El coronavirus y un dilema casi bíblico: colapso o sostenibilidad  

14 de diciembre, 2020

El coronavirus y un dilema casi bíblico: colapso o sostenibilidad  

Por Sergio R. Palacios (*)

No profeso ninguna religión. Solo sigo las enseñanzas de la naturaleza y de los humanos que la entendieron a lo largo de la historia. Sin embargo, las escrituras son siempre un lugar donde abunda la sabiduría. Todas las religiones siguen reglas escritas y muchas de ellas son buenas guías para la vida. En mi cabeza ronda ahora un breve párrafo de las “Cartas a los Romanos” del apóstol Pablo: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Cap.12.2). 

Hace años que muchas personas e instituciones que se dedican a pensar sin estar atada su libertad a intereses ajenos a la ciencia, vienen advirtiendo que el planeta tiene frente a si un iceberg y que si continuamos igual chocaremos con el sin remedio, más pronto que tarde. El iceberg tiene nombre: cambio climático. Su producción y consecuencias se vienen advirtiendo al detalle, bastando repasar los permanentes informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) [i].

La humanidad -es una paradoja- vive un momento inédito. Estamos en un estadio tecnológico y de integración que nos permite producir y distribuir información y conocimiento, sin fronteras y en forma gratuita. Es una era que deja poco margen para las excusas: no sabíamos; nunca lo imaginamos; no teníamos aviso; estamos sorprendidos y muchas otras frases negacionistas frente al estado de cosas que se evidencia con muchas problemáticas que están a la vista.

Antes y después de esta crisis global desatada por el Covid-19, el calentamiento global seguirá llevándonos de la mano a un colapso donde dependiendo del territorio -poblaciones costeras y países pobres-  las consecuencias impactaran con más fuerza. Muchos gobiernos y personas no son conscientes que debemos cambiar drásticamente nuestra forma de vivir, de producir y consumir si queremos tener aún un planeta que nos ofrezca albergue, agua y comida.

Pero un día nos levantamos con un virus que se expande sin freno por todo el mundo. Una vez más “descubrimos” que llegó la globalización y volvemos a darnos cuenta que las fronteras y muros son parte de una ilusión o proyecto político aislacionista, a veces con inspiración antidemocrática. Pero también debemos asumir que el cambio climático es una obra humana que impacta en forma terminal sobre la biodiversidad y, por ello, sobre todos los ecosistemas: especies desaparecen, otras sufren mutaciones y en otros casos deben adaptarse al cambio de condiciones en sus hábitats. “Los cambios de temperatura, precipitaciones o humedad afectan al comportamiento y a la estacionalidad y abundancia de los vectores, así como a la de los hospedadores intermediarios o la de los reservorios naturales (…) Otras variables climáticas, como la humedad o el déficit de saturación atmosférico (que mide la carencia de agua en el aire) implican cambios en las tasas de mortalidad de la población de vectores. Se comprueba así que el equilibrio en el que se encuentran las poblaciones naturales de artrópodos vectores es inestable. Estas variaciones en la expresión del ciclo vital conducen inevitablemente a cambios en la naturaleza, dispersión e incidencia de las enfermedades producidas por los patógenos que pueden vehicular. Por ello, es de esperar que el impacto de los cambios en el clima sobre el ciclo vital de los vectores, se manifieste con cambios en las tasas de transmisión de los agentes patógenos que transmiten” [ii].

Esto está unido al hecho de que China, como nueva gran potencia económica global, es, junto a EE.UU., la mayor generadora de GEI (gases de efecto invernadero). El gigante de oriente afronta un problema colosal de contaminación y, por ello, de afectación a sus ecosistemas. El dato es relevante porque especies que sufren los impactos de los trastornos climáticos tienen luego contactos directos con los humanos en los mercados de alimentos. “En China, los contactos cercanos entre humanos y animales de alimentación han resultado en la transmisión de muchos microbios de animales a humanos. Las dos enfermedades infecciosas más notables en los últimos años son el síndrome respiratorio agudo severo y la gripe aviar. En esta revisión, estas dos infecciones virales zoonóticas graves transmitidas por vía respiratoria, con potencial pandémico, se utilizan como modelos para ilustrar el papel de los mercados húmedos chinos en su aparición, amplificación y diseminación (…) Dos grupos de investigación descubrieron de forma independiente la presencia de virus similares a coronavirus del síndrome respiratorio agudo severo en murciélagos de herradura. También se descubrió una sorprendente diversidad de coronavirus en diferentes especies de murciélagos”. [iii]

El Covid-19 sería resultado de estos impactos: ratas, murciélagos, monos, todos son afectados y desde sus organismos brotan las consecuencias que luego nos atacan a los humanos.

La crisis desatada por el coronavirus, esperemos, sea superada, no sin dolor, con muchas muertes y enormes pérdidas económicas. La ciencia en estos meses fue desarrollando diversas vacunas, pero aun con vacuna no podremos seguir ignorando que somos nosotros los autores monopólicos de los problemas que luego sufrimos. Cambio Climático y futuras enfermedades se integran formando un círculo vicioso.

Una de las lecciones que estamos aprendiendo (o confirmando) es que las personas, instituciones públicas, y organizaciones de todo tipo, parecen reaccionar por miedo y no por razón aun en pleno Siglo XXI. Hasta no vivirlo en carne propia, ver el sufrimiento o peligro en la puerta de casa, no reaccionamos. Inclusive teniendo toda la información y evidencias, como ocurre con el calentamiento global.

