La “economía social y popular” no es el camino para salir de la pobreza

23 de diciembre, 2020

La “economía social y popular” no es el camino para salir de la pobreza

Por Jorge Colina (*)

Los últimos datos del Indec señalan que de los 2,5 millones de empleos que se perdieron en los grandes aglomerados urbanos en el segundo trimestre (cuando el confinamiento fue más duro), se recuperaron un millón en el tercero. Todos fueron informales: 65% fueron como cuentapropistas y el otro 35%, asalariados no registrados.

A su vez, también salieron los datos del Indec sobre distribución del ingreso. Allí sirve observar qué sucede con el decil 1, que corresponde al 10% de los hogares urbanos que están en la indigencia y a los deciles 2 y 3, que corresponden al 20% de hogares que está en la pobreza no indigente. Esto suma 30% de hogares que son los que el Indec releva como hogares pobres.

En tiempos no-Covid, entre los hogares indigentes había más o menos 2,7 miembros que no trabajaban por cada uno que trabajaba en el hogar. Con Covid, en el segundo trimestre de 2020 este número subió a 4,5 y en el tercero se mantiene en 4,5. En términos de ayuda social, en tiempos no-Covid se computaba que había en estos hogares un no perceptor de ayuda social por cada perceptor en el hogar. En el segundo trimestre, este número subió a 1,3 y en el tercer trimestre, a 1,9. Es decir, los hogares indigentes son aquellos que en el tercer trimestre no pudieron recuperar el empleo perdido en el segundo y, además, a muchos les dejó de llegar la ayuda social.

Entre los hogares pobres no indigentes, en tiempos no-Covid la relación miembro que no trabaja por cada uno que trabaja en el hogar era de 2,2. Subió a 3,7 en el segundo trimestre y volvió a 2,4 en el tercero. En términos de ayuda social, en tiempos no-Covid se computaba que había 0,8 no perceptores por cada perceptor. Esto subió a 1 en el segundo trimestre y se quedó en 1,1 en el tercero. Esto significa que los hogares pobres, en el tercer trimestre, pudieron recuperar los empleos informales que perdieron en el segundo trimestre y mantuvieron el aumento de ayudas asistenciales recibido en el segundo trimestre. De todas formas, los miembros adultos siguieron siendo pobres porque en la informalidad las remuneraciones son muy exiguas para los tamaños de hogar extendidos que tienen.

De aquí se pueden sacar dos conclusiones. La primera es que por más que se multiplique la ayuda social, que es lo que se vio en el segundo trimestre, no siempre va a llegar a los hogares más vulnerables, que son los indigentes. Por eso sube entre estos hogares la cantidad de no perceptores por perceptor de ayuda social, aun cuando se desplegó una distribución masiva de planes sociales. Además tampoco se puede mantener ese despliegue masivo de asistencia social y por eso, en el tercer trimestre, los no perceptores por cada perceptor en los hogares indigentes pasó a ser el doble de lo que era en tiempos no-Covid. La indigencia es un núcleo muy duro no sólo de revertir sino incluso hasta de encontrar para ayudar.

La segunda conclusión es que cuando la situación económica y el mercado laboral están tan deteriorados, trabajar no garantiza salir de la pobreza. Los hogares pobres no indigentes recuperaron el empleo, pero siguen siendo pobres. La diferencia que hace el trabajo es que disminuye la vulnerabilidad. Indicio de esto es que los hogares pobres no indigente no perdieron las ayudas sociales. En el tercer trimestre, la cantidad de no perceptores por cada perceptor de ayuda social fue la misma que en el segundo. El trabajar a los adultos de estos hogares les permite estar en actividad y moverse hacia donde están las ayudas sociales (en las agrupaciones populares). En cualquier caso, trabajo informal más ayudas sociales permiten no ser indigente pero tampoco implican dejar de ser pobre.

Los países terminan con la pobreza cuando elevan la productividad económica de su población. Para esto se necesitan muchas inversiones, públicas y privadas, instituciones crediticias eficientes, instituciones laborales que no desincentiven el empleo asalariado en las empresas privadas, razonables niveles de educación y una cultura de la innovación, que la innovación productiva flote en el aire. Este ámbito hace que la gente produzca cada vez más con el mismo o menor esfuerzo, y eso es la productividad que lleva a los aumentos de calidad de vida.

Querer combatir la pobreza con ayudas sociales masivas y fomentando el trabajo informal es como el perro que se persigue la cola. Esto no genera más riqueza. Es sólo sostener la supervivencia. En este sentido, la “economía social y popular”, tan en boga por estos días como la nueva agenda de la política asistencial, no deja de ser un paliativo, bien intencionado, pero paliativo al fin. No es el camino a la salida de la pobreza.

(*) Idesa