La política exterior: un desafío para el presidente electo Biden

30 de noviembre, 2020

La política exterior: un desafío para el presidente electo Biden

Por Atilio Molteni  Embajador

El 23 de noviembre, veinte días después de la elección presidencial, la Administración Federal comenzó el proceso de transición del Gobierno, teniendo en cuenta las certificaciones estaduales que reconocieron que Joe Biden era el ganador, no obstante, las objeciones de fraude de Donald Trump. Horas después, el presidente electo dio a conocer a los seis miembros de su Gabinete que estarán a cargo de la política exterior y de la seguridad, todos ellos veteranos de la Administración Obama, muy conocidos y respetados por su trayectoria profesional y espejo de la diversidad cultural y multiétnica del país.

El exsecretario de Estado John Kerry, una figura relevante del ala moderada del Partido Demócrata fue asimismo propuesto como representante especial para el Cambio Climático, demostrando el interés de Biden en el tema y preanunciando la participación estadounidense en el Acuerdo de París de diciembre del 2015 que se propone poner límites a dicho problema.

Al formular el anuncio, después de señalar la necesidad de lograr la estabilidad interna y la de enfrentar la pandemia del Covid-19, Biden dijo que Estados Unidos estaba listo para liderar el mundo, y no a alejarse de él, dejando atrás la política de “América Primero” de la Administración Trump y, en cambio, restableciendo sus alianzas, la participación en organismos y tratados internacionales que habían sido dejados de lado y la intención de terminar con  sus guerras permanentes, en una acción global inspirada en los principios de la convivencia entre los Estados.

Los funcionarios elegidos por su nivel ministerial deben lograr ahora el acuerdo del Senado, donde los republicanos son mayoría, hecho que el presidente electo tuvo en cuenta para que sus candidatos fueran aceptables por un sector de la opinión conservadora y en favor de la construcción de una política exterior eficaz, incluso bipartidaria en algunos temas centrales.

La integración de este equipo lleva a preguntarse cuál será la orientación de la política exterior de Estados Unidos, debido a que el mundo actual es muy diferente del que existía en 1972 cuando Biden comenzó su labor en el Senado y, posteriormente, en su Comisión de Relaciones Exteriores. Luego, como vicepresidente de Barack Obama (2009-2016). Estas experiencias le otorgan una condición inigualable para enfrentar los desafíos actuales. El gran interrogante es si podrá restaurar el orden internacional liberal o si se elegirán nuevos caminos pragmáticos que tomen en cuenta los cambios ocurridos.

Este orden se caracteriza por transformar las relaciones internacionales de conformidad a los modelos de paz, libertad y prosperidad de las democracias liberales como la de Estados Unidos, que devino su líder y garante desde la Segunda Guerra Mundial. Está basado en conceptos como la libertad de comercio y el globalismo, suponiendo que la interdependencia entre los Estados es capaz de anular los incentivos para la utilización de la fuerza, que se sumaron al multilateralismo, la cooperación internacional, y las prescripciones económicas destinadas a los países en desarrollo con graves problemas, que se ejercen fundamentalmente por el FMI y el Banco Mundial, y son conocidas como el Consenso de Washington.

Pero, este orden internacional liberal estable basado en una combinación entre la soberanía de los Estados y la defensa de valores universales entró en crisis con el fin de la Guerra Fría cuando desapareció la URSS, enemigo ideológico que unificaba la posición internacional de varios países.

Más adelante, al finalizar el breve lapso en el que Estados Unidos se convirtió en la única superpotencia, el presidente Trump dejó de lado su liderazgo y, a través de acciones erráticas, buscó afianzarse apoyado en el nacionalismo, el populismo y la identidad nacional, no obstante coincidir con un período de gran competencia con China y Rusia, países que se basan en un modelo autoritario y un capitalismo de Estado. Por su parte, Beijing comenzó demandando se le asignara el estatus legal de economía de mercado, al juzgarla en las medidas de defensa de la competencia. Se trató de uno de los desarrollos que gradualmente fueron generando la crisis geopolítica actual.

