La sociedad israelí debe decidir si acepta la continuidad de Netanyahu

4 de enero, 2021

La sociedad israelí debe decidir si acepta la continuidad de Netanyahu

Por Atilio Molteni Embajador

Aunque los analistas israelíes tampoco pasan por un momento de gloria, destacan un hecho objetivo. En el país de Bibi Netanyahu ya no importan las brisas de derecha o izquierda a la hora de definir quién ganará las próximas elecciones. Esta cuarta y forzada contienda se habrá de definir por quienes respalden o quieran sacarse de encima al cuasivitalicio actual Primer Ministro. Y esta vez no habrá un amigo en la Casa Blanca para apoyar un pie en la balanza. Estamos frente a un plebiscito que tiene, al menos por ahora, pronóstico reservado.

Como es sabido, el 22 de diciembre Israel convocó a la cuarta elección general en dos años, debido a que la Knesset (Parlamento) no llegó a aprobar el presupuesto de 2020, lo que en ese país constituye una obligación legislativa. El Gobierno de unidad continuará en funciones interinamente hasta la elección del 23 de marzo y se forme uno nuevo, un proceso que, está visto, puede durar meses.

Esta efímera administración se formó hace siete meses por una coalición entre el Partido Likud (de derecha) y su principal rival, el Partido Azul y Blanco, identificado con la centroizquierda que preside el exComandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Benny Gantz. Antes de ese intento fracasaron dos tentativas armadas con visible escasez de oxígeno político.

La fórmula que hoy está en el poder fue viable porque Gantz  aceptó que Netanyahu permaneciera en el cargo durante su procesamiento judicial en tres casos de fraude, soborno y abuso de derecho en el desempeño de su mandato, a pesar de que las tres elecciones constituyeron un referendo acerca de si su gestión podía o no continuar, tema que desplazó la atención de los problemas más prioritarios y sustantivos de la política israelí, como la seguridad, las relaciones con los palestinos y sus vecinos, la economía y las fuertes divisiones sociales.

Ese Gobierno de unidad supuso la coparticipación entre Netanyahu como Primer Ministro y Gantz en las funciones de Primer Ministro alterno y Ministro de Defensa durante los primeros 18 meses. La fórmula preveía que, a partir del 21 de noviembre de 2021, ambos rotarían en sus responsabilidades por otro período de igual duración. La verdad es que la viabilidad de tal experimento nunca concitó muchas ilusiones.

Por lo pronto, tal receta motivó desde el vamos una fisura en el seno de Azul y Blanco, ya que muchos de sus partidarios definieron esa entente como una capitulación. Entre ellos, los dirigentes Yair Lapid y Moshe Yaalon, quienes pasaron a liderar la oposición parlamentaria con su Partido “Hay un Futuro” (de centro). A esos rebeldes pronto se unieron en la Knesset la “Lista Conjunta” de los israelíes-palestinos y otros dos Partidos de derecha: “Israel Nuestra Casa” (Yisrael Beitenu) y “Yamina”.

Por ello se originaron inmediatas dificultades a la hora de lidiar con la pandemia global, la crisis económica y las desinteligencias entre sus miembros. A raíz de estas presiones, Gantz perdió gran parte de su apoyo público, hasta tal punto que Bibi Netanyahu lo acusó de actuar como “la oposición dentro del Gobierno”, ya que sus miembros no acompañaron varias de las iniciativas políticas oficiales.

Es ocioso recordar que Netanyahu es un líder político eficiente, ya que, habiendo llegado a su quinto mandato como Primer Ministro (acumuló 14 años en el poder), su gestión permitió transformar el país, cuyas fuerzas socio-políticas dejaron de ser seculares (una de sus características centrales cuando fue creado hace más 70 años) y desarrolló la economía, fortaleció el sentimiento de chauvinismo judío, lo que implicó disminuir la tolerancia hacia otras creencias e hizo que perdiera relevancia la fórmula de los dos Estados.

En adición a ello consiguió expandir la ocupación de los territorios palestinos, sin dejar de modificar gradualmente la orientación de sus acciones políticas en virtud de las apetencias de la mayoría del electorado.

