El toro desbocado

12 de febrero, 2021

El toro desbocado

Por Carlos Leyba

En esta vertiginosa Argentina, en la que “todo está por hacer” y , sin embargo, lo poco que se hace parece viejo, tenemos la sensación que Alberto Fernández está en un remolino mientras trata de clavar dos banderillazos al desbocado toro de la inflación y el estancamiento.

En un cuerno, el toro lleva la furia de la inflación y en el otro, la parálisis del estancamiento.

Hoy tiene un tono amenazante porque ocurre sobre los girones sociales que ha ido acumulando en su carrera.

La confusión no pudo ser peor. Por años se reiteró, con distintas fórmulas, similar propósito y peores resultados, la política de atender las consecuencias y nunca las causas.

Ponga los números que quiera, estancamiento de 10 años si somos generosos y, si somos precisos, el PIB por habitante hoy es igual al de hace casi medio siglo. ¿Cómo no se va a multiplicar la pobreza?

Para los cánones habituales de todas las economías, ¿es posible que en tamaño estancamiento no reine la “deflación”? Nuestra inflación multiplica por 10 las tasas vecinas.

Los vientos contrapuestos por la contradicción de visiones, entre los miembros del actual Gobierno forman un remolino. La vertical del remolino empuja hacia abajo. En ese escenario “torea” Fernández.

El remolino, la contradicción interior en el FdT, deprime la capacidad de gobernar y la confianza que debe insuflar quien gobierna.

Los banderillazos que Fernández intenta clavar al toro, sugieren que va a por recuperar su “carisma” electoral, poco kirchnerista y muy propio de los gobiernos que, con sus más y sus menos, caracterizaron el período de 30 años que, estadísticas en mano, fue el de mayor expansión por habitante del PIB en el Siglo XX.

Ese fue el período (1944/1974) en que se realizó la construcción del Estado de Desarrollo y Bienestar. Todos esos gobiernos hicieron mucho por el crecimiento, bastante por el desarrollo y trataron de contener el difícil proceso inflacionario.

La inflación, en aquellos años, era consecuencia del crecimiento afectado por una velocidad e integración sistémica, menores a las requeridas por el equilibrio.

En ausencia de motor externo de tracción, la política económica debía homologar económicamente el avance social logrado en materia de calidad de vida y la equidad distributiva ocurrida en esos años.

Guido Di Tella identificó a ese “efecto demora” en la tasa de crecimiento como consecuencia del “efecto aceleración de la equidad”: si nos tomamos todos de la mano, para que nadie se pierda, la velocidad la determina el que menos corre.

Una aclaración: desde que quedamos desenganchados del Imperio Británico (motor del “crecimiento en primarización”) nuestra economía necesitó un motor de propia factura para un destino propio.

En los 30 gloriosos produjimos un “motor interno integrador”. Fueron años de desarrollo: un sistema de planeamiento orientativo, leyes de promoción de la inversión reproductiva, precios sombra como elemento rector en lugar de la tasa de interés de mercado, financiamiento promocional de la inversión a largo plazo. Y funcionó.

La deliberada destrucción de cada una de los instrumentos (1975) provocó el ocaso del crecimiento por la clausura del sistema de planeamiento, las leyes de promoción, el financiamiento promocional y porque se instaló el dominio de la tasa de interés de mercado anulando los precios sombra.

Hoy, mientras perdura la incapacidad de diseñar y poner en marcha, el motor propio, por ejemplo, la relación con China se plantea como una remake del Imperio Británico: primarización de la producción e infraestructura china en el gobierno del sistema logístico y de infraestructura.

Los banderillazos de Fernández sugieren la intención de reconstruir el “carisma” de “bienestar y desarrollo”, que muchos le asignaron y la razón por la que lo votaron, a pesar de CFK. Si Alberto avanza por ahí hay una posibilidad de revertir la primarizante ausencia de motor propio.

El primer banderillazo es el Acuerdo de Salarios y Precios para desacelerar el proceso inflacionario, reuniones positivas con sindicalistas y empresarios.

El segundo banderillazo el Consejo Económico y Social. Dijo Alberto: “con Gustavo Beliz, lo que queremos es tener una mirada de más largo plazo y discutir todo (Página/12).

Sin embargo patinó en relación al campo y a la tasa de inflación, dijo: “Tienen que entender que son parte de la Argentina”.

El 99% de los productores rurales son argentinos y acumulan su excedente en productos del campo, que los preserva relativamente de la erosión inflacionaria, pero no de los incendios o daños de silos, acerca de los cuales los funcionarios de Agricultura poco han hecho.

El Presidente no ignora que la mayor parte de la producción industrial está en manos de empresas extranjeras las que, por definición, si no invierten aquí, acumulan en el exterior. Repsol: las rentas aquí ganadas, además del regalo K a los Eskenazi, la hicieron grande en otras regiones del planeta.

Aquí no invirtieron una moneda.