El segundo acontecimiento para considerar es la llamada “crisis de la modernidad”, consistente en las transformaciones mundiales originadas en los avances de las ciencias, la tecnología y la industria, y que posicionan a nuestras sociedades frente a problemas complejos e interconectados, como el cambio climático, las pandemias y otros desarrollos que no reconocen fronteras. La tercera crisis, está representada por la falta de restricciones efectivas a la capacidad nuclear militar, los avances extraordinarios en la tecnología misilística y de armas de destrucción masiva.

Sin embargo, el orden internacional liberal es criticado por problemas que derivan de errores cometidos en el impulso anticipado de la democracia, en las consecuencias negativas de la intervención humanitaria, y en la imposibilidad de reconstruir Estados fracasados, además de la expansión de la OTAN y la falta de contención del poder de Estados Unidos.

Tanto el propuesto como Secretario de Estado, Antony Blinken, como el Consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, según publicaciones recientes, se han expresado a favor de este orden, adaptándolo a las nuevas realidades y desafíos, donde la promoción de los derechos humanos y las críticas a los gobiernos dictatoriales o corruptos van a ser un componente básico, contrastando con la indiferencia demostrada al respecto por el presidente Trump.

Washington necesita fortalecer su estructura diplomática y la cooperación con sus aliados, mientras continúan los enfrentamientos con el Talibán en Afganistán, guerras civiles en Libia, Siria y Yemen, junto a un terrorismo agresivo, mientras se pretende reemplazar el Acuerdo Nuclear con Irán de 2015 -que Trump abandonó en 2018-, y la diagramación de nuevas políticas, especialmente con Europa, el Medio Oriente y Latinoamérica.

Blinken y Sullivan sostienen que es necesario lograr nuevos consensos tanto internos como externos, como alternativa al caos internacional cuando se logre afianzar la reputación y competencia de Estados Unidos. Por el momento, en lo referente a la ayuda al desarrollo sólo se otorga cierto apoyo o veto en las propuestas en los organismos internacionales, y una contribución limitada a su presupuesto. En el futuro inmediato, Washington no será el único poder en el cual los países busquen apoyo financiero, recursos e influencia, pero sí tratará de liderar el establecimiento de las normas de conducta de los Estados. El objetivo sería mantener el orden global existente -sin cambios sustanciales-, mediante estructuras internacionales y convenios más flexibles que faciliten la participación y la cooperación entre los Estados.

En ese sentido, y lo que puede interpretarse como un hecho auspicioso, el 25 de noviembre el presidente Xi Jinping, felicitó a Biden por su triunfo en las elecciones, -después de haber adoptado una posición de extrema prudencia durante el escrutinio-, que se interpretó como un paso hacia una nueva relación más estable entre ambas Potencias, con el fin de superar un período de gran confrontación. Xi dijo que esperaba que ambos países trabajaran con la comunidad internacional en pos de la paz y el desarrollo.

Sin embargo, hay factores relevantes que condicionan el futuro como la preocupación bipartidaria por China, y el hecho de que Biden fue acusado por Trump durante la campaña electoral de haber sido “blando” con Beijing y de haber facilitado su actual desarrollo económico durante un período de más de cuarenta años de cooperación, sin obtener resultados positivos en su política interna e internacional.

En lo inmediato, se puede esperar una coexistencia cautelosa y práctica de la nueva Administración de cara al poder que representa China, líder global emergente en diversos sectores, que ejerce una economía muy diversificada y sofisticada, y es un socio comercial significativo de la mayoría de los países. Los diálogos bilaterales y entendimientos futuros pueden llegar a incluir lazos económicos y comerciales, debido a su interrelación y otros temas en los cuales es necesaria la participación de ambos Estados, como el cambio climático, la salud y la desnuclearización.

Pero además existen otros problemas en los cuales los puntos de vista son divergentes y compiten entre sí, como la creciente proyección militar china donde hay conflictos regionales, el predominio sobre la tecnología de la información y también la situación de los derechos humanos donde resaltan violaciones de las minorías étnicas y religiosas, un control creciente de la población por medio de la inteligencia artificial, y la destrucción del estatus internacional de Hong Kong. En conclusión, la coexistencia en estos temas se presenta difícil y el empleo de la disuasión podría tener un papel fundamental en la política estadounidense.