Políticas macro y la crisis del Covid-19

24 de diciembre, 2020

Políticas macro y la crisis del Covid-19

Por Héctor Rubini  Economista de la Universidad del Salvador (USAL)

El horrible año 2020 quedará en los textos de historia y de economía por generaciones. El extraordinario daño humano y económico del Covid-19 lejos está de llegar a su fin. Lo único que queda fuera de discusión es que ha destrozado la trabajosa recuperación económica mundial poscrisis subprime, y recreado no pocas dudas sobre la eficacia de las políticas macro convencionales para contrarrestar y revertir depresiones económicas generalizadas.

El problema que se ha agudizado, tanto en países con estabilidad de precios, como en el lamentable club de países inflacionarios, es el de la viabilidad de las estrategias macro requeridas para superar la crisis sanitaria y económica mundial en curso.

En los países desarrollados las combinaciones (o “mix”) de políticas macroeconómicas enfrentan un escenario muy complejo. La salida de la crisis subprime se logró gradualmente de la mano de un fuerte expansionismo fiscal y monetario para recuperar la demanda y contener expectativas deflacionarias. La pandemia de coronavirus destrozó demanda y oferta agregada en todo el mundo.

En los países desarrollados se optó por la misma reacción, pero partiendo de un ciclo de 12 años de fuerte aumento del stock de dinero y deuda pública emitida por los gobiernos. Afrontar el golpe del Covid-19 con tasas de interés en torno de cero, torna incierto el cómo seguir si la pandemia se prolonga por varios trimestres, y sin vacunas suficientes, ni certezas sobre su real seguridad y efectividad. Evitar crisis de liquidez y conflictos políticos inmanejables son dos desafíos fundamentales para los países desarrollados. A esto se ha sumado, luego de la subprime, la emergencia de gobiernos populistas tratando de contentar a sus electorados con diversas formas de intervencionismo discrecional.

Sostener tasas de interés estables cercanas a cero inyectando dinero no va a ser fácil. Tampoco asegurar una recuperación sin default de deudas públicas o privadas si se tarda en controlar la pandemia y aumenta la presión sobre los gobiernos para expandir el gasto mientras la actividad económica y la recaudación tributaria no se recuperan de manera rápida y sostenida.

Los gobiernos de los países desarrollados seguirán luchando contra la deflación mientras prevalezca la incertidumbre y la firmeza del ahorro precautorio. Sólo se percibe demanda sostenida para segmentos con futuro aparentemente promisorio para la crisis y la poscrisis (empresas de sector biotecnológico, TICs, criptomonedas y deuda pública de países investment-grade). Una deflación aumentaría el valor real de las deudas y no garantizaría una caída de precios a menor velocidad que la de los salarios nominales. La realidad preanuncia la continuidad de “mix” de políticas fiscales y monetarias activas y simultáneas.

En los países emergentes, el panorama es diferente. Para los más grandes, el problema es el de sostener flujos de divisas, y sin depender de movimientos de capitales de corto plazo. Aun bajo el supuesto de cierta recuperación de Europa, Japón y América del Norte, los llamados Brics sólo tendrían incentivos a privilegiar preferencias selectivas en materia comercial y de apertura a inversiones extranjeras. Nada asegura, ex ante, su recuperación, si bien al menos se perciben buenas señales en China y, en menor medida, en Brasil.

El resto de los emergentes no enfrenta mejores perspectivas mucho mejores. Son países golpeados por caída del comercio exterior de bienes y de servicios. Los más dependientes del turismo se encuentran muy complicados. En esos casos, el mantenimiento de políticas convencionales no inflacionarias seguirá condicionada a los rebrotes del Covid-19 y a las dificultades asociadas a nuevas cuarentenas. Si las ayudas oficiales se tornan insuficientes, el sector privado de estos países se verá forzado, tarde o temprano, a liquidar activos y a precios decrecientes. Esto puede forzar a reprogramaciones y defaults de deudas, poniendo en riesgo la estabilidad de sus sistemas financieros y la solvencia de sus gobiernos.

En el subgrupo de emergentes de alta inflación, la situación es peor, con problemas en el frente externo y en sus cuentas fiscales. En esos casos, el emisionismo monetario no será fácil de abandonar para contener el impacto de la caída de actividad y del empleo, pero no es claro cómo lograrán que sus tasas de inflación inicien una efectiva convergencia a la del resto del mundo.

A diferencia de la prioridad de los ’80, el paradigma predominante no es el de la independencia de los bancos centrales. Pero es claro, también, que el expansionismo monetario pierde efectividad si no se revierten las expectativas deflacionistas, ni siquiera con tasas de interés “clavadas” en torno de cero.

En los países de inflación alta, volátil y con sustitución de moneda local por extranjera la situación es más compleja. El expansionismo fiscal asoma como alternativa, pero no es suficiente para revertir expectativas ni la incertidumbre, especialmente en los países de moderada-alta inflación, especialmente en los que enfrentan exigentes vencimientos de deuda pública, tanto interna como externa. Peor aún, en varios la sustitución de monedas es el espejo de la pérdida de credibilidad en la persistente dominancia fiscal y regulatoria sobre la política monetaria. Algunos observadores celebran las estrategias de reprogramaciones de pasivos como “logros” de estos gobiernos, pero nada resuelven si sigue cayendo la tasa de inversión, y no se revierte una realidad de persistentes déficit fiscales con devaluaciones y tasas de inflación reprimidas, aun bajo alta inflación.

El desafío en estos casos no pasa por resucitar el consumo para una recuperación económica permanente, no cíclica, sino por atraer proyectos de inversión, y que pasen de la fase de “proyecto” a la de “ejecución”. Bajo alta inflación coexiste el dúo fatídico de exceso de demanda agregada con derrumbe de la oferta agregada. Ninguno de los 10-12 países de mayor inflación del mundo (entre otros el nuestro) está fuera de un sendero de caída permanente del PIB y del PIB per cápita. Alta inflación, empobrecimiento y políticas macro insostenibles en general reflejan percepciones de inestabilidad de reglas de juego crónicas, provenientes de varios gobiernos anteriores, y difíciles de revertir por las administraciones actuales. El problema para estos gobiernos no es sólo de “ser” macroeconómicamente coherentes y sostenibles, sino el de “parecerlos”. Y esto exige nos sólo cambios en prácticas y reglas de decisión de las autoridades, sino también en marcos regulatorios hostiles a la inversión y a las actividades empresariales.

La situación se torna más difícil para los países más empobrecidos y con escasez de divisas. En esos casos, sin ayuda externa, es más que claro que tanto el diseño de la política fiscal y monetaria, como el de las demás políticas macro requiere una cuidadosa evaluación de sus impactos distributivos. Pero también repensar qué tipo de “mix” reúne condiciones mínimas de eficacia, flexibilidad y credibilidad para estabilizar expectativas y recuperar el terreno perdido en materia de inversión real y creación de empleos.