Argentina no puede darse el lujo de mantener cerradas las escuelas

20 de enero, 2021

Argentina no puede darse el lujo de mantener cerradas las escuelas

Por Jorge Colina (*)

Los alumnos argentinos de preescolar, primaria y secundaria perdieron todo el ciclo lectivo 2020. De cara al ciclo 2021, los infectólogos y los sindicatos docentes siguen manteniendo la tesitura de que las clases presenciales no deberían reanudarse hasta tanto la vacunación sea masiva. Los padres, por su parte, ven con mucha preocupación que sus hijos no puedan volver a las aulas repitiendo el costoso proceso de aprendizaje a distancia.

Hay que aclarar que la educación a distancia no es convertir las clases presenciales con el maestro en la pantalla de una computadora. El trabajo que el maestro hace en el aula no se puede reproducir automáticamente con cada niño o joven en su casa. El improvisado cambio que se hizo en marzo del 2020 supone, en la mayoría de los casos, una caída en la calidad de la enseñanza y, por lo tanto, en la calidad de los aprendizajes. De aquí que la preocupación de los padres está más que justificada.

La pregunta que surge entonces es si puede la Argentina darse el lujo de no cerrar las escuelas, ante el advenimiento de una segunda ola de Covid con una cepa mucho más contagiosa, cuando los países desarrollados cierran sus escuelas.

Para evaluar la respuesta hay que tener presente que, en todos los órdenes de la vida, y en política pública no hay excepción, las decisiones tiene beneficios y costos. Entonces, mantener cerradas las escuelas tiene el beneficio de que los docentes y niños y jóvenes estarán menos expuestos al contagio y, con esto, se tendería a reducir la tasa de contagio en la comunidad. Este beneficio está condicionado a que los docentes, niños y jóvenes se queden encerrados en sus casas, cosa que no se vio que ocurra en buena parte del 2020 y que difícilmente se cumpla en el 2021.

Pero, suponiendo que los docentes se convencen de lo contrario y se encierran, y los padres encierran férreamente a sus hijos en sus casas, con lo cual el beneficio sería pleno. ¿Cuáles serían los costos?

Una primera aproximación a los costos los da las pruebas internacionales PISA. Estas son pruebas que se toman a nivel de todos los países desarrollados y emergentes (donde está Argentina) y miden habilidades de lectura, matemática y ciencias de los jóvenes a los 15 años. Los jóvenes de los países desarrollados tienen un puntaje promedio en las pruebas PISA de 500 puntos mientas que los jóvenes de Argentina tienen puntajes de alrededor de 420 puntos. Según los evaluadores de PISA, 40 puntos de diferencia es equivalente a un año de estudio. Por lo tanto, si los jóvenes argentinos tienen en promedio 80 puntos menos es como que tienen dos años menos de estudio.

Más preocupante aun es la desigualdad al interior del sistema educativo argentino, ya que entre los jóvenes que asisten a escuelas privadas y los que asisten a escuelas pública la diferencia es de 60 puntos, o sea, un año y medio de estudios de diferencia.

Algunos referentes educativos señalan que estos datos no son válidos porque los produce una visión y organismos internacionales que responden a motivaciones imperialistas y neoliberales. Esto hace aconsejable, entonces, buscar fuentes alternativas y locales.

Las pruebas Aprender son pruebas que hace el Ministerio de Educación de la Nación de Argentina. Según esta fuente, el 40% de los jóvenes en secundaria tiene capacidades de lectura apenas básicas o inferior a básico. Esto implica que no alcanzan los niveles satisfactorio o avanzado. Entre los jóvenes de las escuelas privadas, el 22% no alcanza a niveles satisfactorio o avanzado, mientras que en los jóvenes de las escuelas públicas el 47% no alcanza los niveles satisfactorio o avanzado. O sea, la mitad de los jóvenes en las escuelas del Estado no tiene capacidad de lectura, según Ministerio de Educación argentino.

Entonces, los datos internacionales y nacionales coinciden en que los aprendizajes en el sistema educativo argentino están muy deteriorados y que hay mucha desigualdad de aprendizajes entre escuelas privadas y públicas.

De todas formas, estos resultados son previos al Covid-19. Ahora se tiene una pandemia que amerita tomar acciones extraordinarias, como encerrar a los docentes y alumnos y que sigan las clases a distancia. Aquí aparecen otros datos relevantes. Según las pruebas Aprender, el 42% de los alumnos de las escuelas públicas vive hacinado, cuando sólo el 25% de los de las escuelas privadas presenta hacinamiento. Los datos del Indec señalan que prácticamente la mitad de los hogares pobres no tiene computadora. Entonces, mantener cerradas las escuelas por el Covid va a profundizar la desigualdad educativa y esto, la desigualdad social cuando estos niños y jóvenes se incorporen al mercado laboral.

En suma, ante la pregunta de si puede Argentina darse el lujo de no cerrar las escuelas ante la llegada de la segunda ola y la nueva cepa de Covid, la respuesta es: Argentina no puede darse el lujo –que sí se dan los países desarrollados– de mantener cerradas las escuelas. Porque si lo hace, la sociedad minimizará el contagio de Covid-19, pero causará una tragedia educativa.

(*) Idesa