Si el horizonte de planificación son las elecciones de 2021, un nuevo fracaso está garantizado

9 de diciembre, 2020

Si el horizonte de planificación son las elecciones de 2021, un nuevo fracaso está garantizado

Por Juan Eduardo Barrera (*)

La irrupción del coronavirus ha evidenciado tal grado de interdependencia y vulnerabilidad global que obligara a un replanteo generalizado. Porque si algo nos ha enseñado esta pandemia es que nadie está a salvo. Nadie se salva solo ni como individuo ni como sociedad, ni como país.

En nuestro caso, ha venido a llover sobre mojado en una sociedad ya agobiada por muchos años de estancamiento económico, profundas desigualdades sociales y crispación política y, por lo tanto, urgida de necesidad de cambios profundos.

La prioridad ha sido hasta ahora salvaguardar la seguridad y la salud de las personas, tratando de mitigar al mismo tiempo el impacto sobre el empleo y la economía. Pero esas urgencias tácticas defensivas no debieran hacernos perder de vista ni postergar indefinidamente la necesidad de abordar las cuestiones estratégicas de fondo y por sobre todas las cosas ser mas proactivos en tratar de identificar y aprovechar las oportunidades que la propia crisis también genera.

El desafío planteado es enorme y de su adecuada comprensión, visión estratégica, altura de miras, generosidad política, sentido de estado, y sustentabilidad en las propuestas, surgirá un país u otro.

Por ello, por lo mucho que nos jugamos, es imprescindible alcanzar los acuerdos políticos necesarios que creen un clima de mayor tranquilidad y confianza y generen una dinámica de participación y colaboración que aseguren el mayor nivel de consenso para las principales decisiones que la excepcionalidad de la crisis demanda. Una crisis inédita que, por su magnitud, demanda una respuesta igualmente excepcional.

Comenzando por los propios partidos políticos que, con la mira puesta en las próximas elecciones, siguen apostando por la polarización sin asumir su responsabilidad en el fracaso colectivo, ni entender que hoy son más el recuerdo del fracaso que una promesa de futuro. Siguen sin tomar conciencia de que, como dice Goirgolzarri, “la crispación no salva vidas ni genera empleos”, que es hoy lo que la sociedad demanda.

Tampoco es ajena a este estado de crispación permanente la propia sociedad civil y los medios de comunicación. En efecto, todos debemos entender que refugiarnos en nuestras identidades tribales, culpando a los de la otra tribu de todos los males, levantando muros en lugar de tender puentes, y perpetuando estas formas reduccionistas de pensar y actuar no solo no ayuda, sino que nos convierte en parte del problema, no de la solución.

Por el contrario, la evidencia histórica muestra que las mayores transformaciones sociales se han producido cuando ha habido comunidad de propósitos y su sustentabilidad ha estado basada en la suma de esfuerzos. Es decir, el éxito es siempre colaborativo. Es hijo de la generosidad y la inclusión y huye de la simplificación y los protagonismos excluyentes.

Por tanto, es el tiempo de pactos políticos con visión de estadista y sentido de Estado. Tiempo para repensar el país y repensarnos como sociedad, si de verdad tenemos propósito de enmienda y voluntad de cambio. ¿Qué queremos ser de mayores? ¿Qué sitio pretendemos ocupar en este mundo? ¿Qué planes tenemos para cuando maduremos como sociedad? ¿Dónde nos gustaría que nos encontrase el 2030?

Una vez que seamos capaces de responder esas preguntas estratégicas, que tanto las empresas como las personas de éxito se hacen a menudo, el próximo paso es la elaboración de un plan estratégico basado en el consenso y con la activa participación de los partidos políticos, los agentes económicos y sociales, y representantes de la sociedad civil, consolidando una verdadera conciencia colectiva.

Ese plan, al ser de todos, es el que puede, por tanto, ser respetado/cumplido por todos, al menos hasta que Argentina alcance los objetivos estratégicos. Por ejemplo, que el PIB/cápita sea X, o que la pobreza se reduzca por debajo de X% en 2030. Una vez que se alcancen los objetivos finalistas del plan, puede volver la lucha política en un país ya más sosegado y sustentable.

Mientras dure el plan los partidos tendrán que abandonar la lucha fratricida y suicida de hoy para comenzar a diferenciarse en proponer mejoras en las instituciones, los equipos y las estrategias en función de los distintos escenarios que se vayan planteando. Tendría que ser como una carrera de postas en la que los partidos se vayan pasando unos a otros como testigo versiones mejoradas del plan.

Así y solo así mirando lejos con generosidad, inteligencia y perseverancia, otra Argentina es posible. Por el contrario, si el horizonte de planificación del Gobierno y la oposición son las elecciones del 2021, un nuevo fracaso argentino está garantizado.

Hay espejos donde mirarse. Casos de éxito relativamente cercanos como los pactos de La Moncloa de los cuales se puede aprender y adaptar. Y en lo posible no confundir con pactos económicos y sociales que son pactos más bien corporativos, no políticos. A modo de ejemplo vale considerar que en los de La Moncloa, inspirados en una crisis parecida a la que enfrenta Argentina hoy, no intervinieron directamente ni los empresarios ni los sindicatos.

A menudo se pone como excusa que la pregunta de con quien sentarse en esa mesa. La repuesta es bastante obvia. Hay que sentarse con los que están. Con los que son. Es lo que hay, como dicen los españoles. Si hubieran otros líderes, si fuesen diferentes, seguramente no estaríamos tan mal ni estos pactos serian tan necesarios.

Nuestra vehemencia por discutir el pasado para asignarle el fracaso al otro refleja también la falta de capacidad de ambas partes para imaginar un futuro mejor. A nadie amarga un dulce. Ninguna sociedad renunciaría a un futuro mejor, solo por mantener un tan pretendido como sobre actuado afán de justicia, sobre los otros.

La propuesta argumentada de un futuro prometedor puede ser la llave que destrabe las insustanciales e inconducentes discusiones actuales disfrazadas de ideologías para reforzar argumentos que no se sostienen en los hechos.

(*) Exsecretario de Minería