La UCR se desgarra entre propuestas ajenas de peronistas y macristas

14 de diciembre, 2020

La UCR se desgarra entre propuestas ajenas de peronistas y macristas

Por Oscar Muiño

El radicalismo afronta la peor crisis de su historia. Más grave que la debacle de la Alianza. Aquella vez sufría el derrumbe económico. Ahora vacila sobre su razón de ser. Está en juego su alma.

La asunción de una mirada sobre la patria futura es consustancial a todo partido, en cualquier país. De ella surgen qué actores sociales, culturales, políticos y económicos aspira defender, los ciudadanos a los que busca representar, las ideas que decide propagar.

La UCR lleva una década sin hablar. Su sorprendente capitulación durante el cuatrienio macrista cedió protagonismo, voz, decisiones y políticas al PRO. Para ser preciso, al sector más reacio a la negociación, que encabezaba el propio presidente Mauricio Macri y su escudero Marcos Peña. En eso fueron exitosos: convencieron a los radicales que Cambiemos era “una coalición electoral y no una coalición de gobierno”. Inexplicable. E inexistente. En el mundo hay coaliciones electorales que siempre son de gobierno y coaliciones de gobierno que a veces nacen después del comicio (sobre todo en regímenes parlamentarios). Ofrecer el aparato, los votos, la historia y la militancia a cambio de nada no exhibe ejemplos. No es así en Uruguay, en Chile, en Brasil, en España, en Italia, en Alemania, en Bélgica, en Holanda, en Dinamarca. Siguen las firmas….

Salvo excepción, la UCR no levantó cuestionamientos tronantes como varios de Elisa Carrió, quien –con su sola voz, casi sin partido, con pocos funcionarios y un mínimo bloque de diputados – logró corregir algunas extravagancias de la Casa Rosada. Decisión, liderazgo y la amenaza de romper.

Los sonidos del silencio

La UCR no sólo careció de poder en el Poder Ejecutivo sino de voz en la arena electoral. No hay radicales en la fórmula presidencial desde 2011 ni candidatos a gobernador de Buenos Aires desde 2007. Semejante mudez lleva al olvido. La silueta se va achicando, con audiencias menguantes. Si bien la UCR conserva la base territorial, carece de medios de comunicación propios y de redes sociales suficientes. Si se agrega la falta de voz en las campañas decisivas…

Aún es vigorosa en la mayor parte de las provincias, con militancia y protagonismo. Es competitiva. Y no sólo en alcaldías menores. En 2015, su candidato Martín Lousteau estuvo a centímetros de doblegar a Horacio Rodríguez Larreta en la elección por el control de la CABA, el distrito estrella del PRO en el esplendor macrista.

Las organizaciones partidarias se deslizan por diferentes arenas. Entre las más importantes: la ideológica y la política. La ideológica adopta una visión sobre la sociedad y el Estado, la igualdad, la visión sobre un modelo deseable. La política marcha hacia la opción, la búsqueda de aliados y rivales no ya dentro del mundo simbólico y de las proyecciones, sino sobre la práctica. Toma de posiciones puntuales ante procesos y sucesos, coaliciones electorales.

El radicalismo nació para enfrentar al conservadorismo roquista. Triunfó electoralmente contra los conservadores desde 1916 hasta 1930, fue proscripto luego, vencido con fraude hasta que, a partir de 1946, Juan D. Perón lo derrotó cada vez que hubo comicios. Durante el resto del siglo XX fue el principal contendor de un Partido Justicialista dominante, cuando no hegemónico hasta que Alfonsín le sacó el invicto en 1983.

La lucha política y electoral se concentra entre radicales y justicialistas. En el campo ideológico las diferencias entre el PJ y la UCR eran mucho menores. Los sindicalistas entraron por primera vez a la Casa de Gobierno en 1916, apenas Hipólito Yrigoyen asumió la presidencia, con ampliación de derechos para ferroviarios, marítimos, municipales. Los sindicatos industriales vivieron su edad de oro durante la década justicialista 1944-55.

La política económica, el rol del Estado, exhibían posturas semejantes. Basta recordar las plataformas y discursos radicales de 1963, de 1973 y 1983.

Lo mismo en política internacional. Casi todas las presidencias radicales y peronistas intentaron mantener la neutralidad en asuntos externos. Es cierto que hubo radicales aliadófilos –y hasta algún germanófilo- ante las dos guerras. El peronismo por su lado promovió al único presidente civil que decidió sujetarse a la política exterior de Estados Unidos, que fue Carlos Menem. Pero fueron excepciones. Como marcaron los diplomáticos extranjeros más perspicaces, los argentinos son neutralistas. Yrigoyen, Perón, Arturo Illia, Raúl Alfonsín, Euardo Duhalde y hasta Néstor Kirchner sostuvieron posiciones autónomas de los bloques (igual que Mitre, Sarmiento, Pellegrini y Sáenz Peña).