Los humanos actuamos como la rana en aquel experimento muy difundido de la olla con agua. Si colocamos a una rana en una olla con agua hirviendo, ni bien entre en el agua, su reacción instantánea será dar un salto y salir de la olla. Si colocamos a la misma rana en un olla con agua fría pero con la hornalla encendida la rana se quedara quieta y se irá acostumbrando a la temperatura que paulatinamente va subiendo, hasta que sea tarde y  no pueda reaccionar.

El coronavirus es la olla global donde entramos y saltamos en el acto porque era agua hirviendo. El Cambio Climático es el peligro que nos puede llevar a un colapso total ya que ante el actuamos como si estuviésemos en la olla de agua fría, quietos, acostumbrándonos poco a poco a los cambios que se van produciendo de temperatura hasta que habrá un punto que ya será tarde y las condiciones de vida o no vida serán irreversibles. Hablamos de un mundo que bajo los escenarios evaluados por Paul Raskin [iv] puede terminar en un colapso que lleva a una sociedad global viviendo en anarquía (barbarización) o bajo un estado policial (mundo fortaleza) con muros que dividan a pocos sobrevivientes con algún recurso de un lado, y a muchos marginados con poco o nada del otro lado. Pensemos en una sociedad global donde se pelea por agua, aire sano y comida, elementos que tendrán más valor que el oro.

El día después de la crisis del coronavirus nos encontraremos, tanto a nivel global como cada sociedad local, frente a dos caminos que nos llevaran al futuro. Uno, el que hasta aquí hemos tomado con dirección al colapso seguro como consecuencia del Cambio Climático y otro que puede llevarnos a una vida duradera para nosotros y nuestra descendencia, el camino de la sostenibilidad. El colapso es resultado del agotamiento de un paradigma que fija que la naturaleza y el planeta se deben adaptar a la voluntad, deseos y sed de consumo de los humanos. La sostenibilidad es el nuevo paradigma que cambia esa idea y propone que seamos los humanos quienes adaptemos nuestra forma de vida a los recursos limitados que el planeta tiene. Así, no alterar las condiciones de vida en la biosfera y garantizar una vida sana y con recursos abundantes para toda la humanidad. No agotar los recursos ni destruir los ecosistemas sino aprovechar la energía que los elementos generan en forma abundante en un ciclo de renovación permanente. Salir de la era del carbón y petróleo para entrar en la prosperidad de la energía solar, eólica, oceánica, geotérmica. Construir un modelo productivo y de consumo donde los residuos son reintroducidos al sistema para ser utilizados una y otra vez (economía circular) y emprender un proceso sostenido de inversión en la “Economía Azul”.

Los dos recursos más desaprovechados en la economía son los más potentes para asegurar una vida sostenible no para algunos sino para todos: la creatividad humana y las fuerzas de la naturaleza. La economía azul es el resultado de unir y maximizar la fuerza de esos dos recursos. Gunter Pauli [v] describe una economía que emule el funcionamiento de los ecosistemas aplicando la física, la química y la biología con materiales renovables y mediante prácticas sostenibles. Hoy funciona con desarrollos tecnológicos y planes de negocios en marcha en muchos lugares del mundo. Para nuestro país, el propio Pauli describió todos los proyectos con potencial real que ya podrían desarrollarse en cada región de nuestra geografía, en un trabajo llamado “Plan A: la transformación de la economía argentina”[vi], que es de libre acceso en la web.

Tanto Pablo con sus epístolas, como el consenso científico mundial, nos recomiendan cambiar, mejorar nuestro mundo. Apreciar que no siempre la palabra progreso se escribe con las mismas letras de un siglo a otro. Que vivir en una gran ciudad no genera hoy el bienestar de muchas décadas atrás; que sumar bienes no aumenta la felicidad; que la vida en los pueblos que antes era aislamiento y obstáculo de progreso hoy son lugares donde se vive mejor y nuestros hijos juegan en la vereda. Pasado el coronavirus nos debemos un debate sobre el futuro y la vida en sociedad. Lejos de los eslóganes o falsas etiquetas heredadas de ideologías de izquierda y derecha que hoy son un cliché. Democratizar el debate requiere abrir la cabeza y liberarla de ataduras que imponen ideologías de otra época.

(*) Abogado, Profesor de Economía Política de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la  Universidad Nacional de La Plata. Además, es Presidente de la Fundación Ciencia + Democracia y Director de “El Bosque: Información y opinión que ningún árbol puede tapar”.

[i] https://www.ipcc.ch/languages-2/spanish/

[ii] “Impactos del Cambio Climático en la Salud”; Informe, Estudios e Investigación, 2013; Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad de España, pág. 190; http://www.oscc.gob.es/docs/documentos/2013.11.18_Publ_Impacto_Cambio_Climatico_compl.pdf

[iii] Woo PC, Lau SKYuen KY; “Enfermedades infecciosas que emergen de los mercados húmedos chinos: orígenes zoonóticos de infecciones virales respiratorias graves”; NCBI, Centro Nacional de Información Biotecnológica https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16940861

[iv] Raskin, Paul y otros; “La gran transición: la promesa y atracción del futuro”; CEPAL, LC/W.96 Copyright © Naciones Unidas, agosto de 2006.

[v] Pauli, Gunter; “La Economía Azul: 10 años, 100 innovaciones, 10 millones de empleos”; TusQuets Editores; Barcelona 2010.

[vi] Pauli, Gunter; “Plan A: la transformación de la Economía Argentina”; Jurriam Kamp Editor; 2017; https://www.gunterpauli.com/uploads/7/0/3/0/70303643/plan_a_spa.pdf