue la extensión de las capacidades de los Guardianes de la Revolución, los Pasdarán, según la denominación iraní.

Fundada como milicia paramilitar por el líder inicial de la Revolución Islámica e inspirador de la teocracia que gobierna el país persa, el ayatollah Ruhollah Jomeini, hoy los Guardianes de la Revolución conforman una rama autónoma de las Fuerzas Armadas iraníes.

Mientras que el Ejército, la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea se ocupan de la defensa del territorio, el rol de los Pasdarán es la defensa del sistema político, similar en muchas características al papel que cumplían las SS en la Alemania del Tercer Reich hitleriano. Una defensa que no se limita al interior de Irán.

Los Pasdarán cuentan con material de guerra superior al de las Fuerzas Armadas. Aviones, drones, tanques, misiles, barcos de guerra y 125.000 soldados conforman un aparato militar suficientemente dúctil para actuar contra cualquier resistencia interna, para actuar en guerras como la Irak-Irán (1980-1988), o en operaciones contraterroristas y terroristas.

También para combatir bajo formas de “voluntariado” a favor de algún bando en guerras civiles como las de Siria y Yemen u operar al lado de las milicias shiítas irakíes. Sin olvidar al Hezbollah libanés

Pero el antecedente de la guerra Irak-Irán no alcanza para explicar la belicosidad de la teocracia iraní. Hay que sumar la consideración étnica y la consideración religiosa.

Irán es musulmán, como todo el Medio Oriente y el Asia Central, sus dos regiones contiguas, pero es shiíta, una de las tres ramas principales –como la sunita y la ibadí- en que se divide el Islam, mientras que la mayor parte de la población de ambas regiones es sunita.

Pero además, Irán es mayoritariamente persa, en tanto que sus vecinos son árabes o pertenecen a la etnia turca. Los persas representan el 61% de los 83 millones de iraníes, seguidos por los azeríes (turcos) con el 16%; los kurdos con el 10% y los luros con 6%.

En síntesis, una doble separación religiosa y étnica del mundo que los rodea que no debe ser problemática si la política exterior del país resulta introspectiva, todo lo contrario cuando decide ser expansiva.

La teocracia iraní y su brazo armado, los Pasdarán, han tomado la decisión de expandir operaciones por el mundo árabe a los efectos de consolidar su “sueño” hegemónico.

Así el régimen iraní está involucrado en la guerra civil del Yemen, al lado del bando hutista, conformado por tribus del norte del país de práctica islámica shiíta, que domina gran parte del país incluida la capital Saná. Por ende, la teocracia enfrenta a las petromonarquías del Golfo, encabezadas por Arabia Saudita, que apoyan al gobierno yemenita legal.

Tampoco queda fuera de la guerra civil en Siria donde apoya al dictador Bashal Al-Assad, de confesión alauita, variante del shiísmo, en un país mayoritariamente sunita. En la guerra siria, los Pasdarán iranios combaten a través de “voluntarios” o mediante las brigadas del Hezbollah libanés, sostenido financieramente y armado por Irán.

Por último, interviene en el nunca pacificado Irak, donde los Pasdarán apoyan –y dirigen- a las katybas –brigadas- shiítas irakíes. Primero, contra la presencia de Estado Islámico en el oeste de Irak hasta su expulsión en 2017. Ahora como condicionante del gobierno irakí con el objetivo de lograr la retirada de las tropas de Estados Unidos y de sus países aliados.

La belicosidad

Irán acumuló enemigos, casi como nadie, aunque destacan dos: Arabia Saudita e Israel.

Pero, no son los únicos. También están los árabes sunitas de Irak, otrora todopoderosos con Saddam Hussein, hoy reducidos a un rol secundario en la política del país; están quienes se oponen al Hezbollah shiíta en el Líbano; y Turquía que combate en Siria contra las tropas del gobierno del dictador, Bashar Al-Assad.

El enfrentamiento con Arabia Saudita es casi completo. Es geopolítico, es religioso, es étnico, es petrolero. En rigor abarca también a las petromonarquías de los Emiratos Arabes Unidos y de Bahrein. Kuwait, en cambio, es casi neutral. Qatar se ubica como cercano a Irán aunque no mucho. Y Omán es siempre un eventual mediador.