El antiguo radicalismo de Ricardo Balbín lograba muchos votos liberales y conservadores, pero jamás aceptó sus propuestas. Balbín, Illia y Alfonsín sabían que el radicalismo estaba destinado a enfrentar al peronismo y disputarle la confianza de las mayorías, con libretos diversos sobre la calidad institucional y las formas del Estado pero con semejanzas en la búsqueda de igualdad.

Como admiten varios radicales, “lo mejor que ofrece el kirchnerismo son sus adversarios”. Identifican en la vereda de enfrente varios de los sectores de la producción, el establishment y la prensa que enfrentaron la primavera alfonsinista. Como se sabe, no hace falta haber vivido aquel momento ya lejano: las referencias familiares y los símbolos suelen trasmitir ideas muy precisas sobre la historia política.

Los últimos dos candidatos presidenciales (Leopoldo Moreau y Ricardo Alfonsín) se han corrido de la UCR, de modo diverso. Muy diversas actitudes con un tema común: ambos creen que la UCR oficial ha abandonado banderas ideológicas y girado hacia un liberalismo conservador. Moreau –postulante presidencial de la UCR en 2003- viró hacia el cristinismo en el crepúsculo de la administración kirchnerista, luego de haber sido derrotado en la interna de la provincia de Buenos Aires. Hoy Moreau está considerado por CFK uno de sus más talentosos consejeros.

Su vencedor, Ricardo Alfonsín, fue candidato a gobernador en 2007 y encabezó la fórmula de la UCR en 2011. Fue el último: en 2015 y 2019 no hubo postulante radical a la presidencia ni a la vice. Alfonsín aceptó representar a la Argentina de Alberto Fernández en la Embajada de Madrid. Había rechazado una oferta similar de Mauricio Macri años atrás. No se trata, entonces, de lograr una sinecura sino, muy por el contrario, de una opción. Ricardo Alfonsín privilegió las semejanzas ideológicas –aquellas posturas comunes sobre el Estado, los desposeídos y el mundo- sin advertir que en la Argentina los ciudadanos dispuestos a votar radicalismo se nutren de las planicies del no peronismo. Recuperar liderazgo es virtualmente imposible si esas franjas presumen que el corrimiento acompaña al peronismo. Muy semejante lo que ocurre, en espejo, en las planicies justicialistas. La historia no muestra radicales que tengan proyección si sus votantes presumen pactos con el PJ.

La mayoría de los jefes radicales saben eso, pero olvidan la ideología y la historia. No pocos dirigentes radicales se han acostumbrado a repetir palabras como “atrasa cincuenta años”, “eso no va más”, “hay que modernizarse”. Frases como esta son muy semejantes a las que les endilgaron a las presidencias de Illia y del propio Alfonsín sus opositores conservadores. Habituales banderolas anti-radicales.

Su admiración hacia las nuevas tecnologías omite la vigorosa reacción que está despertando su posición dominante. Google y otros gigantes tecnológicos están siendo cuestionados por el Congreso de Estados Unidos, por la Corte de Apelaciones de París y por otras instituciones de naciones insospechables de actitudes antimercado. Antes bien, la ofensiva contra los grandotes apunta a dar mayor transparencia y competitividad al mercado.

Incluso algunos radicales que se definen socialdemócratas han adoptado un discurso que está en las antípodas del reformismo social. Pueden alegar que buena parte de la socialdemocracia europea también ha claudicado, acaso porque no ha encontrado la vuelta de cómo enfrentar el vigoroso avance del sentido común conservador dentro de sus sociedades.

Pero los radicales nunca ganarán desde posturas conservadoras. Si asumen tales banderas –como lo están haciendo algunos de sus principales think-tank- marcharán hacia la intrascendencia.

Sería una pena que el radicalismo languideciera hasta extinguirse o devenir irrelevante. La Argentina necesita, desesperadamente, una opción tan comprometida con el respeto a las instituciones como por las demandas insatisfechas de la pobreza estructural. Y de fuerzas que convoquen al diálogo y el acuerdo. Si la UCR rehusara ese papel, no sólo comenzará su adiós, sino que surgirán nuevos postulantes para cubrir esa falencia. Si eso no ocurriera, la opción sería más grave: los fantasmas de las desavenencias civiles se tornarán cada vez más sombrías, enfrentando a republicanos sin compasión social con populistas sin respeto institucional. Y nadie podrá ganar.