Maldición, va a ser una exportación hermosa

19 de enero, 2021

Maldición, va a ser una exportación hermosa

Por Pablo Mira (*)

El tema de la semana es el debate sobre la maldición de los recursos naturales. Una expresión que, por paradójica que suene, constituye un fenómeno investigado seriamente por la literatura económica, en particular la del desarrollo. Varios especialistas han dado su opinión y, como siempre, aquí puntualizamos dos o tres cuestiones para aclarar los términos involucrados.

Partamos de lo obvio. Para padecer una maldición de recursos, hay que contar en primera instancia con algún recurso. Peor que una ayuda dudosa de la naturaleza, es no disponer de esa ayuda en absoluto, y no disponer de ninguna ventaja natural no traerá maldiciones, pero sí condena.

En general, es raro que un país se desarrolle de la nada sin una ayuda de la naturaleza. Es normal que las capacidades se construyan mediante el aprendizaje, pero mientras llegan los aumentos de productividad del capital y el trabajo, algo hay que comer. Curiosamente, hay países que parecen disponer de pocos recursos, pero son desarrollados. Pero lo que sucede es que ellos ya no los necesitan. Alguna vez dispusieron de las materias primas (por ejemplo, gracias a su expansión imperialista), pero su posterior desarrollo industrial y los procesos independentistas de las fuentes terminaron por delinear un comercio exterior donde la mayoría de los países ricos importan materias primas y exportan industria. Esto sugiere que, además de la disponibilidad relativa de recursos, el perfil exportador de una economía es en muchos casos un accidente histórico, un punto enfatizado por el economista Paul Krugman . Otros países desarrollados sí exportan recursos naturales, pero también otros bienes y servicios, mixtura conveniente para reducir los riesgos de cambios en el entorno natural que produzcan impactos no deseados, como por ejemplo fuertes redistribuciones de riqueza.

Una economía atrasada está maldita cuando sus recursos naturales refuerzan los efectos negativos.

Primero, cuando todo es un don de la naturaleza, el país podría priorizar la extracción pura y simple, lo que según Daron Acemoglu y James A. Robinson es una de las razones que llevan al “fracaso de las naciones”. La extracción no produce suficientes incentivos para aprender a producir otra cosa, de modo que, si un día ese patrimonio se ve afectado, el nivel de vida de la población se verá seriamente comprometido.

Segundo, tal como ocurre con algunas familias acaudaladas, la disputa interna por la fortuna tiende a exacerbarse. La naturaleza genera renta y todos quieren sacar tajada.

Finalmente, no todos los recursos naturales son igualmente pasibles de ser maldecidos. Aquellos que tienen fecha de vencimiento como el petróleo, o cuya producción y precio son más volátiles como la agricultura, son los mejores candidatos.

Es difícil pensar que somos un país embrujado por razones estructurales, aunque hay que reconocer que nos trae algunas dificultades. Para comenzar, estamos lejos de ser los más beneficiados por la madre naturaleza. Chile, Nueva Zelanda o Australia, que son economías mucho mejor dotadas de recursos naturales que la Argentina, gozan de la ventaja de exportar por cada habitante una cantidad de dólares mucho mayor. Si bien las fortunas generan conflictos, cuando ésta es muy grande alcanza para todos.

Una vicisitud no menor es nuestra disparidad productiva. Un sector relativamente pequeño en términos de PIB y empleo genera una proporción enorme de divisas que alimentan el funcionamiento del resto de los sectores que sí producen y crean trabajo. Con el campo solo no vamos a ningún lado, pero sin el campo tampoco. Esto obliga a coordinar políticas para asegurar la convivencia entre sectores productivos que tanto se necesitan entre sí.

Si la caracterizamos por sus efectos nocivos, la famosa maldición está lejos de aplicar al caso argentino. Aunque depende del agro, Argentina tiene una industria incipiente que también exporta, de modo que lo nuestro no ha sido puro extractivismo. Lo que sí hemos sufrido son pujas (directas o indirectas) por apropiarse de los frutos de las subas bruscas de los precios internacionales. En los últimos años, sin embargo, el bajo crecimiento y la creciente dependencia de las reservas para controlar el precio del dólar ha incrementado la ansiedad, porque el sector exportador se vuelve indispensable para la supervivencia sin crisis cambiarias. Y no es lo mismo aplicar políticas de consenso en momentos tranquilos que en medio de aprietos económicos y sociales serios.

Más que maldición estructural, por lo tanto, deberíamos hablar de una manifestación transitoria pero recurrente de conflictos disparados por distintos factores. Cada tanto, podríamos decir, el país sufre del hechizo de los recursos naturales, y el fantasma de la puja distributiva lo recorre.

(*) Docente e investigador de la UBA