Mi muro de Berlín

9 de noviembre, 2020

muro de berlin

Por Maximiliano Gregorio-Cernadas (*)

Conocí a aquel muro ignominioso cuando aun infundía terror, con sus alambres de púas, sus torres con reflectores y, a sus pies, las cruces de sus víctimas. Me cupo anunciar a la Cancillería, la conjetura de su decadencia cuando algunos fugitivos comenzaron a filtrar su extenso contorno (la “Cortina de Hierro” de Winston Churchill), y aun no era concebible el fin de su macizo poder.

Al enterarme de su sentencia de muerte, salté en mi auto y manejé aquella noche desde Bonn (el Bundesdorf, o “pueblo federal”, como lo llamaban con sorna), atravesando los intimidantes controles fronterizos que separaban a las dos Alemanias, para asistir a su apoteósico final. Lo vi convertirse en escombros desperdigados, inofensivos, pisoteados por turistas jocosos, oportunistas que alquilaban picas, vendedores de souvenirs comunistas y los infaltables borrachos.

Recogí un trozo de su cuerpo en mi baúl y recorrí sus extensos y desolados entornos. Entre la Puerta de Brandenburgo (este) y la Filarmónica de Berlín (oeste), donde hoy existe la hiper-moderna Potsdamer Platz, no había más que un enorme y polvoriento descampado, en el que toda vida había sido arrasada. Hasta el bunker del más siniestro personaje de la historia no era más que un miserable montículo de polvo donde pararse a filosofar sobre la transitoriedad de la vida y del poder.

Al amanecer me detuve en el célebre café de encuentro entre espías, sobre la Unter den Linden, frente a la Embajada de la URSS, un imponente bastión en el frente de combate entre las superpotencias. Hacia el este predominaban deprimentes edificios descascarados, todavía con agujeros de bala, sin colores ni publicidad, y algunos pocos edificios de una modernidad perimida pero suficiente para fundar su fama como “la París del mundo comunista”.

Volví muchas veces a atravesar sus restos: corriendo por la Puerta de Brandenburgo como fondista en el primer maratón de la nueva Berlín, entre el entusiasmo cándido de los berlineses orientales; por aire, en el Tupolev de Honecker –el último dueño del muro– con una delegación presidencial argentina; para visitar el cuartel central de la perversa Stasi (policía secreta, heredera de su prima la Gestapo), en la Normanenstrasse, donde se vendían por nada desde filmadoras para espionaje hasta banderas de un país desaparecido. En los ’90 entrevisté en nuestro Consulado en Düsseldorf a numerosas de sus víctimas europeo-orientales que deseaban huir hacia Argentina.

Con el nuevo milenio, viví siete años a escasos metros hacia el Este (el ex lado comunista) de su antigua traza. Desde el elevado hospital donde nacieron mis hijas, vi poblarse el horizonte de grúas y convertir a aquel desapacible paisaje, en una “nueva Disneyland”, como sus críticos calificaban a la actual Potsdamer Platz. Entonces atravesé miles de veces sus restos escasos o apenas una marca en el piso, para trabajar diariamente en la Embajada, acompañar visitantes argentinos, recorrer la alfombra roja de nuestros frecuentes éxitos en la Berlinale, escuchar a Daniel Barenboim en la Filarmónica, o visitar la fabulosa biblioteca donada por la familia argentina Quesada, custodiada por la estatua de San Martín que erigimos allí, a pocos metros del muro, como contracara de tanta historia de destrucción, o simplemente para pasear a nuestros bebés en carrito.

En la Dorotheenstrasse, a escasos metros del muro, tuve el honor de inaugurar en 2000 la primera Embajada argentina en Berlín después de la reunificación, en un edificio austero, típico de la vieja Berlín comunista, un día cualquiera, sin ceremonias ni lujos pues la crisis azotaba a nuestro país.

Escuché a amigos de Berlín occidental –los “Wessis”, por West– confesar divertidos que después de años no habían pasado jamás al otro lado (“¿y para qué?”), y a los amigos “Ossies” –por Ost– disfrutando como niños de su nueva vida. Pero también escuché a unos y a otros lamentarse del fin del muro. A los primeros, por tener que pagar más impuestos para mantener a los del otro lado, despotricando contra la Steuerlüge (“la mentira del impuesto”, de Helmuth Kohl, según la cual la reunificación no costaría nada). A los segundos, sumidos en sentimientos agridulces, entre la pérdida de un mundo de discretas pero seguras certezas y de nada menos que su querido país, con su bandera y su himno, mezclados con la esperanza de un futuro promisorio, o la hipocresía de antiguos comunistas quejándose y disfrutando a la vez del más avanzado capitalismo. Oí a uno de ellos –organizador de un festival de “música política” de la vieja República Democrática Alemana o RDA– decir a León Gieco –su invitado– que no temiera pues durante su estadía en Berlín “sólo haría falta pasar una vez al otro lado”, ¡cuando el muro ya hacia quince años que no existía!

Lo cierto es que aquel muro sobrevivió en la mente de algunos berlineses, en la forma de un “canal con pesce cani” –como un italiano del norte pretendía construir al norte de Roma para apartar a los sureños supuestamente mantenidos–, o como la añoranza de un mundo perfecto, con una red que impedía caer tan bajo como los Obdachlose (sin techo) que revuelven la basura en Berlín.

Sin embargo, aquel muro victimario fue cayendo bajo la picota de una dirigencia más esclarecida que esos Ossies y Wessies. Willy Brandt, Kohl, Hans-Dietrich Genscher, entre otros, construyeron sobre sus restos una de las más profundas revoluciones de la historia sin derramar una gota de sangre, y asumieron desde un pueblito renano, el costo de convertir a aquel “gigante económico y enano político” (como se llamaba a la República Federal Alemana o RFA), en una democracia reunificada y orgullosa, como demostraron en el último mundial los jugadores de fútbol cantando un himno que antes pocos sabían de memoria.

Por todo esto, cuando alguien me dice que visitará “mi Berlín y mi muro”, le recomiendo que no se limite a lo que ve, reluciente y nuevo sobre la superficie, sino que indague sobre aquello que ha quedado sepultado, donde yace la más alta concentración del mundo por metro cúbico de los mejores y de los peores recuerdos de la humanidad.

Aquel muro enterró los sueños de varias generaciones, incluso de sus admiradores argentinos, como nuestra Tamara Bunke (alias “Tania la guerrillera”) muerta en Bolivia, o “nuestro” Dean Reed, aquel cantante pop convertido al comunismo, que tomaba mate en el Consulado argentino en Berlín, hasta que desencantado del muro, apareció ahogado misteriosamente en un lago de las afueras. Un muro que creció y llegó hasta nuestro país, con espantosas consecuencias: miles de nuestros jóvenes mataron y murieron en su nombre.

Hoy, desde los jardines del Palacio San Martín, un imponente trozo original nos inspira su moraleja actual: desoigamos a quienes pretendan erigir entre nosotros cualquier clase de muro mental, metáfora oprobiosa del miedo a la libertad y de la división entre hermanos, y testimonio de la sangrienta experiencia que vivimos, cuando creímos lo que los constructores de aquel muro nos hicieron creer.

(*) Diplomático de carrera de Argentina

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