Economía de manual

5 de enero, 2021

Economía de manual

Por Pablo Mira (*)

En mi juventud se me ocurrió preguntar a una estudiante de Sociología qué material utilizaban para formarse. Me miró extrañada y luego contestó con una frase elusiva que contenía la palabra “textos”. Mencionó textos de Weber, de Marx, de Bourdieu… pero mi consulta era distinta. Yo quería entender de qué iba la Sociología y, por lo tanto, interrogaba sobre el manual de la disciplina, es decir, sobre el saber establecido y organizado en un compendio abarcativo. La insistencia no valió de mucho y fui despachado prontamente con un “eso no existe”.

Desde entonces, siempre me sorprendió que una ciencia social como la Economía estuviera repleta de manuales, y que otra ciencia social como la Sociología no dispusiera de ninguno (al menos en aquella época). La Antropología y las Ciencias Políticas tampoco parecen contar con este útil artefacto. En cuanto a la Historia y la Geografía, si bien disponen de “manuales”, éstos suelen ser registros de hechos más que teorías sobre el comportamiento y las interacciones humanas. La Economía, sin embargo, estudia el comportamiento humano y está llena de compendios que resumen sus explicaciones. ¿Por qué?

La mejor forma de empezar a responderse esta pregunta es apelando a la definición de “manual”. Según la Real Academia Española, se trata de un libro que compendia lo sustancial de una materia. Por lo tanto, el manual asume que esa sustancia es conocida por todos. Además, un manual debe ser fácil de comprender, cumplir una tarea divulgativa. En Física, todos los libros divulgativos se parecen porque el centro de la teoría es ampliamente aceptado y compartido. Cada manual procura explicar de la manera más clara posible estos conceptos comunes. En las ciencias sociales fuera de la economía, en cambio, los consensos son limitados y las teorías menos precisas, y por eso se leen “textos” de algún autor en particular más que un conjunto de ideas organizadas y conciliadas.

La economía es un intermedio tan fascinante como problemático. Podemos extraer algunos principios comunes, pero la aceptación de la teoría dista de ser generalizada. Ciertas ideas parecen valiosas miradas bajo el prisma de una corriente de pensamiento económico afín, pero son consideradas erróneas si se las evalúa desde una posición ideológica contraria. Esta dificultad hace que la “objetividad” sobre la teoría económica que se aprende en un manual deba simplemente ser asumida por su autor. Esto es un poco lo que le pasó al texto de (macro)economía de Gregory Mankiw, uno de los más utilizados del mundo, cuando un instituto de economistas disidentes evaluaron sus aseveraciones más contundentes. Encontraron errores, omisiones, y lo que es más grave: una falta de concordancia entre las teorías que el autor consideraba “ampliamente consensuadas” y la evidencia empírica disponible. Lo que más preocupa a estos críticos es que el libro de Mankiw ha sido leído por millones de estudiantes en todo el mundo, que ingresan entonces al mundo de la economía con un conjunto de prejuicios, algunos razonablemente ciertos, y otros más que dudosos.

Una vez que descartamos la deshonestidad intelectual, vale preguntarse qué es lo que lleva a autores como Mankiw a estar tan seguros de lo que escriben acerca, insistimos, de una ciencia que es eminentemente social. La respuesta más a mano que tengo es que el arsenal formal que han desarrollado los economistas les ha dado, como ha sostenido el economista Ricardo Caballero en un artículo aparecido tras la crisis de 2009, la ilusión de disponer del conocimiento definitivo (“pretense of knowledge syndrome”). Como la matemática es lo más parecido a la verdad que tenemos, el uso de herramental analítico nos transporta al mundo de lo preciso y lo certero, y nos hace perder de vista la necesaria perspectiva de la disciplina.

Nada de esto significa que no existan alternativas, solo que no siempre son visibles o son recomendadas por los docentes, que suelen ceñirse a un estándar definido. Por ejemplo, el economista coreano Ha-Joon Chang escribió un delicioso libro de economía para el “99% de la población”, y Jean Tirole nos regaló hace poco un excelente compendio sobre “La economía del bien común”. Si bien a veces la buena organización de los manuales tradicionales ayuda a los alumnos, no está de más recordarles que existen versiones complementarias de autores críticos que vale la pena, al menos, consultar.

(*) Docente e investigador de la UBA