Seamos optimistas (y hagamos algo)

7 de enero, 2021

medicos covid

Por Carlos Leyba

Año nuevo, década nueva. “No pasa un día sin que usemos la palabra optimismo, que fue acuñada por Voltaire contra Leibniz, que había demostrado…que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Voltaire, muy razonablemente, negó esa exorbitante opinión”, escribió J. L. Borges.

Sin la pandemia y sin sus consecuencias el mundo sería mejor.

El Papa Francisco, en sus últimas encíclicas, nos provee de reflexiones, profundas y productivas y, en lenguaje sencillo, nos brinda el marco de otro mundo posible. Un escenario de optimismo siempre se construye. De nada sirve el tenedor aunque llueva sopa.

El año se inicia en pobres condiciones sanitarias. Los gobiernos deberán extremar gestión para instalar una cultura del “no contagio” y desarrollar la logística de la vacunación.

El Gobierno Nacional falló en la ejemplaridad: la vicepresidente jamás usó el barbijo en las sesiones televisadas del Senado; el presidente abrazó y comió en descuido, varias veces; el funeral de Diego Maradona multiplicó contactos evitables e innecesarios y, finalmente, instalar en diciembre el debate por el aborto, rechazado por 60% de la población según la encuesta de Giacobbe & Asociados, convocó días y días de manifestaciones a cara descubierta y a puro contagio

A la baja calidad e intensidad de la comunicación de “cuidado”, a la ausencia de ejemplaridad y en el contexto de una sociedad acicateada a “ganar la calle”, en parte por la incapacidad de audiencia de los que mandan, es difícil construir la cultura del cuidado social.

Nuestra sociedad no es adicta a las reglas y el amor por el desorden se confunde con el derecho a la libertad, que sólo existe con la conciencia de los límites. Una falla de la educación.

Este hecho nos revela la debilidad en la formación de nuestro capital social presente.

El capital social acumula la calidad de las relaciones interpersonales, la magnitud de la confianza que nos inspira la vida en comunidad, el apego a las normas y su calidad, la visualización del horizonte despejado que alienta las expectativas de futuro, la vigencia y equidad de las sanciones, la virtuosa la aplicación de las mismas. Todo eso es parte del capital social que se forma en un proceso de acumulación.

La pandemia encuentra terreno fértil en una sociedad con bajo capital social. Como lo encuentra la corrupción, sea el cohecho o la negligencia, en los negocios públicos.

Uno de los objetivos, para corregir la base de nuestros males colectivos, es aplicarnos a una fuerte acumulación de capital social.

Fortalecerlo es necesario para la cultura del cuidado que nos permitirá acelerar los resultados positivos de la vacuna en la lucha contra la pandemia.

El retorno a la presencialidad educativa en 2021 es una prioridad, no sólo para garantizar la calidad de la formación intelectual, sino para lograr el desarrollo de la sociabilidad responsable. La tecnología no potencia la sociabilidad e incluso es razonable proyectar que, en el tiempo, la debilitará si no usamos la vida comunitaria más intensamente.

La extraordinaria epopeya educativa del Siglo XIX fue central en nuestro desarrollo. La educación fue articuladora del progreso colectivo basada en un programa de largo plazo sostenido en un consenso.

La “educación”, en aquellos años, y hasta el inicio de nuestra decadencia en el último cuarto del Siglo XX fue una prioridad compartida, salvo la excepción generada durante dictaduras militares. Los logros fueron tan evidentes como los fracasos en las últimas décadas. En el presente es desconcertante la actitud remisa de algunos dirigentes gremiales de la educación. La decadencia siempre es multidimensional, así como lo es el desarrollo. Para revertirla es condición necesaria acumular capital social y, fundamentalmente, capital humano.

Acumular capital humano, prioridad colectiva, no incluye solo la educación formal, sino también el desarrollo de la tecnología, la recapacitación y el reentrenamiento continuo y la disponibilidad del acceso a las técnicas.

Que más de la mitad de los jóvenes sean hoy, en la Argentina, pobres, nos señala que asistimos a un proceso de descapitalización humana.

No gozamos de lo que se denomina “bono demográfico” sino que, la explosión de la pobreza joven, nos ha puesto en el caso extraño de la “hipoteca demográfica”: los jóvenes carenciados, requieren más apoyo que el que pueden brindar.

Desafío de urgencias y magnitudes, que debemos afrontar en esta década para contener el proceso decadente antes que sea irreversible.

La pandemia nos ha puesto el desafío de la salud pública y se han puesto en evidencia debilidades estructurales en el sistema.

Se dice que nuestro gasto en salud, en términos del PIB, es muy alto. Tenemos que repensar el sistema de salud, analizar la lógica de los costos, evaluar la cuestión farmacéutica y sanitaria. Anidan lobbies de la industria farmacéutica, de las organizaciones privadas y sindicales, dedicas a la administración de recursos de la salud y básicamente una evidente descoordinación de recursos que, como en el caso de la educación, ha dejado a los profesionales de esas tareas en el lugar de los más mal pagos.

