El dólar en Argentina: historia de una cultura racional

3 de noviembre, 2020

dólares mmt

Por Pablo Mira (*)

En este rincón, los economistas duros, fríos y calculadores. Su análisis cuantitativo registra cifras contundentes. La inestabilidad económica y la pérdida recurrente de los ahorros en pesos define, concreta y sistematiza la huida al dólar en todas sus dimensiones. La decisión de acumular divisas es racional, no emocional. En la esquina opuesta la explicación sociológica, o tal vez de psicología social, o tal vez antropológica (no importan las etiquetas, nunca podremos precisarlas suficientemente). Su punto es que la obsesión con el dólar tiene algo de fascinación, de ceguera, quizás de hegemonía y poder. Una mezcla de sentidos políticos, sociales y pasionales que da lugar a un hecho idiosincrático, bastante más complejo que la burda optimización basada en incentivos.

Y justo cuando le sacamos al banquito a los contendientes, un insospechado árbitro introduce en la disputa el necesario contexto. Esto es, metáforas más, alegorías menos, lo que hizo Pablo Gerchunoff en una charla virtual en la Universidad de San Martín sobre los desencuentros de los argentinos con su moneda. La moneda será una hija descarriada, pero es nuestra hija, de modo que la familia y su tradición algún rol deben haber jugado en su infausto destino.

Comenzando la charla, Gerchunoff afirma sin sorna que el destino de la hija rebelde se selló el 20 de junio de 1811. El resto de los oradores abre grande los ojos. ¿La edad lo habrá traicionado? Es una broma o cometió un error… ¿quiso decir 2011 o 1981? ¿Qué pasa aquí? Gerchunoff explica con convicción que el primer desencuentro fue la derrota del Ejército del Norte y la pérdida del Alto Perú, en particular del Potosí. Allí se escapó la posibilidad de ser un país minero y la posibilidad de financiar con metal los desequilibrios fiscales y externos de las Provincias Unidas. La “moneda natural” ya no estaba al alcance y en su lugar reinó por un tiempo el desorden monetario.

El público es indulgente y recibe la precisión del disertante como una anécdota, un antecedente menor. Pero Gerchunoff insiste. Un segundo precedente, continúa, fue la aventura rivadaviana de la Guerra con Brasil entre 1825 y 1827, que costó más dinero que todas las batallas por la Independencia juntas. Tras los malos resultados, Juan Manuel de Rosas recurrió a su única opción: la inconvertibilidad (hoy “cepo”) y a la devaluación inflacionaria del peso frente al oro, cuyo valor se quintuplicó entre el período de la Anarquía y la Batalla de Caseros.

Gerchunoff identifica el período de 1890 a 1929 como una interrupción en este paulatino destierro monetario. La primavera exportadora y el esquema de caja de conversión contribuyeron a amigarnos con la hija turbulenta. La paridad, señala, se mantuvo contra viento y marea, mientras imperios y naciones desaparecían o caían en hiperinflaciones. ¿Una oportunidad perdida?

Lamentablemente, la rehabilitación en la granja agroganadera no fue suficiente. Hipólito Yrigoyen creyó que la joven moneda estaba curada, y la volvió a tentar. Desarmó la Caja de Conversión y creó un Banco Central, replicando las estrategias de muchos otros países. Pero no fue solo la tentación: el mundo reaccionó a la crisis del ‘30 con un proteccionismo extremo, y nuestro socio británico empezó a exigir usar las libras para comprar sus productos. ¿Y el comercio con EE.UU.? Imposible, porque ellos exportaban lo mismo que nosotros. El resultado fue la escasez de divisas, que obligó a la restricción de cambios, inaugurando la era de los tipos de cambio múltiples.

Cuando llega Juan D. Perón al poder se da cuenta que no podía comerciar, y esta fue otra razón para volcar todo su esfuerzo al desarrollo del mercado interno: expansión monetaria, tasas de interés reales negativas y control de cambios. Receta cuyos límites sufrió en carne propia Arturo Frondizi, cuando liberalizó el mercado cambiario y llevó la inflación, por primera vez en el Siglo XX, por encima del 100% anual. La adolescente probó la manzana (¿verde?) y le gustó.

La presentación debió terminar hace rato, pero nadie se anima a moderarla. Gerchunoff avanza a paso firme. A mediados de los ‘70, relata, explota la globalización financiera y se agota el mercadointernismo. Comienzan a sucederse períodos de fuerte apreciación seguidos de fuerte depreciación, sin términos medios. El hartazgo con la inmadurez de la hija se transforma en rechazo y comienza la fuga o, más respetuosamente, la formación de activos externos. Una lógica vertiginosa y desigual, porque en Argentina solo un puñado puede ahorrar y acceder a los dólares permanentemente. La integración a los flujos internacionales de capitales en 1978 facilitó la tarea de dolarización de cartera y generó un aprendizaje tan irreversible como la disposición de letras del teclado con el que escribo este artículo. La estabilidad de la Convertibilidad, paradójicamente, dio el golpe de gracia. Pese a las reformas, la confianza, la recuperación del crecimiento, la desregulación y la apertura, la fuga del peso no se moderó.

¿Y qué hay de la prole dilecta en el presente? Más de lo mismo. Cambios de régimen y un triste récord de ahorro en dólares que al final de la historia nos encuentra con medio PIB guardado bajo los colchones. El rechazo ocasional a esa moneda alguna vez criada con cariño devino en desdén, condena, y repudio permanente. Gerchunoff termina y la sensación general es que la historia bien indagada, como siempre, tiene mucho para decir y decidir entre las posturas simplistas y las posturas complejistas que tratar de explicar el mayor trauma argentino.

(*) Docente e investigador de la UBA

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