Ciertos analistas sostienen que la consolidación de su presencia en el poder lo llevó a dar prioridad a sus propios intereses electoralistas, a ser inmune ante la Justicia y obtener un estatus legal para obstaculizar el avance de sus procesamientos. Esa construcción lo indujo a buscar una decisión legislativa de la Knesset, un lance que fue rechazado por Azul y Blanco y otros Partidos de la oposición, quienes alegaron que ese status quo era un problema del sistema judicial. Tampoco le permitieron a Netanyahu que desplazara a los funcionarios judiciales y a las autoridades encargadas de investigar tanto su gestión como su conducta.

Asimismo, se suele afirmar que Netanyahu fue creando una estructura de poder que ejerce tensión permanente, lo que debilitó el impulso de la coalición. Según tales especulaciones, el cálculo residía en concluir sus compromisos de alternancia con Gantz mediante una nueva e inducida convocatoria electoral, a fin de que Bibi pudiera obtener un nuevo mandato con el apoyo de los partidos ortodoxos (Shas y Judíos Unidos de la Torá) y de otras figuras políticas de derecha. Esa sería la razón por la que los parlamentarios del Likud demoraron un acuerdo presupuestario, a pesar de que todos conocían la necesidad de hacer frente a los problemas económicos originados por la gravedad de la pandemia y por las tres cuarentenas forzosas declaradas por el Gobierno.

A esta altura, y por primera vez desde su retorno al poder en 2009, Netanyahu comenzó a tener problemas en su propio partido. Unas de esas dificultades emergieron al saberse que uno de sus líderes, Gideon Saar, cambió el mapa político al anunciar que le soltaba la mano a Bibi para formar una agrupación de derecha, “Nueva Esperanza”, acusándolo de transformar al Likud en una secta infectada por el culto a su personalidad.  Saar tenía larga trayectoria en el Likud, al cobrar notoriedad como Jefe de Gabinete de Ariel Sharon y miembro de la Knesset desde 2003; luego como ministro de Educación (2009-2013) y de Interior (2013-2014).

Ante las elecciones de marzo, la derecha israelí se halla en estos momentos representada por el Likud, que según las encuestas del pasado 26 de diciembre sigue ostentando el respaldo de un Partido mayoritario que podría obtener 28 bancas, el “Partido Nueva Esperanza”, de Gideon Saar con 19, “Yamina”, de Naftali Bennett con 13 e “Yisrael Beitenu” de Avigdor Liberman con 7.

Esos tres últimos dirigentes se caracterizan por haber sido miembros de diferentes Gobiernos encabezados por Netanyahu. Por el contrario, en estos días el lema de muchos de sus partidarios es “cualquiera menos Netanyahu”. Su ubicación en la derecha política se origina más en las rivalidades y ambiciones personales, que en diferencias programáticas notables. Todos indican que el actual Primer Ministro concluyó su ciclo.

Estos indicios sugieren que, por primera vez, Bibi Netanyahu parece vulnerable. No sólo está obligado a lidiar con opositores creíbles de la derecha que tienen la capacidad de formar una coalición mayoritaria en la Knesset (120 bancas), sino también con los que generan ruidos molestos. Tanto Gideon Saar como Naftali Bennett (que es un líder carismático y muy popular), podrían obtener el apoyo de los partidos ortodoxos y de muchos de los votantes nacionalistas que emigraron de las filas de Azul y Blanco.

En el centro izquierda, el Partido “Yesh Atit”, creado en 2012 por el columnista y conductor de televisión Yair Lapid, otro ex ministro de Netanyahu, es el que se muestra más sólido (podría obtener 16 bancas) y sumarse así, con armas y bagaje, a una eventual coalición de la derecha.

El otrora clave Azul y Blanco, presidido por Gantz, perdió la posición predominante que tuvo y hasta podría no llegar a superar el umbral de votos requerido para ingresar en la Knesset. En esa situación se ubican también el centro izquierda del Partido Meretz, el Laborista y una nueva organización partidaria creada en diciembre último por el prestigioso intendente de Tel Aviv, Ron Huldai, mientras existen otras fuerzas en gestación. Por su parte, la “Lista Conjunta” de los israelíes-palestinos, no suele sumarse a los gobiernos de coalición.

La política israelí hoy parece concebida por un ovillo de gato.