En la salud, como en la educación, es notoria la inexistencia de organismos públicos de reflexión y planeamiento a largo plazo sobre todas las áreas que intervienen en el proceso.

Estamos más que urgidos por propuestas y debates que nos permitan salir de una situación que no da señales de salir del estado de estancamiento presente que nos amenaza con la continuidad de la decadencia.

Todos sabemos que aún reconquistando los niveles de capital social y capital humano, que alguna vez disfrutamos, seguiríamos condicionados al retroceso en que estamos, si no lográramos, al mismo tiempo, un fuerte desarrollo del capital físico (fábricas, riego, equipos de transporte, caminos, vías navegables, sistema de transporte aéreo, bases de logística, energía, comunicaciones, escuela, hospitales, etcétera).

Por todo eso este tiempo es uno de acumulación y de aprender a disfrutar del proceso de acumular.

Si lo logramos será un tiempo de superación.

Llevamos, desde el “Rodrigazo” (¡qué poco se le ha prestado atención a su impacto cultural!), casi dos generaciones en una sociedad de consumidores…por cierto fracasada.

Nuestra permanente crisis de balance de pagos, nuestro frenético endeudamiento, sólo son el reflejo de que apostamos más a consumir que a producir.

Estamos conminados a constituir nuevamente la sociedad de productores que alguna vez fuimos y a escapar de esta distribución de la fuerza de trabajo, absolutamente insólita para nuestro nivel de desarrollo, que asigna que el 80% del trabajo se realice en el sector servicios y que sólo el 20% trabaje para producir bienes.

No producir bienes transables es la contracara de nuestro déficit permanente. Y es el pasaporte a la decadencia continua.

Nos urge acumular capital social, humano y físico para salir de esta encerrona y ser una sociedad de productores.

Solamente una tormenta de propuestas, debates y consensos acerca de este objetivo final, podrán desencadenar el programa, la hoja de ruta para ponernos en marcha.

No hablar de este proceso de acumulación productiva confirmará la confusión en la que se desgrana nuestra clase política. ¿Será 2021 el año de la convocatoria?

Al hablar de la distribución del trabajo entre sectores hemos iniciado el abordaje de la compleja temática de la distribución, que es la contrapartida de la de la acumulación.

El reformular como distribuimos la fuerza de trabajo es un tema de prioridad para la década.

No podemos ser una sociedad de productores, que deje de ser estructuralmente deficitaria, si mantenemos esa distribución 80/20 señalada.

Redistribuir la fuerza de trabajo implica un modelo de asignación productiva del capital y también preparar las estructuras de educación e investigación, para que esa asignación lo sea con resultados de alta productividad.

Toda política de acumulación (física, social, humana) requiere de una concepción de la distribución “productiva” de la fuerza de trabajo. Y conforma una estrategia de distribución social de la generación y el disfrute de la mayor productividad.

El fundamento de esa estrategia es la solvencia de la distribución primaria que es la que resulta de la retribución formal efectiva del trabajo.

No hay manera de sostener un sistema económico capitalista sin un consistente sistema salarial: la distribución social del capitalismo se realiza a través de los salarios.

La complementariedad de los pagos de transferencia (asignaciones y/o subsidios) no puede ser sino supletoria.

La centralidad de los pagos de transferencia hace inviable el sistema.

Esta inviabilidad habla de una urgencia transformadora impostergable.

A nadie se le escapa que desempleo, el proceso regresivo de distribución del producto social y la pobreza, los tres jinetes de la decadencia social, son consecuencia del fracaso del modelo de acumulación del capital social, humano y físico en que nos despeñamos desde hace largas cuatro décadas.

Pero también es el resultado de un proceso de distribución del trabajo, de los ingresos y, por qué no, de nuestra geografía productiva.

No importa desde cuando. Pero la ridícula concentración de población en Buenos Aires y el conurbano, expone un descomunal balance de población con mucho más del 90% del territorio prácticamente despoblado, lo que encarece de manera descomunal todos los servicios básicos y una concentración poblacional en una ínfima parte del territorio en la que los bienes públicos están ausentes y en el que la pobreza y el desempleo derrumban las esperanzas.

Sin poner en acelerada marcha el proceso simultáneo de acumulación en todas las áreas, ya descripto, no podremos lograr ningún objetivo.

Y si no llevamos a cabo el proceso de distribución mencionado, ningún objetivo logrado será sustentable.

¿Ha revelado la política esa vocación por indagar, diseñar, proponer, consensuar y poner en práctica esos programas y planes que implican las tareas racionales de la acumulación y la distribución?

Le dejo la respuesta. Hagamos algo. Seamos optimistas.