Fernández, en ese reportaje, pareció apuntar a los productores primarios como responsables del “encarecimiento de la mesa de los argentinos” derivado del crecimiento de los precios internacionales de las materias primas.

Pero ese mismo crecimiento de los precios internacionales no produjo incremento de la inflación en la mesa de los grandes países. En EE.UU., en la UE y en Brasil la producción primaria goza de los mismos precios y no hay impacto inflacionario. ¿Por qué?

Una acotación: en los países citados, la producción primaria (no los precios en la góndola) está subsidiada por el Estado.

¿Porqué los precios internacionales serían aquí, siendo los más eficientes del planeta, la causa excluyente de la inflación en la “mesa de los argentinos”?

En una mesa de Acuerdo de Salarios y Precios (instrumento valioso y de mucho éxito en el planeta, a pesar de la mala prensa) debería ponerse en blanco y negro la cadena de valor de los bienes finales, la incidencia de cada integrante en ella y el modo de evitar el “encadenamiento inflacionario” gestado por las expectativas al alza y sometido al “grossing up”, que sería neutralizado, en la cadena, por el acuerdo de trasladar sólo la exacta incidencia.

El miércoles, en la reunión del Presidente con la Mesa de Enlace, primó la lógica. La conclusión apuntó en la dirección correcta: revisar las cadenas de valor.

Por otro lado, hay sectores asalariados que reciben, sea por la productividad de la actividad o por el vigor de la representación sindical, remuneraciones muy superiores al promedio. Otros lo hacen muy por debajo del promedio. Ese es el proceso de “deslizamiento salarial” que debe ser tenido en cuenta en la emergencia.

La lógica para este “estado de emergencia” es que, así como los precios pueden ser administrados y desacelerados por el criterio de la exacta incidencia, los salarios deberían ser ajustados por una suma fija, habida cuenta de las convenciones respectivas de los últimos meses.

A partir de la firma de los acuerdos y, por ejemplo, por dos años, el estado de emergencia inflacionaria y de desempleo, deberíamos regirnos por este esquema simple y rígido a la vez. La pregunta es por dos años y hasta cuándo.

Martín Guzmán, en Tucumán, afirmó que la inflación también es un fenómeno afectado por la macroeconomía. Expresó claramente su visión en el excelente reportaje de Marcelo Bonelli. Expuso que, en la macro, pesa negativamente el déficit estructural del sector público. Que pesa negativamente es obvio. Lo que no es obvio, para mucho colegas, es que el problema es estructural y no se resuelve a sablazos “bajando el gasto” ni suponiendo que “la economía” no es un sistema.

La respuesta a la pregunta “hasta cuándo un régimen de excepción en materia de precios y salarios”, es “hasta que comiencen a sentirse con fuerza las señales de salud del sector público”.

¿Cuáles? Primero congelando, sin excepciones, por diez años, en los tres poderes, la dotación de personal. La baja vegetativa de personal, acordada con todos los partidos, es la condición para terminar con el impacto multidimensional del crecimiento excedente del empleo público.

Esa congelación de la dotación debe ser acompañada por la austeridad en los gastos.

Segundo, es imprescindible ejecutar la suspensión de las erogaciones previsionales que generaron las moratorias insensatas que habilitaron la jubilación de personas que no hicieron aportes porque no trabajaron por no haber tenido la necesidad de hacerlo. ¡La señora del empresario o el millonario que vivía en el exterior!

Nos cuestan miles de millones de pesos para financiar un error de demagogia equivocada. Hay métodos disponibles para hacerlo sin violar derechos adquiridos.

Tercero, esa política de austeridad fiscal debe ser acompañada pari passu con un programa de creación de empleo productivo. Para ello están disponibles incentivos monetarios que hoy son subsidios para la subsistencia y que como tales son insostenibles a mediano plazo porque no agregan valor y reducen el capital social.

Todo esto es tarea del segundo banderillazo propuesto por Alberto.

En dos años se puede poner en marcha el plan económico de largo plazo y lograr, con proyectos concretos, el financiamiento de las agencias internacionales y el aporte, con transferencia tecnológica, de inversiones de infraestructura procedentes de países desarrollados que necesitan colocar su producción que permitirá reconstruir nuestro tejido industrial y regional. Obvio, previo acuerdo con el FMI.

La solvencia del imprescindible Acuerdo de Precios y Salarios para salir de la inflación está fundada en la capacidad de diseñar el largo plazo consensuado con las fuerzas de la producción y los partidos para, en dos años, comenzar a dar señales concretas de salida del estancamiento, generando salud fiscal de largo plazo y flujo de inversiones disparadoras de infraestructura y transformación de las regiones postergadas para hacer de la geografía una sóla Nación y no “las dos ciudades” en las que por ahora sobrevivimos.

Las banderillas bien colocadas hacen bueno al torero.

En la tribuna del ruedo sabemos que el toro desbocado no da tanto tiempo.