Lo de Omán no es casual. La mayor parte de su población y su sultán Haitham bin Tariq profesan el islam ibadí. A medio camino, entre sunitas y shiítas, los ibadíes proclaman y promueven la igualdad entre todos los musulmanes, no aceptan las divisiones y predican el rezo conjunto en las mezquitas. Condiciones Ideales para el rol de mediadores.

El terreno elegido para la disputa entre iraníes y sauditas es el Yemen. Allí, con apoyo iraní, el movimiento político-militar hutí del norte del Yemen, levantado en armas contra el gobierno del país, logró tomar, y retener hasta la fecha, la capital del país, Saná a fines del 2014 y todas las provincias del oeste, las de mayor población del país.

Arabia Saudita, los Emiratos Arabes y Bahrein, apoyan al gobierno del Yemen que solo retiene algunos sectores del sur del país y el este, casi despoblado. La situación yemenita se complica además con tres actores más: las fuerzas independentistas del sur del país, Al Qaeda y Estado Islámico. Los tres, con territorios conquistados que administran.

Pese a reiteradas negativas iraníes, el armamento convencional pero sofisticado con que cuentan los hutíes es un indicio de la intervención de la República Islámica, como proveedor directo o como financista para su adquisición.

Prueba de ello: los ataques hutíes sobre territorio saudita, el último de los cuales –al parecer con drones- destruyó un avión comercial en el aeropuerto de Abha, ciudad del sur saudita, ubicada a unos cien kilómetros de la frontera yemenita.

Si Arabia Saudita es enemigo, Israel es el país a destruir. A borrar del mapa. Siempre constituyó el argumento por excelencia de Irán para validar su eventual liderazgo frente a las opiniones públicas de los estados árabes.

Pero los resultados son, cuando menos, magros. La teocracia iraní solo convence al citado dictador sirio El-Assad, al Hezbollah libanés, al Hamas palestino que gobierna la Franja de Gaza y, en alguna medida decreciente, al emirato qatarí, siempre en competencia con Arabia Saudita.

Es más, prédica y recursos de los Estados Unidos del ex presidente Trump, mediante, Marruecos, Sudán, Bahrein y los Emiratos Arabes reconocieron y están pronto a abrir representaciones diplomáticas en Israel.

Ahora bien, enfrentar a Israel significa no solo enfrentar a fuerzas armadas eficientes, significa enfrentar un poderío nuclear cuya posesión el país judío no confirma pero no niega.

De allí, la carrera iraní por desarrollar su propia capacidad nuclear. Una carrera que determina que Irán pague precios altísimos.

El dilema

Dicho pago de precios altísimos reconoce una doble alimentación. Por un lado, los recursos que se destinan al desarrollo nuclear y a la defensa, en general, distraen fondos utilizables en infraestructuras, en salud o en educación. Por el otro, la sospecha del uso militar de la energía nuclear desembocó en las sanciones internacionales, particularmente de los Estados Unidos.

¿Qué abarcan las sanciones? Prohibiciones de compra de divisas, de oro, de títulos de deuda, de exportaciones de autopiezas, de aviones comerciales, de transacciones con petróleo, de servicios de seguro. Además de congelamiento de activos de empresas, instituciones y funcionarios iraníes.

¿El efecto? Es mucho mayor de lo que están dispuestos a reconocer algunos analistas demasiado influenciados por razones ideológicas. Afectan a la economía cotidiana y generan disgusto con el gobierno por parte de las clases medias en el país.

Así, el mantenimiento de las sanciones como telón de fondo para una eventual negociación, dispuesto por la administración del presidente Biden, no es del todo un mal dato para los moderados de la República Islámica.

Con el presidente Trump, todas las puertas se cerraron y los extremistas del ayatollah Jamenei avanzaron ostensiblemente por sobre los moderados del presidente, con mandato casi cumplido, Rohani.

Con la voluntad de negociar, pero con las sanciones vigentes, las chances de los moderados vuelven a crecer. Es que solo el presidente Rohani y su ministro de Relaciones Exteriores, Mohamed Zarif (61 años) resultan aptos y creíbles –relativamente- para la negociación.

Es que, harta de dificultades económicas, con una inflación altísima del 42% anual y una caída de entre 5% y 6% anual del PIB en los últimos tres años –sanciones mediante-, buena parte de la sociedad iraní está exhausta y dispuesta a manifestarlo como ocurrió en ocasiones anteriores.

Momentos de incertidumbre para el régimen de los ayatollahs que, tras cuatro décadas en el poder, solo muestran como resultado un fanatismo religioso, sin libertad y sin prosperidad.